El día que me violaron

Tardé diez eternos segundos en tomar control de la situación. Apreté el cuerpo y me incorporé de un movimiento. Estaba pálido, asustado, mareado. Me tomó un año verbalizar que me habían violado.

Llegué a la antesala y pregunté por el urólogo, como no tenía cita esperé durante una hora. Me sudaban las manos y temblaban las rodillas. El libro que me acompañaba me sirvió más de amuleto que de distracción. Me llamaron por mi nombre y me guiaron al consultorio.

En vez de una entrevista de diagnóstico, lo que ocurrió fue una catarsis. Quizá era una confesión. Con la cabeza agachada se lo conté todo: esa mañana, al masturbarme, el semen apareció teñido de sangre. No me detuve en los síntomas. Le dije que mi novio estaba por regresar de un viaje largo. Le expresé mi preocupación. No quería que mi primera conversación con mi chavo tratara sobre por qué no podríamos tener sexo.

Me sentía culpable, promiscuo, descuidado, vulnerable.

Finalmente, terminó el acto de contrición. No recuerdo sus gestos, sus reacciones o sus preguntas. «Empínate», me ordenó acariciando la mesa de exploración. Mientras me quitaba la ropa y me ponía en posición cambió el tono de la entrevista. Dejó de preguntarme sobre mis hábitos y hurgó en mis gustos: me preguntó qué me gustaba y si usaba algún objeto para masturbarme.

Usó una mano para pegar mi cara a la colchoneta y la otra para auscultarme. Suspendió las preguntas y empezó a afirmar. Aseguró que me divertía mucho y me preguntó, de nuevo, si no usaba algún objeto para masturbarme. Se terminaron las palabras, me sacudió la cabeza y radicalizó su estrategia. Me embistió. Me lastimó.

Tardé diez eternos segundos en tomar control de la situación. Apreté el cuerpo y me incorporé de un movimiento. Estaba pálido, asustado, mareado. Me tomó un año verbalizar que me habían violado.

Tardé más en vestirme que él en escribir mi receta. Las últimas palabras que me dirigió fueron para decirme que tenía una infección menor y que, definitivamente, no era de transmisión sexual.

Caminé a mi casa. No tuve ganas de buscarlo o encararlo. Solo quise bañarme con agua caliente y olvidarlo todo. Los días siguientes me debatí entre el coraje, la culpa y la vergüenza.

Hace un año regresé a la torre de consultorios y no encontré a mi agresor. No recuerdo ni su rostro, ni su nombre, ni el color de la alfombra.

Desde aquel día me he esforzado por aprender. Descubrí que hay millones de mujeres, niños y hombres que viven en condiciones de abuso sistemático. Todos ellos son sobrevivientes de una sociedad que crea y protege a los predadores sexuales.

Empecemos por alzar la voz. El primer paso es encontrarnos y escuchar nuestras historias.

 

@lujambioalberto

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Comentarios

  1. Gina Martinez

    Te aplaudo! hablarlo y las reacciones que las personas que deberían apoyarnos y no lo hacen, es otro dolor que habrá que cargar y procesar junto con tu dolor físico y emocional que lo que te pasó generó; hablar y denunciar es de valientes!!