Extrañas nostalgias digeridas

De la nostalgia ochentera que hoy nos invade y se nos vende. ¿Es la nuestra o es la regurgitada por los hijos de los ochenteros? Stranger Things de refilón.

Extrañas nostalgias digeridas

No es gran secreto para nadie y no es nada complejo entender que las nostalgias de los padres se acumulan y se transmiten a los hijos en paquetes. Es un fenómeno mucho más notorio a partir de los sesenta, cuando la comunicación masiva y la revolución generacional iniciaban y los jóvenes se empezaban a hartar de ser copias calca de los padres, de ver cambios después de tres generaciones o de que moda y cultura estuvieran dictadas por los extravagantes y extranjeros gustos de aquellos en el poder. Anteriormente del rey, la reina y la corte. Alguien dirá que ya veíamos esbozos de esto en los veinte y tendrá su boquita llena de razón.

Mi generación creció viendo y escuchando historias del verano de amor, de hippies antisistema, de Avándaro, la guerra de Vietnam, el 68, la búsqueda de la paz mundial y certezas picadas en piedra como que The Beatles era lo mejor que le había pasado al mundo de la cultura y la música, la “mejor” banda del mundo. Para los que crecimos con padres que fueron muy fresas, muy conservadores, medio outsiders o que simplemente les valía madre lo que pasaba allá afuera, tales certezas y tales repeticiones automáticas siguen sonando igual de raras y cuestionables.

Hoy nos toca el regreso de los ochenta. No fuimos nosotros, los adolescentes de esos años, los que quisimos traerlos de vuelta conscientemente. Fueron los hijos de aquellos de mi generación que decidieron no unirse al Movimiento Voluntario De Extinción Humana.  Son esos hijos, hoy “los jóvenes”, regurgitando las nostalgias digeridas y transformadas de sus padres, esas con las que crecieron, sus primeros contactos con la cultura pop. Su paquete de recuerdos, de afectos, de certezas escritas en piedra y neurona.

Amé los ochenta, tanto como para tener mi propio proyecto de música ochentera. Los amé tanto como los odié más adelante. Hoy los amodio. El cine para niños y jóvenes se empezaba a refinar después de la revolución setentera que fue Star Wars y la música estaba en todos lados. Estaciones de radio y programación para todos, aunque no había tanto de dónde escoger: eras fresa de música Televisa, eras synthpopero, eras hippie-rocker, eras metalero o eras dark. Algunos teníamos el perturbador y traicionero gusto de jugar en varios de los equipos a la vez. El rock mexicano iniciaba y el defeño sólo tenía que moverse un poco a Rockotitlán (en mi clasemediero caso, sólo un par de cuadras) en cualquier fin de semana para ver en vivo a Caifanes, Santa Sabina, Rostros Ocultos, Neón, Kenny y Los Eléctricos o Fobia. Por épocas eramos cazafantasmas, lost boys, breakfast clubbers, St. Elmos Fires, Ferris Buellers o Marty Mcflies. En lo personal ¡Goonie forever!

MTV estaba en todas las televisiones a todas horas. Eso debería haber sido uno de los primeros focos rojos en un panel gigante de focos rojos. Pero todos lo dejamos pasar, las lucecitas nos tenían encantados como bebés a los que se les agitan las llaves enfrente para que se distraigan y dejen de chingar. Como gatitos con hilo.

Cuando menos lo imaginábamos, unos pocos años después, la cultura se había masificado y empaquetado por juniors trajeados, se vendía en formatos de los cuales no te podrías salir. Era la primera vez en la historia que se veía algo así. Las revoluciones culturales y generacionales sólo habían sido un par, la de los veinte y la de los sesenta-setenta, lo que vivíamos nosotros era una farsa, un producto que consumíamos de manera voraz y sin preguntar. Las grandes bandas y artistas de la época desaparecieron o tuvieron que simplificarse y ajustarse a los cánones de venta y producción para sobrevivir. El resultado fue tener tantas de esas canciones “clásicas” que hoy en día nos traen nostalgia, pero fueron para sus creadores un tipo de opresión creativa, una invitación a mediados de la década a sonar de tal manera, a vender masivamente o morir, ya no había lugar para nichos y cultos, sólo había lugar para one hit wonders que generaban una rápida pequeña fortuna o para gigantes del espectáculo.

Yes, Toto, Rush, The Cure, Depeche Mode, Foreigner, Queensryche, cientos más, hasta Bowie tendría esa horrenda época de Dancing In The Streets, saliendo relativamente airoso. Pero hablamos de alguien especial, una de esas muy contadas y geniales excepciones que se pueden reinventar a sí mismos con éxito, coherencia y un poco de dignidad más de una vez. El mismo Bowie había dejado de ser alguien especial en los noventa, porque ya todos eran genios, o eso nos decían los medios y las masas, convencidísimos. Desde entonces, hasta ahora.

La lista es interminable, en la música, en el cine y en todas las artes. A la lista se entraba con el contrato tácito: “No me importa tu talento, no me importan tus años de dedicación y estudios. Me haces las cosas simples, rápidas, sin exigencia al público, digeribles, llanamente estúpidas o desapareces. Disfracemos esta grotesca y cínica venta controlada y producida como democratización cultural”. Muchos lo creyeron, muchos lo siguen creyendo hasta ahora, cuando la “democratización cultural” está en auténtico auge, hoy que tal vez… tal vez, sí pudiera ser cierta. Me quedo con mis inmensas dudas.

Hay algo tan parecido del entonces en el ahora, tal vez por ser el ahora ese engendro potenciado de ese aquel entonces padre/madre. Cuando nos dimos cuenta, una vez más, los medios tradicionales y los digitales ya estaba llenos de idiotas siendo adorados por decir y hacer idioteces, de “Reality Shows” que no tenían nada de real y todo de hiperreal, de videojuegos que habían optado por una invitación a apretar botones a lo pendejo desde un sillón en vez de hacerte pensar estratégicamente y solucionar problemas de maneras creativas, de boy bands y girl bands generadas quirúgicamente por productores informados con estadísticas y gráficas de lo que vende y lo que no, lo que está pasando rápido de moda y lo que viene de moda para mañana; de remedos de Madonnas, remedos de Bowies, remedos de comediantes, remedos de directores, remedos de remedos. Remakes, reboots, remakes de remakes, reboots de reboots.

La pregunta convertida en exigencia me llegó repetidamente por whatsapp, Twitter y Facebook. ¿Cómo era posible que Hill, amante-odiante de la música y cultura ochentera no estuviera viendo Stranger Things? Los amigos, lectores y conocidos sabían que mi amorodio morboso por “esas cosas” podría ser mayor a mi tirria a la tendencia zombie masiva de ver la misma serie y hacernos la chaqueta mental de que estamos en una sala gigante, millones de personas unidas, viendo lo mismo. “Unidas”… “nos une”, las palabras y frases más usadas en cualquier comercial que te quiera vender algo que no necesita nadie y que nunca unió ni va a unir a pinches nadie pinches nunca.

Caí en una de las cosas que más critico y más evito, en uno de los grandes motores de la cultura contemporánea, impulsiva, de grandes iluminaciones chiquitas y épicos raptos divinos efímeros. Caí en el FOMO (Fear Of Missing Out). Auténticamente me sentí excluido y con prisa, voraz, no habría mañana, no habría la acostumbrada calma de enterarme o no enterarme si me daba la gana y cuando me diera. Alguien más estaba sabiendo algo que yo no sabía sobre algunas de las cosas que más me gustan y sobre las que más sé. O eso se me decía. No podía quedarme afuera.

El hype, la mercadotecnia y la publicidad lo habían logrado.  “Don’t believe the hype“, otra de mis máximas rotas. Pero todos tenemos talón de Aquiles… y precio. Los señores de traje con dinero, esos a los que Guillermo Del Toro llama “The bastards with the money“, lo saben mejor que nadie, de eso viven.

Capítulo 5 y ahí estaban todas las cosas. Ahí está E.T., ahí están los Goonies, ahí está sonando Toto, ahí está el synthwave como score e intro, ahí están los guiños a Spielberg, los tributos a King, los tropos de la época, los tropos de las películas y las series de la época, de esa vida que no vivimos porque la vivieron los gringos, pero aún así la sentimos extrañamente como nuestra. ¿Por qué lo seguía sintiendo tan lejano si había todo esto y la serie, en sí, es muy buena? (La mitad de buena que el hype a nivel histeria masiva te haría creer o sentir, anyway, que eso ya es muchísimo). La respuesta, supongo, está en este mismo texto. Allá arriba. Será, también, que los ochenta nunca me dejaron, siempre han estado aquí y siempre han sido parte de lo que soy, de lo que veo, lo que escucho y lo que hago, está entretejido siempre en mis frases, en lo que escribo, en mi música, en mis referencias y bromas. Está presente, nunca se ha ido. ¿Por qué habría de enloquecerme, no con una buena serie, sino con la histeria masiva de “nostalgia”? ¿Con una descarada y cínica venta de nostalgia que aprovecha una buena serie como piso para edificar encima su grotesco tianguis de mame, fantasías momentáneas de pertenencia y marejadas de clicks?

No lo sé, pero tanto funcionó que de eso estoy escribiendo. Aunque dudo que mi acercamiento dubitativo y confrontativo me traiga los clicks que le ha traído a los grandes vórtices de basura de internet, como 9gag o Buzzfeed, cuando se desviven para que la mentada serie en turno te guste al nivel fanático al que parece que te deben gustar las cosas hoy en día. Si no, es porque “las odias”. “El título del post no mencionará el nombre de la serie como pinche vil clickbaitero de a varo”, me dije a mí mismo con dramatismo infantil, tratando de mantener lo poco que quedaba de dignidad y coherencia.

Pero según los cánones actuales sólo se puede enloquecer por una cosa un rato, sólo unas semanas. Más adelante debe venir el olvido y la misma locura invertida en el siguiente recipiente.

Digestión, regurgitar, locura masiva. Repita.

Pero, usted no se preocupe, ni se enoje conmigo y vaya a odiarme en las redes sociales o aquí en los comentarios. Ya sabemos también que la lógica argumentativa es otra de las cosas que han quedado casi destruidas a estas alturas, sólo debe abrazar la contemporaneidad y repetir otro de sus comodines-no-argumentos automáticos: sólo es un amargado que ya está dando el viejazo y tirándole mierda a la nueva generación.

Y tan, tan. Todos felices, todos contentos. Aquí no hay nada qué ver, mucho menos qué pensar. Lo que sigue. No hay tiempo. Los focos prenden, las llaves suenan, los hilos se mueven. Y tiene usted que adorarlos todos.

¡Corra..! ¡Corra! ¡¿Cómo es que llegó hasta esta frase y sigue leyendo?!

 

@JorgeHill

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