Sirios: además del exilio, enfermedades crónicas

Sirios: además del exilio, enfermedades crónicas
Médicos Sin Fronteras

“Nos fuimos por la guerra en Siria, por miedo a esta guerra y a los bombardeos”, dice Um Abdullah,[1] una madre de seis originaria de la gobernación de Dara’a, en Siria. Cierra sus ojos y cuenta los años con sus dedos. “Llegamos a Jordania hace casi seis años. Temía por la seguridad de mis hijos. Tenía tres hijos y cuatro hijas, pero perdí a uno de ellos en la guerra”.

Buthaina, la hija de nueve años de Um Abdullah, se sienta cerca a ella y mira a su madre como si estuviera escuchando esas palabras por primera vez. “Había un ataque. Mi hijo estaba ayudando a sus amigos a entrar a un sótano para refugiarse. Estaba parado justo en la puerta del sótano cuando fue herido y murió”. Um Abdullah se detiene para inhalar profundamente mientras que el silencio llena el cuarto de la clínica en donde Médicos Sin Fronteras (MSF) trabaja para atender a pacientes con enfermedades crónicas. Toma su taza de café, da un trago y dice con una sonisa “Alaa, la enfermera de MSF en este lugar, insiste en que tome mi café sin azúcar pero tenía muchas ganas de beber una taza con al menos un poco de dulce”.

Um Abdullah descubrió que tenía diabetes hace tres años, cuando se sometió a una cirugía y los exámenes mostraron un nivel elevado de azúcar en su sangre. Ella se tomó la noticia con calma. “Me preocupaba el hecho de que iban a operarme, estaba demasiado ocupada como para pensar en los niveles de azúcar en mi sangre,” comenta.

“Una de las razones por las que no he regresado a Siria es por la diabetes de Buthaina”, dice Um Abdullah. “Estoy muy preocupada de que Buthaina no pueda encontrar el tipo de atención médica que tiene aquí”.

Tomando otro sorbo de café, Um Abdullah mira a su hija. “Buthaina tenía cuatro años cuando los ataques y bombardeos estaban sucediendo en Siria”, dice. “Sólo una semana después de que llegamos a Jordania, ella quedó atrapada en un elevador y nos llevó una hora poder sacarla. Al día siguiente, su aliento olía mal. Y cuando jugaba, a veces se sentía fatigada y debía parar. Sabíamos que no podíamos esperar más, así que la llevamos al hospital. Cuando llegaron los resultados de sus exámenes, descubrimos que tenía diabetes tipo 1. Su nivel de azúcar en la sangre era de 350 y su páncreas había dejado de funcionar. Sólo tenía cuatro años. Todo comenzó en ese entonces”.

Su hija va al baño y Um Abdullah sigue hablando. “No tenemos diabetes en la familia, la diabetes de mi hija no es hereditaria. Nadie me cree, pero creo está relacionado con su salud mental. Los sirios, al vivir en medio de la guerra, nos volvimos hipertensos y diabéticos.”

Con un ojo en la puerta, esperando a que regrese su hija, continúa. “Cuando tenía siete años, Buthaina comenzó a tener dificultades para aceptar su enfermedad. Comenzó a ir a la escuela, en donde veía a sus amigos comiendo galletas y chocolates, bebiendo Coca Cola. Empezó a sentirse diferente cuando vio que podían elegir libremente lo que querían comer y ella no”.

Um Abdullah deja su taza de café en la mesa cercana antes de continuar su relato. “Su padre y yo vivimos en constante ansiedad. Nos sentimos ansiosos cada que Buthaina va a dormir, casi la perdimos dos veces porque su nivel de azúcar bajó mientras estaba dormida. Sólo sabemos si su nivel de azúcar disminuyó cuando despierta, su voz se escucha diferente, como si tuviera espasmos en su garganta. en cuanto esto pasa, mezclamos azúcar y agua y la aplicamos en sus dientes y encías; sólo con esto logramos que comience a recuperar la conciencia para después llevarla al hospital. Por eso me gusta darle una pequeña pieza de chocolate antes de que vaya a dormir, pienso que sería mejor que su nivel de azúcar se eleve y no que baje”.

La puerta se abre y entra Buthaina. Vuelve a sentarse, escucha la conversación y sacude levemente el brazo de su madre, quiere participar en la plática pero es demasiado tímida como para hacer que su voz se escuche. “Buthaina ahora conoce muy bien su cuerpo”, dice su madre. “Sabe cuándo le baja el azúcar y cuando se eleva. Ella sola se hace sus pruebas de diabetes y lleva un registro de sus datos. Estoy orgullosa de ver su responsabilidad”.

¿Cómo han logrado Um Abdullah y su esposo pagar por la atención a largo plazo de Buthaina? “Al principio visitamos el hospital, ahí nos dieron insulina”, recuerda Um Abdullah. “Después nos dijeron que nosotros, los sirios, ya no seríamos aceptados en el hospital. Comenzamos a buscar alternativas”. Durante su búsqueda por opciones para acceder a una atención médica, escuchó de la labor de MSF gracias a un vecino. “Me dijo que MSF estaba registrando pacientes, así que fui rápidamente a la clínica y el personal nos registró inmediatamente”, dice Um Abdullah. “Ahora tenemos una cita cada mes. Nuestros medicamentos son caros, pero MSF nos los da totalmente gratis”.

Um Abdullah y Buthaina se preparan para irse. En la puerta, Um Abdullah titubea y voltea, como si tuviera ganas de decir algo que ha estado en su mente desde que llegó. “Una de las razones por las que no he regresado a Siria es la diabetes de Buthaina”, dice. “Me preocupa mucho que no sea capaz de conseguir el tipo de atención médica que tiene en este lugar y además es difícil conseguir insulina allá. Incluso las tiras que usamos diariamente para hacer sus pruebas de azúcar no están disponibles en Siria. Su tratamiento podría ser interrumpido fácilmente. Imagina a un paciente diabético cuya dosis de insulina deba interrumpirse por un día. Podría ser mortal”.

Con cada mención de Siria, las emociones de Um Abdullah salen a la superficie a pesar de sus esfuerzos por ocultarlas. “Si para la guerra, regresaré a mi país, a Siria”, dice. “Después de que nos fimos, descubrí lo valiosa y hermosa que es mi tierra. Pero aún más importante, si pudiera garantizar una buena atención médica para mi hija allí, regresaría de inmediato”.

 

** Los nombres han sido cambiados

 

En diciembre de 2014, MSF abrió un proyecto dedicado a enfermedades no transmisibles en la gobernación de Irbid y estableció dos clínicas para brindar tratamiento a refugiados sirios y jordanos en una situación vulnerable, atendiendo un rango de enfermedades crónicas como la diabetes, hipertensión, asma, enfermedades cardiovasculares y enfermedad pulmonar obstructiva crónica. En agosto de 2015 MSF lanzó su propio proyecto de atención domiciliar para llegar hasta los pacientes que no podían visitar las clínicas debido a alguna discapacidad física o a alguna limitación financiera. El proyecto también brinda educación en salud y apoyo psicosocial para ayudar a los pacientes a llevar vidas saludables.

Actualmente MSF tiene a 3,374 pacientes registrados en su proyecto en Irbid. 2,113 (62.6%) de ellos están siendo atendidos por ambos tipos diabetes. Los equipos de MSF realizaron 58,181 consultas, incluyendo visitas a domicilio, desde que comenzó el proyecto en diciembre de 2014.

 

@MSF_Mexico

 

 

[1] ‘Mother of Abdullah’: Traditionally, fathers and mothers in the Middle East are referred to by their eldest son’s name.

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