Lo mejor y lo peor

El sismo ha sacado lo mejor de nosotros, pero también lo peor. Y sí, sí es momento de hablar de ello.

Lo mejor y lo peor

Tenía 11 años en el sismo del 85, las imágenes y las sensaciones quedaron grabadas en mí con fuego. Las interminables horas de incertidumbre, las caras y voces de los adultos en crisis, la falta de comunicación y el caos que permeaba todo. Esta vez no fue tan diferente, pero el país en general estaba mucho mejor preparado. Al igual que aquella vez, jóvenes y adultos se unieron para formar brigadas, centros de acopio y ayuda. El gobierno, también rebasado, tomó la imagen de la solidaridad para ellos mismos y le sacaron todo el jugo posible. Pero no, no venía de ellos, venía de los ciudadanos.

Al igual que esa vez, he visto a la tragedia sacar lo mejor de la gente. Sé de amigos y desconocidos que ahora mismo están entre los escombros, en los últimos momentos de esperanza, sin perderla. He visto a gente portarse a la altura de la situación y ayudar al prójimo como se pueda, en centros de acopio, generando mapas de ayuda, distribuyendo información útil, precisa y confirmada en redes sociales.

Hay quien dice que de lo feo y de lo malo no se debe hablar en estos momentos. Que no es momento ni lugar para la crítica, el disenso, el análisis, la “politización” y la interpretación. Pero no, es en los momentos de crisis cuando más agudos tenemos que ser, cuando más cuentas tenemos que pedir, cuando más vigilancia se debe tener. La inacción y el silencio son los lugares bajo los que corruptos y criminales se esconden para continuar con sus abusos. Es por donde se cuela el miedo y por donde se esparcen las tragedias posteriores, esas que sí se podrían haber evitado. La policía del pensamiento viene a decirnos que todo debe ser solemnidad, dolor y resignación. Vaya ceguera, vaya falta de amor por la vida, vaya pánico. No caigamos.

Así, puedo afirmar que al igual que en el 85, la tragedia ha sacado también lo peor de lo que somos. Los asaltos han estado a la orden del día, han habido saqueos de departamentos y casas por gente que se hace pasar por protección civil, los patrones cínicos y egoístas han abusado de sus empleados, víveres han sido desviados por el gobierno y nuestros gobernantes han brillado por su ausencia. Han estado también aquellos, de gobierno y ciudadanía, quienes buscan salir en la foto disfrazados de ayudadores. “Si están ayudando ¿qué nos importa que quieran salir en la foto?”, dicen algunos, olvidando que el narcisismo sociopático genera ruido innecesario, es contaminación, rebaba. En el centro de acopio donde estuve,  pude ver toda la operación entorpecida durante horas gracias a la pelea protagónica de egos entre dos coordinadores. En redes sociales pude ver la información hecha caos gracias a tantos “influencers” y medios que querían tener la primicia, los favs, likes y los RTs. Sí, el narcisismo estorba, y estorba mucho.

No escribo lo siguiente para “agüitarlos”, pero el Congal nunca ha sido de patrioterías vacías, cursilerías innecesarias y mucho menos de oraciones que se pierden en la nada. Lo hago para estar preparados para la realidad, pensando románticamente que tal vez, la unión pueda durar un poco más, haciendo un llamado a ella: la luna de miel de la solidaridad es intensa, pero corta. Los damnificados necesitarán ayuda por meses y años, no será suficiente sólo este jalón inicial de ayuda. El despertar de la luna de miel nos dejará, al igual que en el 85, viendo desde la cama al México de siempre, con su inseguridad, sus instituciones burocráticas rebasadas, sus gobernantes parásitos corruptos e ineptos, su machismo y feminicidios, sus abusos de autoridad, su indefensión ante el narco y el crimen organizado.

Sí, sí es momento de seguir hablando de eso, de exigir rendición de cuentas, de mirar en los abismos sin miedo, mientras ayudamos, mientras reconstruimos. Una cosa no mata a la otra, muy al contrario, se complementan.

¿Qué haremos, entonces, al despertar? ¿Seguiremos unidos?

 

@JorgeHill

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