Emociones y política social: la lección de Esther

Pasó de una vida de violaciones sexuales, incesto, algunos embarazos y varios abortos, a convertirse en una activista y cofundadora del primer asilo para trabajadoras sexuales. El compromiso de Esther con sus compañeras, se traduce en reciprocidad y las inspira a crecer y salir adelante.

Por: Claudia Torres

Todavía no tiene cincuenta años y ya protagonizó un documental (“Casa de la Soledad”, disponible aquí), cofundó un centro de asistencia para las trabajadoras sexuales de la tercera edad (Casa Xochiquetzal), y peleó contra diversas autoridades que querían remover y extorsionar a las trabajadoras sexuales de Avenida Revolución. Todo esto le ha valido el reconocimiento y el aprecio de sus compañeras trabajadoras sexuales y quienes, como yo, estamos interesados en conocer los mercados sexuales.

Violaciones, incesto, algunos embarazos, varios abortos, el rapto de un hijo, muchas relaciones abusivas y adicciones han atravesado el pasado de Esther. Pero ella logró rehacer su vida, a partir del aprendizaje y la reparación emocional. Ella logró este cambio con ayuda de otras personas y, en particular, recuerda, una feminista. “Vente –andaba litigando–, vente, acompáñame. Me llevaba a su casa. ¿Estás bien? Tranquila Esther, estamos aquí contigo. Y terapias y todo. Y eso me ayudó mucho. Yo me presté. Yo veía que me apreciaban, que lo hacían de buena fe. Pues aquí estoy. Y ya me voy a recuperar y hay que llevarla aquí, a constelaciones familiares, a todo. (…) Yo he tenido mucha gente (…) que me ama”.[1]

Esther me hizo pensar en la ausencia del cuidado, la interdependencia y la emocionalidad en los debates feministas que giran alrededor de las normas y la política pública en materia de comercio sexual. En general, el énfasis en la violencia de género como eje de dichos debates ha relegado la dimensión afectiva y relacional que nutre los mercados sexuales.

Entiendo por qué: a los feminismos de la gobernanza[2], les tomó grandes esfuerzos que la emocionalidad de las trabajadoras sexuales implicaba, en muchas ocasiones, un desbalance de poder e injusticia. Sin embargo, en paralelo, estas feministas construyeron una noción maniquea y antagónica del poder y la justicia (léase: los hombres tienen poder, las mujeres trabajadoras sexuales carecen de él; es necesario revertir esta situación para alcanzar la justicia de género).[3] Así, las normas y políticas públicas sobre comercio sexual propuestas desde el feminismo han buscado, típicamente, empoderar a las trabajadoras, al convertirlas en una fuerza en resistencia. Empero, estas propuestas normativas permanecen ciegas a la necesidad de interpelar a las trabajadoras sexuales como seres humanos –no sólo como sujetos políticos– y reparar las relaciones dentro y fuera de los mercados sexuales.

Al respecto, Esther dice “Esas mujeres no necesitan oír de política. Primero hay que empoderarlas, hay que hacer que esas mujeres se amen, se rescaten y se quieran. Hay que ver su autoestima. ¿Sí o no eso comenté (…)? La autoestima. Se están muriendo en sus emociones, carajo. Sufren, hasta yo sufro”.

Empoderamiento, para Esther, es sinónimo de desarrollo humano. No se trata de no mostrar nobleza ni preocupación por otros. No se trata de expandir la propia libertad a expensas de las conexiones con los demás. Por el contrario, se trata de alimentar las necesidades emocionales –personales y relacionales– de las personas y potenciar su expresividad, espiritualidad, moralidad y cognición, lo cual presupone el reconocimiento de las vulnerabilidades y los límites de uno.[4]

De hecho, para Esther, los eventos negativos de su pasado y el cambio que hubo en sus emociones, de entonces a ahora, son el motor de su activismo actual. “El dolor (…) me enseñó a vivir de manera diferente: a valorar, a agradecer, a ser servicial, a dar, a compartir. (…) Cuando veo a una compañera llorar, le digo: tranquila, aquí he estado yo colgada de borracha, tirada. Se qué es sentir una cruda, pero no hay peor lucha que la que no se hace”. El compromiso de Esther por sus compañeras no es meramente estético; de lo que pude ver, se traduce en complicidad y reciprocidad e inspira, en algunas trabajadoras, ganas de crecer y salir adelante.

No estoy diciendo que el Estado debe enviar a todas las trabajadoras sexuales a terapia psicológica. Más bien, propongo que todos reflexionemos sobre cuáles son los canales informales por los que fluyen o podrían fluir el cuidado, la interdependencia y la emocionalidad. Por su parte, las normas y políticas públicas bien harían en fomentar la creación de más canales de identificación entre las trabajadoras sexuales y otros grupos de hombres y mujeres.

En estos espacios, las trabajadoras sexuales se fortalecerían, tal como ha hecho Esther, aun frente a contextos adversos. Por ejemplo, tanto la historia de superación de Esther como la investigación de la antropóloga americana Denise Brennan apuntan a que los círculos de confianza en la comunidad ayudan a la emancipación y la recuperación de personas expuestas a abusos en contextos laborales.[5] El aislamiento y el silencio son dos de los mayores de retos que enfrentan estas personas, luego de que se termina el episodio de violencia.

Lo que podemos generalizar es que, en el caso particular de las trabajadoras sexuales, es un error dejarlas solas. El abandono y la violencia han sido constantes en las vidas de muchas de ellas. Si los feminismos buscan justicia, construir este tipo de puentes, haciendo a un lado la diferencia sexual, podría ser un paso en la dirección correcta.

 

* Claudia Torres es miembro del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE (@DSyR)

 

@DSyR

 

Referencias:

[1] Entrevista con Esther, trabajadora sexual y activista, en la Ciudad de México (agosto 2, 2018).

[2] Éste es el término empleado por Halley, Kotiswaran, Shamir y Thomas para describer a los feminismos que, en los debates sobre comercio sexual, se institucionalizaron y volvieron dominantes en las últimas dos décadas: el feminismo liberal y el radical. Halley, Janet et. al., “From the international to the local in feminist legal responses to rape, prostitution/sex work and sex trafficking: Four studies in contemporary Governance Feminism”, 29(2) Harvard Journal of Law & Gender 335 (2006).

[3] J. Halley, Paranoia, Feminism, Law: Reflections on the Possibilities for Queer Legal Studies (Notes towards an Investigation), in E. Anker & B. Meyler (eds.), New Directions in Law and Literature (Duke University Press, 2017).

[4] P. Hoggett, “Social Policy and the Emotions”, en G. Lewis, S. Gewirtz & J. Clarke, Rethinking Social Policy (Open University and SAGE Publications, 2000).

[5] Denise Brennan, Life Interrupted: Trafficking into Forced Labor in The United States (Duke University Press, 2014)

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