Los errores del príncipe y el NAIM

Por un lado, tenemos al futuro titular de la SCT anunciando la cancelación de la construcción del NAIM en Texcoco, y por el otro lado, y casi al mismo tiempo, tenemos al que será el jefe de la oficina de la presidencia afirmando, ante empresarios e inversionistas, que el NAIM va.

Las declaraciones del próximo secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, han sido el foco de atención durante los últimos días. Sin ejercer la imparcialidad pública que le solicitó el presidente electo, aseguró prácticamente que, pese a cualquier consulta pública, la opción de la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en Texcoco quedaba descartada. Esto ha sido catalogado por muchos como una actitud prepotente y autoritaria, que va en sentido contrario a la imagen que ha querido dar el propio Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, no todo es su culpa. Recordemos que el primer error que puede cometer un gobernante es elegir mal a sus colaboradores. Esto ya lo había advertido Nicolás Maquiavelo en su libro El príncipe, escrito desde la cárcel y publicado de forma póstuma hace más de 400 años. Y no importa si es el siglo XVI o el siglo XXI, si es Italia o México. Esta advertencia, que alerta sobre la crisis de los poderes universales, es totalmente actual y lo será siempre. Porque, sin duda, la elección del equipo de trabajo es una de las decisiones más importantes que debe tomar alguien que aspira al poder. Pero, ¿qué pasa cuando esta elección no depende únicamente del equilibrio razonable que debe haber entre la lealtad, los ideales y la capacidad, sino que, al mismo tiempo, responde a los favores recibidos durante la campaña?

Este es el caso de Andrés Manuel López Obrador, quien durante los 18 años que duró su proceso para poder llegar a la presidencia recurrió a acuerdos y recibió “apoyos” que implicaron compromisos que ahora parece debe cumplir. De forma reciente hemos visto no solamente cómo se han ido adhiriendo a su “proyecto” de nación personajes que incluso fueron sus contrincantes políticos hasta hace poco tiempo (situación que le restan capital político, coherencia y credibilidad), hemos visto como parte de su equipo opera con una actitud en nada congruente con sus “ideales”, y cómo los medios de comunicación se han abocado a dar seguimiento únicamente a las actividades, las opiniones, y las reacciones del presidente electo y de su equipo de trabajo, dejando de lado la agenda política o protocolaria del presidente Peña Nieto.

Sí, sabemos que la etapa de transición de la administración federal puede ser excesivamente larga. Sí, es normal que el presidente que sale comience a desdibujarse no sólo en su liderazgo público (si es que en algún momento lo hubo, en el caso de Enrique Peña Nieto), sino también en la toma de decisiones, dejando su lugar a quien lo sustituirá. Sin embargo, es muy preocupante que el foco de atención de los medios de comunicación esté únicamente en las formas, y no en el fondo; en las ocurrencias y no en el qué y en el cómo.

Esta vaguedad parece haberse trasladado a la relación que existe entre el próximo presidente, y su gabinete, con los diversos medios. La relación entre ellos es cada vez más errática, confusa, carente de un mensaje que demuestre la existencia de una estrategia seria. No solo se trata de información sobre la superficie, sino sobre el fondo. No se trata sólo de comunicación efímera, de notas banales, se trata de entender el momento en el que se encuentra el país y las soluciones que demandan las distintas dificultades a los que nos enfrentamos. ¿O será que no hay un plan rector, con líneas estratégicas bien definidas, con políticas claras que pretendan resolver problemas concretos?

En días recientes la nota más destacada, y que sirve como ejemplo, ha sido lo relacionado al Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM). El manejo que el presidente electo da hoy a este tema difiere mucho del que le dio como candidato. Todos sabemos que la cancelación de la construcción del NAIM fue uno de los principales temas en la campaña de López Obrador, y no solo eso, fue un compromiso con sus votantes. Su inviabilidad técnica, ambiental, económica y social parecían tener sentido para el entonces candidato presidencial y sus seguidores. Sin embargo, ahora, como futuro Presidente Constitucional, la decisión de la cancelación no parece necesariamente igual de fácil.

A diferencia de una campaña electoral, ejercer el poder tiene complicaciones que no se perciben con facilidad desde la oposición, la academia o la sociedad civil (fifí o no). La decisión de cancelar el NAIM no es nada sencilla. Están los costos financieros en medio (incluyendo indemnizaciones a inversionistas y contratistas), y también la señal que, en el caso de cancelar el proyecto, se daría a los inversionistas y mercados internacionales; y desde luego la aparente falta de viabilidad técnica de las alternativas propuestas. Todo esto quizá ha sido lo que ha generado opiniones encontradas al interior del propio equipo de trabajo de AMLO.

Por un lado, tenemos al futuro Secretario de Comunicaciones y Transportes, quien casi augura o de plano asegura la cancelación de la construcción del NAIM en Texcoco (en un acto en el que deja ver su modo autoritario de manejar el conflicto), y por el otro lado, y casi al mismo tiempo, tenemos al que será el jefe de la oficina de la Presidencia afirmando, ante empresarios e inversionistas, que el NAIM va.

Esta ambivalencia, e inestabilidad, junto con decisiones que parece más un capricho, que tomadas basadas en evidencia, no genera más que confusión e incertidumbre, lo que puede provocar reacciones no previstas en sectores claves, no sólo de la economía, sino también de la sociedad. Incluso puede convertirse en la mejor excusa para que, ante el vacío que provoca tal desorden, éste sea ocupado por aquellos a quienes lo último que les interesa es el bienestar del país en general. ¿Quién está controlando todo esto?

Esperemos que el príncipe deje de cometer errores, y que el caos que se percibe en su equipo de trabajo se resuelva a la brevedad; que a partir del primero de diciembre la estrategia, la táctica y el orden prevalezca. No vaya a ser que el tigre (fifí o no) se le suelte en su propia casa.

 

@yamilnares

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