Disfrutar la vida

De vez en cuando nuestras almas necesitan estos remansos para recordar de qué se trata eso de estar vivo sobre la Tierra. Y muy especialmente sobre esta tierra, la nuestra, la mexicana, en estos tiempos.

Lo logré. Mantuve el celular apagado por casi una semana y recordé cómo se sentía la libertad. La telaraña de información de todo tipo en la que vivimos atrapados,  nos genera estrés e impotencia ante los desastres del mundo, y en ese estado de ánimo uno deja pasar la preciosa oportunidad de cambiar lo único que sí puede: lo inmediato, el aquí y ahora; su relación con su pareja, con sus hijos, con sus colaboradores.

Como muchos usuarios de un celular con internet, yo padezco eso que por sus siglas en inglés se llama FOMO (Fear of missing out), es decir, miedo a perderse de algo. Por eso está uno checando sus redes sociales constantemente, por si pasó algo importantísimo de lo que uno debería estar enterado, para poder ser parte de la conversación. Me pasa, pero nunca al grado de dejar de apreciar la belleza del mundo.

Mi primera semana del año, que además incluyó mi cumpleaños número 44, transcurrió junto a una hermosa laguna. No encendí el teléfono porque sabía que nada que estuviera pasando podía ser más real ni más importante que las personas y los eventos que estaban ocurriendo en el presente, y que cualquier cosa podría esperarme una semana. En el lugar en que nos hospedamos hacían café de olla y nos pusieron todo el repertorio de una banda boricua de reggae que se llama Cultura Profética, así que no podría haber habido mayor perfección.

De vez en cuando nuestras almas necesitan estos remansos para recordar de qué se trata eso de estar vivo sobre la Tierra. Y muy especialmente sobre esta tierra, la nuestra, la mexicana, en estos tiempos. Hemos tenido que aprender a vivir asustados y tomar muchas de nuestras decisiones a partir del miedo. Desde la ropa que nos ponemos para salir hasta decisiones administrativas o profesionales.  Los peligros son reales y ciertamente es sensato vivir tomando precauciones, pero no paralizarse por el miedo.

No había tomado vacaciones en cuatro años porque tenía miedo de gastarme un dinero que pudiera hacer falta para algo más importante o urgente. Ayer que estaba a media laguna, en un kayak, sintiendo el aire en la cara y viendo el atardecer no se me ocurría nada más importante ni urgente que estar viva y agradecida. Es para disfrutar momentos como ése que uno hace todo lo demás: trabajar, cumplir con cientos de responsabilidades, pagar sus impuestos y protestar para tener un mejor país en el que más gente pueda disfrutar su vida.

Tampoco puede uno vivir dominado por la culpa. A veces la línea entre la compasión, la solidaridad, la conciencia social y un sentimiento de culpa feroz es delgada.  Como si uno tuviera un helado en la mano frente a un niño que no ha comido en días. Eso también paraliza y uno deja de disfrutar cosas, como si con eso resolviera el problema del niño. Siempre será mejor apoyar a organizaciones que luchan desde donde se toman las grandes decisiones, los presupuestos, las modificaciones a las leyes para la protección de la infancia que arrebatarle el helado a tu hijo “porque hay muchos niños que no tienen”.

No sé si algunos de ustedes se identifiquen con estas reflexiones o si estarán pensando recomendarme un terapeuta. No sé si habrán logrado victorias como la mía, de apagar el celular una semana. Deseo de corazón que sí, y que hayan tenido la oportunidad de descansar y recargar la pila para este 2018 que promete retos de todo tipo para los mexicanos. Y si tienen miedo de perderse de algo, ¡no se lo pierdan!  Vivimos en un país peligroso, así que más nos vale aprovechar y disfrutar nuestras vidas.

 

@tiare_scanda

Close
Comentarios