Los pleitos del rudo Donald

Un sector de la población que ya votó por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en noviembre de 2016 tal vez seguirá creyendo sus embustes a pie juntillas.

Hace cinco décadas y media (con sus cuatro días adicionales desde la semana pasada), John Fitzgerald Kennedy, 46 años y trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, demócrata de Massachusetts, moría asesinado durante una visita oficial a la ciudad de Dallas, Texas. Tras él ascendería su vicepresidente Lyndon Baines Johnson (demócrata de Texas); luego, el furibundo anticomunista republicano de California, Richard Milhous Nixon. Luego Gerald Ford, líder republiano del Congreso y oriundo de Michigan, VP emergente del truculento Triquiñuelo Nixon (cuya renuncia en agosto de 1974 a causa del escándalo de Watergate, evitó una crisis constitucional) y el único personaje que ha llegado a la cúspide del Poder Ejecutivo sin elección de por medio. Luego arribó a la Casa Blanca el gobernador Jimmy Carter (D) de Georgia, desplazado cuatro años después por el californiano transplantado de Illinois y exactor de reparto Ronald Wilson Reagan (R), seguido por George Herbert Walker Bush (R), y William Jefferson Clinton de Arkansas (D), y el hijo seudo texano de Bush Sr. (R) y el primer afroamericano (D) en ocupar el puesto.

Hasta llegar al nefasto Donald John Trump (antes Drumpf, sus parientes modificaron el apellido original), y la peculiar Corte de sus absurdos Milagros: reguladores del medio ambiente ecocidas, multimillonarios pretendidamente populistas y asesores xenófobos, y jueces acosadores y responsables de la procuración entregados a la causa de la justicia selectiva, y un nutrido grupo de comentaristas de la televisión por cable y familiares suyos que se han metamorfoseado –bajo el mandato del magnate inmobiliario, que en enero cumple dos años apenas, que asemejan eones– en un gabinete de cocina de medio pelo.

El caricato y Primer Tuitero de la nación norteamericana arremete contra las que él describe, sin ningún fundamento, como noticias falsas divulgadas por los que son, a su parecer, Enemigos declarados del Pueblo. Como las otras frases que –desafortunadamente– ha puesto en boga, esta muletilla es parte una fiel descripción de su trabajo. Un sector de la población que ya votó por él en noviembre de 2016 (¿en número suficiente como para que sea reelecto en los comicios de 2020?) tal vez seguirá creyendo sus embustes a pie juntillas.

Abajo del mensaje tradicional del Día de Acción de Gracias –que este año coincidió con el aniversario de la muerte de John Kennedy, y que para no perder la costumbre trumpera, contó con una metralla de autoelogios y cebollazos no pedidos– un soldado de Trump Nation equipara al mandatario aprendiz con George Washington. Algo que hubiese escandalizado a cualquiera en otra época, pero que en los tiempos que corren es algo cien por ciento normal. No en balde el senador republicano por Utah en vías de retiro, Orrin Hatch, declaró en febrero tras la aprobación de la reforma fiscal promovida por Trump (que incrementó los activos de una minuscule minoría de plutócratas estadounidenses, a costa del sufriente resto de la población) que la de Donald iba a ser la presidencia más grande que hayamos visto en nuestra generación; quizá la más grande de todos los tiempos’. Captura de pantalla TW.

Visita él las zonas devastadas por el peor incendio registrado en la historia de California; sugiere que ‘tal como pasa en Finlandia [falso]’, la solución para tener gran clima (sic) es ‘rastrillar el suelo de los bosques’, al estilo de los céspedes otoñales domésticos. Algo que por cierto jamás sugirió el presidente finlandés a su homólogo americano.

Repleto de sorpresas desagradables, transcurre el día presidencial trumpiano. Llega el turno, el 22 de noviembre, al poder judicial. Regaños y acusaciones, por no cumplirle esa rama del gobierno, todos y cada uno de sus caprichos, que en el caso del nuevo feud [pleito, en su acepción luchística, con la inmensa diferencia de que las del duce anaranjado no son fingidos o ‘arreglados’ de antemano] corresponde a su deseo manifiesto de resolver a su manera lo que él percibe como ‘crisis migratoria’. Patea el pesebre el Yeti de Queens, y le responde el ultraconservador ministro presidente de la Suprema Corte de los Estados Unidos. Desenlace: Trump contempla la presa; se declara ganador indiscutible, y cosecha otra máscara o cabellera figurada.

El sello de Trump: perpetrar una mayor destrucción destructiva (en oposición a su vertiente creativa, tan socorrida por cierta escuela económica, o -en caso extremo- por apólogos del fascismo), con el gusto propio de un kaiju WASP de la estirpe, que consiste en juguetear con las ruinas de sus obras y sus actos, burlándose siempre de [email protected] que considera losers y/o débiles (en especial, a últimas fechas, del subconjunto de mujeres reporteras que cubren la fuente de la Casa Blanca).

Obús del bully, a Abby Phillip de CNN: ‘Haces demasiadas preguntas estúpidas…’.

Dirigido a April Ryan de Red Urbana de la Radio: ‘Estamos hablando de alguien que es una perdedora. Ella no sabe qué diablos está haciendo. Obtiene publicidad y luego le aumentan el sueldo, o un contrato con CNN …’.

Remacha con Yamiche Alcindor, de NPR: ‘La pregunta que me acabas de hacer es muy racista [¡!]…’. Repitió el término dos veces más, refiriéndose en específico a ella, durante la conferencia de prensa.

No extraña, viniendo de alguien que se autoexonera como la persona menos racista que existe [¿en Washington, Nueva York; en EEUU, el mundo: el universo?]’, que sus incesantes pleitos propendan a la extenuación, y a una suerte de vértigo. Los enemigos de ayer son alfombras hoy, y si ayudan a que uno sea reelegido, seguro serán los de mañana. ¿Qué importancia tendrá en la conciencia del senador Ted Cruz, con su lugar ganado tras un delirante y ríspido proceso electoral, el que el pendenciero candidato Trump haya acusado a su propio padre de haber sido partícipe en la trama que derivó en el asesinato de John Kennedy en 1963?

Presidente y senador. Tragando sapos. Captura de pantalla TW.

Todo se vale en el Grand Old Party; todo se justifica, y se perdona. Ahora el Mentiroso Ted se convierte, gracias a la prestidigitación política de su patrón y CEO, en Ted (como la patriótica canción de America, sin acento) the Beautiful.

Entre tanta duda existencial algo es seguro. Los feuds feudales del estrafalario Drumpf se multiplicarán con el advenimiento de una mayoría del partido demócrata a la Cámara de Representantes.

 

@alconsumidor

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