De cómo Peña movió a México

Según la última medición, el actual presidente alcanzó solamente un 31% de aprobación general por su desempeño entre los mexicanos. Si bien esta cifra corresponde a una evaluación ciudadana por medio de encuestas, existen suficientes elementos para sustentarla, pues el desempeño de Enrique Peña Nieto ha dejado bastantes deficiencias para el país, tanto en términos económicos como sociales.

Por: Carmen Menéndez (@loshmenen)

El año electoral ya está frente a nosotros, en 2018 se elegirán 629 representantes para cubrir cargos públicos y, entre ellos, uno de los de mayor importancia para nuestro sistema político: el cargo de Presidente de la República. La atención de la opinión pública se comienza a centrar en las alianzas partidarias, en los candidatos presidenciales y, por supuesto, en el desarrollo de las campañas a partir del 30 de marzo.

En tal contexto surgen cuestiones inmediatas como: por quién votar, quién es nuestra mejor opción; sin embargo, estas interrogantes sólo tienen un nombre como respuesta inmediata, más no los argumentos y razones para asignar o no el voto a un candidato, los cuales deberían ser el principal motivo de nuestro interés. Pero ¿cómo podemos encontrar tales argumentos? Podemos empezar por revisar los resultados de la administración del presidente en turno y, sobre esa base, examinar si el actual partido en el poder o las otras opciones ofrecen un candidato que presente propuestas que definan claramente cómo mejorará las deficiencias del país.

Según la última medición, el actual presidente alcanzó solamente un 31% de aprobación general por su desempeño entre los mexicanos. Si bien esta cifra corresponde a una evaluación ciudadana por medio de encuestas, existen suficientes elementos para sustentarla, pues el desempeño de Enrique Peña Nieto ha dejado bastantes deficiencias para el país, tanto en términos económicos como sociales.

Una de las formas más inmediatas para medir el desempeño de una economía nacional es a partir del crecimiento de su producción de bienes y servicios a lo largo de un año, lo cual nos permite saber si la economía de un país está activa, es decir, que existen suficientes bienes y servicios disponibles para el consumo, así como recursos económicos para consumirlos. El producto interno bruto (PIB) de un país es el dato que nos permite saber cuánto vale la suma de toda la producción de un país en un año. Veamos cómo ha evolucionado en las últimas décadas en nuestro país.

Como se observa en la siguiente gráfica, desde el inicio del sexenio de Ernesto Zedillo, el PIB de México mantenía una tendencia creciente, la cual sólo se vio truncada en el 2009 durante la administración de Felipe Calderón como consecuencia de la crisis financiera internacional, en este año tal indicador macroeconómico fue 18.7% menor que en el 2008. No obstante, su tendencia incremental continuó hasta el final de la última administración panista.

Para los años de la actual administración presidencial, sólo se observa un pequeño incremento en el PIB durante los años 2013 y 2014; a partir de este último el PIB mexicano ha decrecido un 19.3%, llegando incluso a ser menor que el registrado para el año 2008, previo a las consecuencias de la crisis financiera.

En el mismo sentido, el ingreso nacional bruto (INB), antes PIB per cápita, registra la misma tendencia para el periodo referido, justamente con decrementos después de la burbuja financiera del 2008, recuperación significativa para el fin de la última administración panista y una nueva disminución desde el año 2014. El último dato registrado para el INB, correspondiente al 2016, es 650 dólares menor al del año 2008.

En cuanto a la inflación, el sexenio de Peña Nieto ha registrado una de las cifras más elevadas: un 6.77 de inflación anual que incluso rebasa el 6.53 al que se llegó en diciembre de 2008. Durante esta administración, la inflación había comenzado a caer a finales del 2014 y se mantuvo todavía baja a finales del 2016. No obstante, en el contexto de la elección presidencial estadounidense y la toma de posesión por parte de Donald Trump, la inflación retoma su tendencia creciente durante todo el 2017.

Si bien, dicho crecimiento de la inflación se puede explicar a partir de la liberalización del precio de la gasolina durante el primer trimestre de 2017; a la incorporación del impacto de la depreciación del peso frente al dólar, presente durante el último cuarto del 2016, a los precios de los insumos y bienes finales; y al incremento en el precio del gas LP durante el segundo semestre del 2017, los esfuerzos del Banco de México para contenerla fueron insuficientes.

En términos de la deuda pública, el desempeño de las finanzas durante el sexenio actual tampoco es alentador. Del 2012 al 2017, la deuda pública creció (deuda neta: externa más interna) a un ritmo de 2.992 mmdp diarios; la deuda neta total equivalía al 47.4% del PIB nacional.

Respecto al desempeño comercial del país, la producción nacional no se ha orientado efectivamente a las exportaciones. En promedio, el saldo anual de la balanza comercial –la diferencia entre exportaciones e importaciones– es negativo, lo cual significa que estamos comprando más de lo que producimos. A pesar de la Reforma Energética, socializada mediáticamente a base de promesas que han sido difíciles de cumplir, la balanza comercial de productos petroleros, petroquímicos y de origen petroquímico ha presentado un déficit mensual en los últimos tres años, lo cual implica que las capacidades productivas del país para sustentar el consumo energético siguen sin ser suficientes, por lo cual se gastan millones de dólares cada mes en la importación de estos productos.

Si bien los elementos mencionados refieren a variables relativas al crecimiento económico, también es preciso presentar argumentos sobre los resultados del actual presidente en términos de impactos positivos a la sociedad y cómo su gestión ha mejorado o no el bienestar de los mexicanos. Al respecto, el Índice de Desarrollo Humano permite evaluar los impactos del crecimiento económico en el bienestar humano, los cuales se deben ver reflejados en una mejor calidad de vida para las personas. Esta medición, desarrollada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), calcula el progreso alcanzado (en una escala de 0.0 a 1.0, donde éste es el más alto nivel de desarrollo humano) por un país en tres dimensiones básicas que contribuyen al desarrollo humano: disfrutar de una vida larga y saludable (salud), acceso a la educación, y un nivel de vida digno (con base en los ingresos económicos).

En esta materia, los grandes avances que ha experimentado México se encuentran en el incremento de más de 100 puntos en el Índice de Desarrollo Humano, en el periodo de 1990 a 2012, pasando de 0.654 a 0.775 puntos. No obstante, para el último reporte del IDH disponible, con tres años de la actual administración, este índice bajó a 0.762 puntos, colocando a México en el 73 a nivel mundial y todavía por debajo del estatus en que se encontraba al inicio de la administración de Peña Nieto.

En materia de seguridad, el país también ha experimentado retrocesos, la tasa de prevalencia delictiva ha crecido en un 5.3% en el periodo 2012-2016, es decir, en el primer año de la actual administración se reportaban 27,337 víctimas de delito por cada cien mil habitantes, cifra que para el último dato registrado de la presidencia de Peña ascendió a 28,788 víctimas. Asimismo, la percepción de inseguridad por parte de la población ha continuado creciendo; en el 2012 el 66.6% de la población nacional se sentía insegura, para 2017 el indicador es de 74.3%, cerca de 10 puntos porcentuales por arriba de la percepción al inicio de este sexenio.

Finalmente, pobreza en México no ha visto reducciones significativas, en 2012 53.3 millones de personas se encontraban en situación de pobreza y continuó aumentando para la medición del 2014, año en el que aumentó en dos millones el número de personas; sólo hasta el 2016 experimentó una disminución a 53.4 millones de personas, cifra todavía mayor que la de principio del sexenio actual.

Toda esta información nos provee con elementos para cuestionar a los candidatos presidenciales de cualquier partido cuál será su estrategia para solucionar las problemáticas del país, debemos aprovechar la existencia de medios de comunicación como las redes sociales, pues presentan un espacio para el debate, el cual puede ser muy útil si se centra en argumentos claros.

De tal manera, para el proceso electoral de 2018 necesitamos más que promesas y discursos vacíos en mítines; requerimos saber, entre muchas otras respuestas, ¿cómo van a activar la economía y eliminar la tendencia decreciente del PIB? ¿De qué manera será diferente la política monetaria y anti-inflación de la próxima administración para evitar que los costos de vida sean cada vez mayores para los mexicanos? ¿Cómo lograrán un gasto público eficiente sin continuar incrementando la deuda interna y externa? ¿Cuál será la estrategia para que podamos vender más productos mexicanos en el exterior? ¿Cómo lograrán brindar seguridad energética al país? ¿Qué harán para mejorar el acceso a salud y educación? ¿Cómo disminuirán la inseguridad? ¿Cuál es la forma para mejorar la calidad de vida de los más de 50 millones de personas en pobreza en México? En la medida que los candidatos tengan respuestas claras y razonables a este tipo de interrogantes, empezaremos a tener argumentos para otorgar nuestro voto a alguno de ellos, sólo nos quedaría confiar y esperar que el sistema electoral se desenvolverá con legalidad.

 

@IntPublica

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