Más allá de una identidad genética

Por: José Antonio Alonso Pavón

En el imaginario social, los genes se perciben como entidades capaces de controlar el fenotipo, la apariencia y el comportamiento. En la actualidad, los genes no solo se consideran una unidad hereditaria, sino que se han convertido en un ícono cultural capaz de definir la identidad personal y colectiva. Este esencialismo genético pretende una lectura de la naturaleza humana a través de la biología molecular y, de esta manera, predice el camino del desarrollo humano, el bienestar y la comprensión. Las pruebas genéticas se han convertido en una nueva y poderosa manera con que las personas buscan moldear sus identidades a través de la respuesta a preguntas como ¿quién soy?” y “¿a dónde pertenezco?”.

Las pruebas de ascendencia genética, en particular, se promocionan a sí mismas como una forma de revelar secretos del pasado y descubrir los orígenes de aquellos usuarios que se someten a ellas, como una forma de explicar, en parte, su “esencia”. Los individuos pueden decidir someterse a las Pruebas de Ancestro de ADN por un sinnúmero de razones: validar registros genealógicos, rellenar huecos en las historias familiares, identificar parientes biológicos, entender conexiones sociales en el presente, encontrar lazos a grupos y lugares específicos en el pasado, y una imagen matizada de sus antecedentes genéticos, o incluso simple entretenimiento y curiosidad. La respuesta y la incorporación de los resultados podrían variar entre los individuos dependiendo de sus propios motivos para realizar la prueba, cómo habían construido sus identidades antes de la prueba, su nivel de conocimiento en genética y qué esperan obtener de las pruebas, aunque también su interpretación y uso político puede tener varias dificultades.

Entre las primeras fuentes de información que aprovechamos cuando construimos nuestras identidades está nuestra familia, las personas con las que interactuamos y socializamos durante los primeros años de vida. Heredamos de ellos la mayoría de nuestras características: nuestra apariencia, nuestro(s) idioma(s), nuestra religión, muchos de nuestros miedos, frustraciones y prejuicios, muchas o las cosas que nos gustan, y una historia. A medida que crecemos, muchas de esas cosas podrían ser moldeadas aún más por nuestras propias experiencias y narrativas personales, pero algunas no lo hacen. En cualquier caso, la familia representa la base sobre la cual la identidad se basa y la base a partir de la cual se construirá una narrativa a lo largo de nuestras vidas. Otra parte de nuestras identidades se forma dentro del grupo social con el que desarrollamos, convivimos e interactuamos. El componente social de nuestras identidades puede ser tan valioso y necesario como el componente personal mencionado en el anterior. ¿Cómo puede el conocimiento genético cambiar las maneras en que las personas afirman que se conectan entre sí y con colectividades más grandes dentro de la tendencia de la retórica del esencialismo genética? Este es un gran problema que depende en gran medida de las circunstancias de cada caso particular. Sin embargo, la tendencia a resolver cuestiones identitarias con medidas reduccionistas puede resultar preocupante.

Las pruebas de ascendencia genética han mostrado tener su mayor impacto en la forma en que estas identidades se configuran y administran a nivel político. Las formas en que las relaciones de poder han sido influenciadas y moldeadas por la retórica esencialista de la cultura genética merecen una consideración especial, debido a los dilemas éticos que probablemente surjan de su uso. De especial consideración es la forma en que la información genética ha cambiado la forma en que la raza, la etnicidad y la “otredad” han sido adoptadas por los grupos sociales y cómo han sido manejados por la autoridad.

Los Semínolas son una tribu nativo-americana que originalmente residió en Florida, en tiempos de la ocupación española. Se ha documentado a fondo cómo, desde los comienzos, las tribus semínolas de Florida sirvieron como refugio para muchos esclavos negros que huyeron de sus amos en las trece colonias británicas y posteriormente los Estados Unidos independizados. Los esclavos refugiados se incorporaron a la vida política de la Nación Semínola, sirviendo como intérpretes entre los Semínolas y los blancos, y asesorando a los jefes sobre las costumbres de éstos últimos. Esta situación llevó a la primera guerra Semínola, cuando los estadounidenses, encabezados por Andrew Jackson, intentaron recuperar a los esclavos que habían escapado a las tierras de Florida. Entre 1823 y 1832, durante la invasión estadounidense a la Florida española, el gobierno de los Estados Unidos pretendió obligar a los Semínolas a trasladarse a una reserva ubicada en lo que hoy es Oklahoma. Los Semínolas negros se mostraban reacios a moverse, porque la esclavitud todavía era vigente en Estados Unidos y temían que los recapturaran en su camino. Esto condujo a la segunda guerra Semínola. Después de la Guerra Civil Estadounidense, el gobierno firmó un tratado de emancipación en 1866 en el que otorgó a los Semínolas negros el derecho de establecerse en la reserva en Oklahoma, haciéndolos efectivamente miembros de la tribu.

A partir de ese momento, los Semínolas negros comenzaron a ser conocidos como ‘Semínolas liberados’, y su relación con los Semínolas nativos parecía ser armoniosa. Incluso se ha documentado que ocurrieron matrimonios mixtos entre los Semínolas nativos y los liberados. En 1897, se asignó a la Comisión Dawes de los Estados Unidos la tarea de inscribir a cada miembro de las Cinco Tribus Civilizadas para realizar un censo que permitiera una mejor asignación de las tierras en la reserva. A partir de este censo, la nación Semínola adoptó un criterio de membresía que incluía mostrar ser descendiente directo de cualquier persona que figurara en los registros del censo de la Comisión Dawes, independientemente si dicha descendencia era de un Semínola nativo o de un Semínola liberado.

En julio de 2000, la Nación Semínola de Oklahoma aprobó una enmienda a su constitución que modificaba los criterios de membresía para que aquellas personas que solicitaran ser considerados como integrantes de esta Nación tuvieran que demostrar la posesión de una octava parte de sangre Semínola. La relación e incluso la asociación entre Semínolas liberados y nativos, que había durado varios años, estaba en un punto de ruptura. Antes, los requisitos de membresía se basaban en el sentido de comunidad creado a través de los años entre los Semínolas de nativos y los liberados, reflejados en las listas de la Comisión Dawes. Los Semínolas liberados han argumentado que después de que sus antepasados ayudaron a construcción de esas comunidades y crearon un vínculo duradero con los nativos, ahora se les está quitando su ciudadanía de manera infundada. Muchos integrantes de la Nación se comenzaron a preguntar ¿qué significaba “ser Semínola” en aquel ambiente político? Algunos Semínolas liberados buscaron la respuesta a esta pregunta y al mismo tiempo desafiaron las enmiendas que los expulsaron de las tribus con pruebas de ascendencia genética. Se ha sugerido ampliamente que las limitaciones de estas pruebas (e.g. la posibilidad de falsos negativos debido a la recombinación genética durante la meiosis) podrían dificultar, más que ayudar, al caso de los Semínolas liberados.

Rick Kittles, fundador de la compañía de pruebas “African Ancestry”, ofreció una prueba gratuita a los Semínolas liberados para determinar su grado de ascendencia a grupos nativo-americanos que eventualmente podría ayudarlos en el caso legal contra las enmiendas de la constitución Semínola. Los resultados de las pruebas fueron sorprendentes: el patrón de mezcla de los Semínolas liberados no difirió mucho de los individuos afroamericanos que viven actualmente en la Costa Este de los Estados Unidos, con un perfil genético que muestra un 4-76% de ascendencia africana, 0-62% de ascendencia europea y 0-30% ascendencia nativo-americana Pero, como señaló el propio Kittles en conferencia de prensa, aunque en algunos casos la prueba de ascendencia genética no pudo mostrar un porcentaje de marcadores genéticos asociados a poblaciones de nativo-americanos (siendo 0% el rango más bajo para esa categoría), esto no significa que los Semínolas liberados en particular que presentaron esos números no tenían sangre Semínola.

Kittles explicó que la cantidad de ascendencia europea encontrada en los Semínolas liberados podría explicar la ascendencia Semínola, ya que se ha documentado cómo varios grupos nativos americanos estuvieron en contacto con los europeos durante el siglo XVII, y se ha encontrado que tienen porcentajes significativamente altos de ADN europeo. Esto significaba dos cosas: que los resultados de las pruebas por sí mismos no eran tan determinantes como se pensaba (es decir, que aunque tener un resultado de cierto porcentaje de ADN nativo-americano podía probar la ascendencia Semínola, el no tener dicho porcentaje no refutaba directamente una reivindicación como Semínola), y eso para dar sentido a los resultados que tuvieron que ser analizados dentro de las circunstancias históricas en que los individuos están integrados al momento de tomar la prueba.

El caso de la Nación Semínola podría considerarse un gran ejemplo en el cual los análisis de Kittles se presentan de manera contextual, adaptando los resultados de las pruebas genéticas a consideraciones genealógicas e históricas, y en donde a pesar del uso de las tecnologías disponibles se toman en cuenta las limitaciones técnicas de estas pruebas. Lamentablemente, dichos esfuerzos resultaron insuficientes para la causa de los Semínolas liberados. Jerry Haney, jefe de la Nación Semínola durante el momento de la enmienda constitucional, declaró que aunque los Semínolas liberados podían utiliza cualquier tecnología para reclamar una identidad como tal, no serían incluidos en la nueva conformación de la Nación Semínola. Esto despertó sospechas en cuanto a motivos ulteriores para las enmiendas constitucionales, entre los que cuales se consideraron problemas monetarios y actitudes de racismo contra los Semínolas liberados negros.

Esta situación nos revela que la inclusión, exclusión, e identidad comunal no pueden ser reducidas ni analizadas exclusivamente desde una óptica de esencialismo genético, a pesar del estatus cultural que hoy en día poseen. Las categorías poblacionales son realidades sociales más complejas que un simple perfil de ascendencia genética, y que las interacciones sociales, históricas y políticas que se dan al interior de los grupos y entre grupos y figuras de autoridad son mucho más significativas en la manera en que se construyen las narrativas comunitarias y la conformación de identidades.

 

* José Antonio Alonso Pavón, Laboratorio de Estudios Sociales de la Ciencia, Facultad de Ciencias, UNAM Grupo de Bioantropología, Raza y Racismo, Red de Investigación Interdisciplinaria sobre Identidades, Racismo y Xenofobia en América Latina (INTEGRA).

 

@LNDiversidades

 

 

 

Lecturas recomendadas:

Brodwin, P., 2002. Genetics, Identity, and the Anthropology of Essentialism. Antrhropological Quarterly, 75(2), pp. 323 – 330.

Elliot, C. & Brodwin, P., 2002. Identity and Genetic Ancestry Testing. British Medical Journal (BMJ), Volume 325, pp. 1469 – 1471.

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