Es la edad

¿Hartazgo de intensear y de leer intensidades en internet y redes sociales? bienvenido al club.

Es la edad

“Me asomé para leer algo denso y me encontré con una receta asiática”, más o menos fueron las palabras de mi primo hace unos meses. Las dijo con un tono un tanto decepcionado y desencajado gracias a ese aliviane que llega con la madrugada y las cervezas suficientes. Un par de semanas después fui a otra instancia de una acostumbrada tertulia de delicioso pozole verde estilo guerrerense con Daniel y Claudia, director y coordinadora de Animal Político. Saliendo, Daniel me dijo “Te has vuelto medio fresa ¿no?”. Tanto el primo como el boss se  referían a los notorios cambios que habían sucedido los últimos meses en El Congal, este blog. Lo comprendí todo como una curiosidad normal entre familia y amigos, ¿qué habría pasado con ese Hill amarguetas, crítico, cínico y a veces voluntariamente provocador?

Alrededor de esos días platicaba con un querido amigo, que también escribe aquí y es todo un intensazo, acerca de una profunda sensación de “burn out“, un tipo de cansancio que me abrumaba y me tenía alejado no solo de las redes sociales, también de mi propia intensidad, pero sobre todo de la ajena. Eso tendría que reflejarse en lo que escribo y en mi estado general. A muchas personas siempre les pareció raro que desde el principio, hace ya 7 años, no hubiera “continuidad temática” en El Congal y apareciera una crítica a cierto movimiento social o artístico, seguida de un cuento, seguida de algunas recomendaciones de cine y  música. Otros lectores entendieron bien el resultado claro de cómo se me invitó a escribir aquí “Puedes escribir acerca de lo que quieras”. Yo hice caso.

Como subtexto de lo que no puedo negar como una apología de El Congal, lo que esto engloba y hacia donde me dirijo es a una reflexión acerca de lo que normalmente se escribe en blogs y en redes sociales. Las encarnizadas y diarias batallas culturales se habían vuelto monótonas, repetitivas y dolorosamente predecibles en el desarrollo de sus manifestaciones y argumentos. Una asomada a Twitter o Facebook me dejaba con una pesada sensación de extrañeza y hartazgo. Podría argumentar el lector que yo me lo gané, teniendo de amigos y follows a “puro chairoprogre” e intensos, pero una asomada a la realidad nos deja ver que la actual guerra cultural es omnipresente y se nos aparece desde sus diversos ángulos a todos, queramos o no, independientemente de inclinaciones ideológicas y burbujas; vamos, es como tratar de huir de la pinche canción “Despacito”, no hay manera. Habría que aclarar que si bien me causan cierta sorpresa y torcimiento de ojos algunos extremismos venidos desde la progresía, lo que en realidad  me perturba es su contraparte anacrónica que todavía se aferra a un podrido y afortunadamente agonizante mundo sin gays, abortos legales, feminismos contestatarios, pensamiento crítico, apego a la ciencia o derechos y libertades para todos, sin excepción ni sesgos.

Muy hasta la madre de ver y leer a los vocales extremos pelear diariamente, pensé “A la chingada, mejor voy a escribir sobre otro de mis amores y pasiones: la cocina asiática”. Reduje mi presencia en redes sociales al mínimo e incluso expresé mi hartazgo en persona a muchos de mis amigos y conocidos. De la gran mayoría obtuve una sorpresiva aclaración: ellos y ellas estaban prácticamente tan cansados de esos temas como yo, pero algún tipo de fuego interno, un tanto iracundo, insidioso y obsesivo, los mantenía intenseando. No es que yo lo hubiera perdido o se hubiera apagado, sólo quería mantenerlo en una cueva alejada de los demás, por algún tiempo indefinido.

Podríamos recurrir a algo de lo que se habla mucho últimamente: las redes sociales e internet en general no solo no han servido como aquel romántico ideal de hace unas décadas para “unirnos”, han generado burbujas de información e ideología cada vez más extremistas, cerradas y distantes una de otra. Una fragmentación progresiva análoga a aquella gris y deprimente teoría del universo en expansión que encontrará su muerte en la separación total de la materia, en un inmóvil mar homogéneo de partículas subatómicas sin rumbo o interacción. Una nada material, un vacío ocupado.

Internet recuerda hoy un poco a la manera moderna de hacer guerra, distantes bombarderos, artilleros y drones descargan misiles de un extremo al otro, hacia enemigos invisibles a quienes se ha despersonalizado y que solo aparecen como un tipo de gran villano sin cara. Recuerda, también, a las maneras más antiguas de hacer guerra y exclusión, con piedras y antorchas, quemando rápidamente en la hoguera a cualquiera que pareciera sospechoso, al raro, al diferente, al incómodo, al que no encajara en su entorno y contexto. Un fuego que busca, finalmente, la materialización de la perversa y fanática fantasía de purificar y silenciar.

Será, entonces, que el inocente y el romántico al final soy yo y las personas como yo, esos que todavía creemos que al otro hay que dejarlo hablar y hay que tratar de comprenderlo, así su discurso sea lo más lejano a nosotros, así nos parezca aberrante -introduzca aquí como necesaria a la paradoja de la tolerancia de Karl Popper-. Esos que pensamos que aquel otro sin cara, tal vez todavía tenga algo que enseñarnos, algún ángulo a través del cual no hemos procesado cierta información o experiencias.

Tal vez sea esa búsqueda, probablemente muy personal, lo que me tenga cada vez más al centro, dirían algunos “tibio”. Será eso lo que me tiene a mí y a tantos otros, según algunas interpretaciones beligerantes, en un tipo de stand-by, incluso un impasse. Será eso lo que me tiene escribiéndoles recetas asiáticas, eso sí, con gusto y cierta esperanza de que dejen la pinche Big Mac a un lado y se pongan a cocinar. Todos podemos intensear, también todos podemos cocinar… o eso dice Ratatouille.

A veces uno solo quiere comer, beber, besar, jugar videojuegos y juegos de mesa, ver a los amigos en persona sin esa muleta intermediaria falsa a través de redes sociales, nostalgiquear, netear, quererse, abrazarse, reírse.

Y al final abro la posibilidad hacia el otro extremo y recuerdo aquella frase en “Tonight’s Music” de mis amados Katatonia, siempre instalados en la pérdida y la constante confusión: What is wrong? not with the world, but me (“¿Qué está mal? no con el mundo, sino conmigo”).

Me pregunto, con cierta preocupación: ¿Es la edad?

@JorgeHill

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