Entre corazoncitos y chivos expiatorios

El fanatismo que generan ciertas personas públicas es un enamoramiento colectivo. Un engaño al que miles se someten voluntariamente porque ante una realidad tan hostil, tenemos una enorme necesidad de creer en algo o en alguien que pueda transformarla.

El gran problema del enamoramiento es que uno se enamora de un ideal, no de lo que tiene enfrente. El enamorado decide creer lo que el objeto de su amor parece, lo que promete. Decide confiar, decide seguirlo. El amado muestra su mejor lado durante el cortejo y el noviazgo. Se viste bonito y se perfuma. Luego se casan y sintiendo que ha logrado su objetivo, el amado eructa y se tira su primer pedo. “Este soy yo. Siempre lo fui. Y ahora me tienes que aguantar en la salud y en la enfermedad.”

El amor verdadero, en cambio, se muestra tal cual es. Pero hablando de política, no hay amor verdadero. Siempre gana el que se disfraza mejor.

El fanatismo que generan ciertas personas públicas es un enamoramiento colectivo. Un engaño al que miles se someten voluntariamente porque ante una realidad tan hostil, tenemos una enorme necesidad de creer en algo o en alguien que pueda transformarla. De pequeños nos bastaba creer en la posible existencia de los súper héroes. Como éramos niños especiales, un día iba a llegar Superman por nosotros a la escuela y enfrente de todos nos iba a llevar a volar con él. Y todos iban a saber que con nosotros no se podían meter. Alguien nos iba a librar de las injusticias, incluídas las cometidas por nuestras propias familias.  A algunos los enseñaron –o los obligaron- a creer en Dios, ese líder tan democrático que permite que cuestionemos  hasta su existencia (porque para eso es el cerebro, para cuestionar, aunque algunos “Dioses” no toleren que los cuestionen.)

Ahora que el contexto nacional se ha vuelto tan amenazante y que -ante las evidencias de la corrupción y la impunidad- hemos dejado de creer en la justicia, un líder carismático y multicolor nos dijo lo que queríamos oír.  Se vistió y se perfumó. Prometió y prometió.  Hizo padrino a medio mundo. Le pidió matrimonio al pueblo y el pueblo le dijo que sí.  Y ahora nos suena en la cabeza:  “Ya se casóooo, ya se amolóoo…”

Todavía no termina la boda cuando el líder prometedor ya se está arrancando las pestañas postizas con las que nos hizo tantos ojitos. Poco a poco vemos desmaquillarse sus promesas. Todavía no nos mudamos pero ya empezó a invitar a la casa a sus amigotes. Esos, los corruptos de los que antes renegaba.

“Mi amor, salúdalos. Son mis amigos. Aunque te hayan pegado o escupido en el pasado, recíbelos y perdónalos, corazoncito. Y no me hagas preguntas incómodas porque no te las pienso contestar. Por lo menos, no con la verdad. Cocina para ellos. Ponte el vestido verde, corazoncito. Ahora, ajusta tus ideales y recemos.  Afloja el puño y con tu manita izquierda, toma el rosario… Robles son mis amigos que se mantienen de pie sexenio tras sexenio, guardando en sus troncos arsenales de secretos peligrosos. Mejor el perdón, corazoncito y la amistad. ¡A mis amigos  los cubro de gloria y quien cree en mí, creerá mis historias!¡Borren archivos, que escape la escoria! Que empiece el jolgorio del chivo expiatorio!”

Y la pobre novia – nosotros-  ya se está remangando el vestido de bodas para lavar los platos que los amigotes ensuciaron y siguen ensuciando. ¿Por qué? ¿Porque ellos merecen abundancia y nosotros merecemos lo que ellos quieran? ¡El poder no es suyo; es prestado! ¡Es la confianza de la gente puesta en sus manos! No son Dioses. Eructan y se tiran pedos como todo el mundo.

Los mexicanos trabajamos, pagamos impuestos. Ayudamos cuando hay que ayudar. Merecemos justicia. Merecemos respeto.  Y merecemos un amor verdadero, a la altura del nuestro.

 

@tiare_scanda

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