Abusos contra mujeres: testimonios de la violencia

Una de cada dos personas que huyen de la guerra y la violencia es una mujer o una niña. Unos 34 millones de mujeres y niñas ahora mismo en todo el mundo. Es la cifra de refugiadas, desplazadas y solicitantes de asilo más alta de la historia.

Víctimas de la violencia extrema en sus pueblos o ciudades de origen, a menudo han tenido que huir de su hogar precipitadamente. En esa huida, luchan por conseguir comida, agua y medicinas para sus hijos, se sienten solas, angustiadas e indefensas, y corren un gran riesgo de sufrir problemas médicos de todo tipo.

En los conflictos, las mujeres se enfrentan además a ataques brutales y deliberados, como agresiones sexuales, secuestros, trata y otras formas de violencia y explotación. Nunca antes niñas y mujeres habían sido víctimas de una violencia tan brutal, premeditada y extrema como la que vivimos actualmente.

Desgraciadamente, son habituales en muchos de los países en conflicto donde trabaja Médicos Sin Fronteras (MSF), como Nigeria, República Centroafricana o República Democrática del Congo, entre otros muchos.  Así lo reflejan las historias de Aminatou (Mali) y Tatiana (República Centroafricana. Sus testimonios dan fe de la situación de esa violencia deliberada.

Por ello, es fundamental dedicar enormes esfuerzos a atender sus necesidades en nuestros programas de obstetricia, atención a víctimas de violencia sexual, planificación familiar y salud mental. Esos abusos sufridos tienen consecuencias médicas y psicológicas graves.

Aminatou: el peligro de dar a luz en casa.

Wanli y su sobrina Aminatou viven en Mali, país que desde hace seis años sufre conflictos y problemas de seguridad. La población no puede moverse libremente. Por eso, Aminatou decidió dar a luz en casa para no exponerse a la violencia y la delincuencia en las carreteras.

A las dos semanas de parir sin asistencia médica, fue llevada de urgencia, temprano por la mañana, a nuestra maternidad de Ansongo, en Mali. Ya moribunda, sufrió un total de cuatro crisis de eclampsia durante el examen clínico. Pero gracias a la movilización de nuestro médico, logramos estabilizarla y su vida dejó de correr peligro.

Wanli, de Ansongo, en el norte de Mali, sostiene el bebé de su sobrina Aminatou. Aminatou sufrió complicaciones tras dar a luz en su casa: fue hospitalizada en nuestra maternidad de Ansongo. © Seydou Camara / MSF.

Al igual que le sucedió a Aminatou, las embarazadas que huyen de la violencia raramente tienen acceso a consultas ginecológicas, partos seguros u obstetricia de emergencia, y esto supone que cualquier complicación puede ser mortal. Además, debido al estrés de la huida, aumenta el riesgo de aborto espontáneo o de parto prematuro, lo que pone en peligro tanto la vida de la madre como la del bebé.

Estos riesgos pueden prevenirse o tratarse con una atención obstétrica adecuada. Pero, por desgracia, en muchos países, esta es muy deficiente o ni siquiera existe: en situaciones de conflicto, quedarse embarazada puede ser un riesgo mortal.

La muerte de la mujer tiene además graves consecuencias: se ha demostrado que, cuando una madre fallece, la probabilidad de que sus otros hijos menores de 12 años mueran en los dos años siguientes se multiplica por 10.

Tatiana: “finalmente logré huir”

En Batangafo (República Centroafricana), por ejemplo, las mujeres ya no tienen que andar varios kilómetros para llegar al hospital cuando se ponen de parto. Tenemos casas de acogida para que puedan alojarse durante el último mes de embarazo y recibir la atención que necesitan en un momento tan crucial.

A Tatiana la violaron durante días. La violencia sexual es una emergencia médica.  Según la ONU, en 2017, unas 100.000 mujeres y niñas centroafricanas se encontraban en riesgo de sufrir violencia sexual. Y es que en áreas donde reina la violencia, las mujeres son muy vulnerables a abusos en puestos de control y fronteras, secuestros, violaciones o explotación sexual. Especialmente si son menores o si viajan solas. Las agresiones que sufren les provocan daños físicos y psicológicos que pueden dejarles secuelas de por vida e incluso generar un estigma que las aleje de su comunidad.

“A mi marido lo mataron y a mí me secuestraron. Me violaron durante varios días. Perdí a uno de mis hijos allí. A otro, conseguí llevarlo fuera. Y finalmente logré huir a Bangui”, confiesa Tatiana, una mujer oriunda de Bambari, en República Centroafricana.

Tras recibir tratamiento médico y psicológico durante tres meses en nuestra clínica de Bangui, su vida ha mejorado poco a poco, lentamente. “Al principio no fue fácil para mí. Desde que empecé el tratamiento aquí y después de hablar mucho con el psicólogo, me siento un poco mejor en comparación con el principio. Pero no resulta fácil. No es fácil en absoluto”, añade.

Tatiana estuvo prisionera por hombres armados en su pueblo en Bambari después de que su marido fuera asesinado. Fue violada durante días hasta que logró huir a Bangui. Allí recibió tratamiento en nuestra clínica durante tres meses. Foto: MSF/Olivia Watson

 

En casos de violencia sexual, el apoyo psicológico también es esencial para facilitar a mujeres como Tatiana su capacidad de resistencia al trauma y su recuperación.  Contamos con estos programas en países en conflicto como Sudán del Sur o en campos de refugiados, como los grandes asentamientos de rohingyas en Bangladesh.

Durante nuestras operaciones de rescate en el Mediterráneo, por ejemplo, hemos podido constatar que una de cada tres mujeres había sufrido algún tipo de violencia sexual en su país de origen o durante su ruta de huida; muchas de ellas estaban demasiado traumatizadas o avergonzadas para explicar el trauma sufrido.

La guerra es terrible para todos, pero es aún peor para ellas: los abusos contra la población femenina se han convertido en una estrategia de guerra demasiado común.

 

@MSF_Mexico

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