Memoria, justicia y paz en Alabama

El Memorial a la Paz y a la Justicia de Montgomery se yergue como una invitación para reflexionar a profundidad sobre lo que acaece en nuestro propio país, y para actuar en consecuencia.

Vaya espacios de excepción, los que recién fueron inaugurados en la histórica Montgomery –capital y cuna de la lucha por los derechos civiles, en la época de Martin Luther King y sus contemporá[email protected]; asignatura demasiado pendiente, ahora que padecemos la plenitud idiota del trumpismo- apenas el jueves 26 de abril pasado.

La principal organización promotora del Museo del Legado y el Memorial Nacional por la Paz y la Justicia se llama Equal Justice Initiative, y es asociación sin fines de lucro fundada en 1989 por el abogado de interés público Bryan Stevenson, cuyo éxito autobiográfico de librería, Just Mercy, ya se ha traducido al castellano y lleva por nombre Por Compasión: La Lucha por los olvidados de la justicia en Estados Unidos, bajo el sello de Editorial Planeta.

Stevenson y sus jóvenes colegas convocaron la semana pasada a una cumbre que contó con la participación de múltiples personalidades públicas de distintos ámbitos, para discutir y -de ser posible, predecir en la medida de lo posible- el destino de las comunidades más vulnerables en la era de Donald Trump.

Lo hicieron antes de abrir al público las puertas del museo de marras, que aborda en un lugar que fungió en el siglo XIX como bodega para albergar a los esclavos de todas las edades que eran vendidos en la plaza cercana de la calle o avenida del Comercio -sitio que asimismo, en una ciudad que no ha dejado de ser azotada por las corrientes contradictorias del tiempo, no se halla muy lejos del punto de arranque del boicot al sistema de transporte metropolitano de Montgomery, el primero de diciembre de 1955, cuando Rosa Parks se negó a cederle su asiento a un usuario blanco que se lo exigía, y fue arrestada por la policía local a petición del chofer de la unidad General Motors número 2857, serie 1132, ruta Avenida Cleveland en exhibición permanente en el Museo Henry Ford, de Detroit- y que ahora se resignifica radicalmente con el aporte de un equipo que sabe trazar una línea ininterrumpida que abarca y comprende la trata de esclavos, las leyes discriminatorias Jim Crow y los códigos negros de la posguerra civil estadounidense; un sistema perverso de renta de convictos (convict leasing), y las atroces campañas en contra perpetradas por el Ku Klux Klan, más el encarcelamiento masivo de jóvenes que convierte al sistema americano en uno peor –en términos de porcentajes sobre población total- que los de China, Irán o la satrapía de nuestra elección.

En este entorno particular, que apenas comenzó a modificarse a mediados de la década de los cincuenta en el Sur Profundo, los linchamientos acreditados de más de cuatro mil personas –descritos por EJI tras una investigación exhaustiva que la misma organización publica en su portal– son el recuerdo vivo de una herida oculta del que poco –nada- se decía hasta el surgimiento, después de un largo y complicado proceso de ocho años, del Memorial ubicado en la calle Caroline número 417.

Sobriedad y belleza en este jardín. Hermosas flores, en el acceso al Memorial.
Aquí empieza la obra creada por el Mass Design Group, un bufete sin fines de lucro [¡!], con oficinas principales en Boston.
Esculturas que contrastan –junto con otras más, que se encuentran a lo largo del camino– en el diseño contundente del recinto.
Asciende uno por la pendiente, junto al pasto, los árboles jóvenes y bajo el cielo espléndido de esta tarde de Montgomery.
Las estructuras metálicas llevan por título los condados donde tuvieron lugar estos horrores. Incluyen los nombres (y cuando no hubo forma de identificarlas, su condición anónima) de las víctimas.

 

Sigue internándose uno en el espacio techado, y empiezan a dejar el ras del ruelo.
Las estructuras se elevan: son cuerpos colgados, y espíritus que –prácticamente- gravitan sobre las cabezas de las y los espectadores.

 

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