Maldición de lo Descomunal, y soluciones

Para Tim Wu, autor del término Neutralidad de la Red, existe un peligro siempre latente que implica posibles tránsitos hacia sistemas verticales y autoritarios. El tiempo dirá qué tan dispuestas están las autoridades que llegaron el primero de diciembre, en aplicar la fórmula de Wu a tierras mexicanas.

Así se intitula un provechoso opúsculo, publicado en inglés por Penguin Random House (uno espera que pronto sea traducido al castellano), escrito por Tim Wu, autor que acuñó el término Neutralidad de la Red. Es Internescéptico profesional con pleno conocimiento de causa, y por añadidura catedrático en la Universidad de Columbia; también fue experto en derecho de las telecomunicaciones, copyright y antitrust y ha sido asesor en estas materias para la procuraduría estatal de Nueva York y la Comisión Federal de Comercio (FTC) en Washington.

La breve obra incluye una historia esencial de los monopolios que surgieron en la ‘Edad Chapada en Oro’ de fines del siglo diecinueve y principios del veinte en los Estados Unidos, cuando los barones rateros [Robber Barons] acumularon escandalosas fortunas, inimaginables hasta entonces; prácticamente todas engendradas e incrementadas –en los hechos- al margen de la ley y con la entusiasta aquiescencia de gobiernos que en mucho se asemejan al papel de comparsas de los que hoy son los superestrellas de los Cinco Grandes Consorcios Amazon, Apple, Facebook, Google/Alphabet y Microsoft (esta última recién nombrada empresa con el mayor índice de capitalización de mercado, acabando así -y en ese orden- con el reinado de la primera que acaba de ceder ese lugar de privilegio en Wall Street al Leviatán informático de Bill Gates).

La ruta que siguió John D. Rockefeller para que su Standard Oil dominara por completo el mercado de los hidrocarburos, o la de John Pierpont Morgan con sus sociedades depredadoras incorporadas en el ámbito de la banca y la consolidación industrial: engendros tales como la acerera US Steel o la American Telephone and Telegraph es recapitulada por Wu. (ATT, por cierto: hoy reencarnado en un nuevo engendro igualmente incontrolado, reñido como en épocas pasadas con los valores y aciertos de la democracia política), cuya escisión mediante decreto de consentimiento en 1982, produjo un estallido de innovaciones que, previo al advenimiento de los nuevos Godzillas derivó en enormes avances durante la etapa utópica de Internet.

La figura clave dentro del gobierno federal que limitó las tropelías descaradas de Rockefeller, Morgan y sus contemporáneos fue nada menos que el republicano Theodore Roosevelt (a) Trust Buster, presidente que dotó de dientes al ordenamiento  conocido como Ley Antitrust Sherman (aprobada y publicada en 1890, cuando el Jefe del Ejecutivo estadounidense era Benjamin Harrison), cuando circunstancias ajenas le obligaron a ocupar ese puesto tras el asesinato de William McKinley en 1901, como vicepresidente en funciones y hasta 1909 tras triunfar en los comicios de 1904; heredó el sobrenombre (y la voluntad de combatir a los consorcios gigantes, con voluntad ejecutiva y la ley en la mano) a su sucesor William Howard Taft, y luego el demócrata Woodrow Wilson. No fue tampoco casual que una generación de reporteros, investigadores y activistas (piénsese por ejemplo, en Ida Tarbell) se abocaran a desmenuzar ante la opinión pública, en libros, revistas y periódicos, los perniciosos Modi Operandi de estos esperpentos, y de los Capitanes de la Industria que los encabezaban, obligando para tal efecto a el gobierno de dos elefantes y un borrico comenzara –aunque tarde- a actuar en consecuencia.

El impulso casi simultáneo de una pinza judicial en la persona de Louis D. Brandeis, ministro de la Suprema Corte desde 1916 hasta su muerte en 1941, aunado al de figuras tales como la del abogado Thurman Arnold, El Cowboy de Wyoming, responsable en el departamento de la división Antitrust en el departamento de Justicia con Franklin D. Roosevelt y azote de los Trusts fue el que selló la suerte de esta primera ola de barones ladronzuelos, después de décadas enteras de hurtos y exacciones. Ellos y sus aliados robustecieron un movimiento antimonopolio favorable al bien común en la Unión Americana hasta que en la década de los ochenta la marea reaganiana, híper privatizadora a ultranza, que abiertamente repudia los contrapesos y controles del Estado, cuya manifestación tardía y enloquecida es el trumpismo químicamente puro, le restó atributos hasta nulificarlos en la práctica.

Los efectos de la Ley Sherman han ido diluyéndose con el tiempo y las múltiples embestidas republicanas –y de algunos cómplices demócratas- en todos los frentes del gobierno, hasta convertir a los entes reguladores en caricaturas de sus orígenes. Véase si no, la ofensiva destructora de Ajit Pai, ex abogado de Verizon y hoy titular de la Comisión Federal de Comunicaciones norteamericana en contra de la misma Neutralidad de la Red definida como tal hace quince años por el autor de La Maldición de lo Descomunal, y que ha convertido a la FCC en una especie de facilitadora de las industrias masivas que -se supone- debería mantener bajo estricto marcaje y en su caso, castigar.

Para Tim Wu, el verdugo oficial contemporáneo del ímpetu democratizador antimonopolio es Robert Bork, golden boy de la Universidad de Chicago, encargado de implementar la voluntad de un Richard Nixon acorralado por el escándalo de Watergate que ordenó la destitución de un procurador y su segundo de a bordo en la tristemente célebre Masacre del Sábado por la Noche en 1973; candidato fallido a ocupar un lugar en la Suprema Corte durante la gestión presidencial del protoTrump Ron Reagan en 1987 -con el aparentemente sencillo expediente/doctrina (en realidad camisa de fuerza, o píldora envenenada), que consiste en plantear que mientras no se incremente demasiado el precio de un producto o servicio, independientemente de la concentración de mercado y sin importar las dimensiones del oferente, no se comete ningún daño. El que una empresa tenga más poder que países enteros no pareció preocupar a Bork y sus acólitos (que son legión), pues ellos siguen firmes en su creencia de que el mercado debe ser exclusivo encargado, casi por generación espontánea, de enderezar cualquier ‘distorsión’ o entuerto. Si toma siglos que esto suceda, peor para el usuario.

Existe para Wu un peligro siempre latente, relacionado con monopolios sin control (y dadas ciertas coyunturas y circunstancias), que implica posibles tránsitos hacia sistemas verticales y autoritarios. Concluye su libro recomendado una amplia receta para el rescate estatal del interés público, que incluye acciones como las que a continuación se enumeran:

  1. Una revisión exhaustiva del proceso de adquisiciones y fusiones
  2. Democratización del proceso
  3. Enfoque en los casos más grandes y emblemáticos
  4. Procesos reales de desarticulación y desmantelamiento
  5. Investigaciones de las reglas de mercado y de la competencia
  6. Una nueva política Antitrust con metas específicas

El tiempo dirá qué tan dispuestos las autoridades que llegaron el primero de diciembre, en aplicar la fórmula de Wu a tierras mexicanas.

 

@alconsumidor

 

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