La lucha contra el ébola: una carrera contrarreloj

Uno de los principales desafíos que afrontamos en los brotes de ébola es que, a pesar de nuestros esfuerzos de concienciación en la comunidad, las personas con síntomas no quieren venir y hacerse la prueba, y prefieren quedarse en casa. Pero esto puede ser peligroso para las personas que los cuidan, que podrían infectarse fácilmente y convertirse en el próximo caso sospechoso.

Paul Jawor, experto en agua y saneamiento, acaba de regresar de la remota aldea de Iboko, en República Democrática del Congo (RDC), donde se han confirmado varios casos. Aquí nos explica los desafíos a los que se enfrentan los equipos en la primera línea del brote actual.

Llegamos a Mbandaka en avión la mañana del 20 de mayo. Mbandaka es la principal ciudad de Ecuador, la provincia donde se ha declarado el actual brote de Ébola. Se han reportado algunos casos en la ciudad, donde hemos respondido con el establecimiento de un Centro de Tratamiento de Ébola (CTE).

El trabajo de nuestro equipo era empezar una intervención en Iboko, un pueblo muy remoto a unos 120 kilómetros al sur de Mbandaka, donde acababan de confirmar que un paciente estaba infectado con el virus del Ébola.

No había helicóptero disponible durante dos días, así que optamos por tomar la carretera una hora después del aterrizaje, con tres coches de alquiler cargados con todas las provisiones y materiales necesarios. Ante un brote como este, se trata de una carrera contrarreloj, ya que un paciente de Ébola con síntomas puede infectar a varias personas cada día. La mejor forma de contener la enfermedad es poner en marcha todas las medidas lo antes posible.

MSF / Louise Annaud

Fue un largo viaje y llegamos de noche a Itipo, un pueblo de camino a Iboko también afectado por el brote, tras haber sufrido problemas mecánicos y tener que reparar numerosos puentes de madera rotos en el camino.

Uno de nuestros vehículos incluso se alejó del borde de un puente y tardamos lo que nos pareció horas para ponerlo de nuevo en marcha, en medio de la oscuridad.

Después de pasar la noche en tiendas de campaña en la terraza de un convento de monjas, partimos de nuevo hacia Iboko, a unas dos o tres horas en coche.

Iboko es un pueblo compuesto principalmente por cabañas de hierba con una iglesia en el medio. Tiene un hospital que sirve a numerosos pueblos de los alrededores. Mis compañeros se reunieron con la comunidad y sus líderes para explicar lo que veníamos a hacer y concienciar sobre el Ébola, su modo de transmisión y las medidas preventivas a tomar. Los aldeanos nos recibieron, pero pudimos ver que tenían mucho miedo a la enfermedad.

Contratamos personal local y nos enfocamos en una de las prioridades: construir una sala de aislamiento, una letrina, un cuarto de baño, una sala para vestirse y otra para desvestirse, así como una zona de gestión de residuos. Esto se hizo en un edificio desértico con cinco habitaciones, cerca del centro de salud. En 24 horas estaba listo y ya podía recibir a los pacientes sospechosos de tener Ébola, que serían examinados para detectar el virus y recibir atención inicial.

Cualquier caso confirmado sería, por ahora, transferido al CTE de Bikoro. Los días siguientes planeamos y comenzamos a construir un CTE de 13 camas ampliable a 26 camas, en caso de necesidad. Esto significaba que los pacientes confirmados con Ébola podrían ser tratados en Iboko.

Miedo a hacerse la prueba

Construir un Centro de Tratamiento de Ébola es bastante complejo; todo debe hacerse con meticulosidad para evitar la contaminación cruzada entre los pacientes, tanto sospechosos como confirmados, los sanitarios, sus familias y la población que vive cerca.

Uno de los principales desafíos que afrontamos en este brote es que, a pesar de nuestros esfuerzos de concienciación en la comunidad, las personas con síntomas similares al Ébola no quieren venir y hacerse la prueba. Algunos de ellos también viven lejos del CTE y prefieren quedarse en casa. Pero esto puede ser peligroso para las personas que los cuidan. Los cuidadores podrían infectarse fácilmente y convertirse en el próximo caso sospechoso.

Una mujer que había sido confirmada con el virus del Ébola murió en un pueblo llamado Bobale, a 19 kilómetros de Iboko, después de haber elegido quedarse en casa. Nos lo notificaron rápidamente y un colega de MSF y yo, junto con un miembro de la Cruz Roja, fuimos allí para asegurarnos de que el cuerpo de la mujer, muy contagioso en ese momento, fuera atendido con todas las precauciones necesarias, mientras intentaba respetar las costumbres locales.

La noche estaba cayendo cuando llegamos a Bobale. Teníamos que desinfectar la casa de la mujer y ponerla en una bolsa para cadáveres que entraría en un ataúd sellado que la comunidad había hecho. Pero como estaba oscuro, no había suficiente luz para entrar a la casa de forma segura sin el riesgo de romper mi traje de protección con objetos afilados. Así que decidimos posponer la operación hasta la mañana siguiente.

Me llevó una hora, sudando dentro de mi traje de protección, rociar la casa y desinfectar el cuerpo de la mujer de una manera respetuosa, ante los ojos de su esposo, que también llevaba protección. Luego recogí toda la ropa, sábanas y otros materiales posiblemente contaminados en una bolsa que rocié con cloro. Eso, a su vez, se colocó en otra bolsa, se roció de nuevo y se colocó en otra bolsa. Luego fue llevado de regreso a nuestro CTE en Iboko y quemado. Para evitar la propagación de la enfermedad, tomamos la mayor cantidad de precauciones.

Dejé República Democrática del Congo hace unos días; otros compañeros de MSF se unieron a la lucha contra el Ébola. El principal desafío será convencer a las personas para que busquen atención en los centros de tratamiento, especialmente en áreas remotas como Iboko. No debemos escatimar esfuerzos para garantizar que las comunidades sepan cómo protegerse de la propagación de esta enfermedad.

MSF / Louise Annaud

 

@MSF_Mexico

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