Medallas tribales mexicanas

Si en este tiempo de campañas no hacemos un esfuerzo intelectual importante por empatizar con los argumentos de los otros, activaremos automaticidades y entronizaremos discursos culturales nocivos, hasta terminar en conflictos donde todos perdemos.

En su reciente libro, titulado “Moral Tribes”, el psicólogo Joshua Greene explora los fundamentos neurobiológicos y morales de las “guerras culturales” que observamos en varios países del mundo. Algunas de sus reflexiones resultan útiles para entender los conflictos que estamos observando en el contexto de las campañas electorales mexicanas y nos dan señales de alerta que, en mi opinión, no deberíamos ignorar.

El argumento central de Greene es que la evolución nos dotó de fuertes instintos hacia la cooperación dentro de los grupos que consideramos propios, y hacia la competencia con grupos que consideramos foráneos. En otras palabras: entre los grupos de ancestros prehumanos que tuvimos, aquellos que tendían a la cooperación “al interior” y a la competencia “al exterior” tuvieron ventajas evolutivas sobre otros, y nosotros heredamos esas tendencias. El problema es que la vida moderna –con migración, diversidad de pensamiento e intereses, comercio internacional– nos ha obligado a convivir, incluso al interior de nuestros países, con grupos que tienen características culturales (o intereses) distintas a las nuestras, y que instintivamente apreciamos como otredad. Si no hacemos un esfuerzo intelectual importante por empatizar con los argumentos de los otros, terminamos activando automaticidades y entronizando discursos culturales nocivos, hasta terminar en conflictos donde pierden tirios y troyanos.

Para ilustrar lo anterior, acudo a algunos ejemplos que utiliza Greene. Los conservadores estadounidenses (típicamente, republicanos) tienden a defender soluciones sociales que descansan en el individualismo y la atención a un prójimo que entienden como “parecido y cercano” (gente de su círculo social; de su raza, de su religión). Por su lado, los liberales (generalmente, demócratas) tienden al colectivismo e incluyen en su noción de prójimo a personas “lejanas” (los inmigrantes, las personas LGBTQ+, etc.) Enmedio de su lucha cultural, unos y otros tienden a la caricaturización: los conservadores aparecen en el imaginario liberal como egoístas, a pesar de que los datos duros indican que los primeros hacen donaciones financieras comparables a las de los segundos, aunque por medios distintos. Los segundos son apreciados por los primeros como personas ingenuas, que llevarán a la quiebra moral y económica a su país –a pesar de que la evidencia científica apoya la utilidad de políticas públicas típicamente apoyadas por los liberales.

Como parte de su preparación para el conflicto, ambos bandos han adoptado ideas nocivas: los conservadores, por ejemplo, son escépticos del calentamiento global –a pesar de que existe un consenso casi universal entre los científicos en el sentido de que este fenómeno existe, que es ocasionado por la actividad humana, y que tendrá costos terribles para todos los humanos (muchos de ellos, habitantes de localidades altamente conservadoras) de no atenderse. Se abrazan a la idea de que el poseer armas automáticas o de alto calibre es un derecho inalienable, al grado de negar la evidencia de que la laxitud estadounidense en la materia, prácticamente única en el mundo, es el factor que explica las constantes matanzas escolares en sus propias comunidades. Los liberales, por su parte, tienen cierta dificultad para encontrar argumentos a favor del derecho al aborto distintos del concepto de viabilidad del feto fuera del útero (o del de ausencia de sensación en el feto) siendo que los avances tecnológicos adelantan cada vez más el punto en que la viabilidad puede ser, en efecto, alcanzada. Algunos liberales tienden a ignorar evidencia de tendencias biológicamente diferenciadas entre hombres y mujeres, aunque aceptarlas no tenga por qué traducirse en una renuncia a la búsqueda de la equidad y la deconstrucción de discursos nocivos de género.

El problema es que estos argumentos activan la necesidad humana de sentirse miembros de un grupo y, con el tiempo y la insistencia del discurso político en ellos, se convierten en “medallas tribales” con las que se vuelve socialmente necesario estar de acuerdo. Una vez que eso sucede, los integrantes de uno y otro grupo nos volvemos sicológica y emocionalmente inmunes a la evidencia en contra del argumento. El conflicto se eterniza y los grupos antagonizan cada vez más, complicando gradualmente encontrar soluciones consensadas y estables. Los avances logrados por un grupo son anulados por reacciones del segundo (como vemos en la administración Trump, contra avances promovidos por Obama). Es en el concepto de “medalla tribal” (uno de los muchos adelantados por Greene en su interesante libro) que quisiera centrarme.

En los últimos años, en nuestro país es notoriamente creciente la polarización entre los grupos que se oponen a Andrés Manuel López Obrador y los que lo apoyan. No me refiero estrictamente a los partidos y políticos en cada bando (que, en el primer caso, son en realidad dos bandos que a veces actúan en tándem y a veces son sparring) sino a los ciudadanos y analistas que apoyan a unos y otros. Me preocupa especialmente cuando noto la emergencia de “medallas tribales” que parecieran nublar la razón –y el cumplimiento de los legítimos intereses– de cada bando.

Quienes apoyan la campaña de José Antonio Meade, por ejemplo, parecen negarse a comprender que el hartazgo de la población por la rampante corrupción, y la ambigüedad de su candidato en el tema, hacen que una parte mayúscula de los mexicanos consideren imposible apoyarlo. Sus simpatizantes parecen haberse auto-convencido de que la corrupción es un asunto cultural y que permea por igual a todos los partidos. Insisten en que el sostenimiento de la larga campaña de López Obrador hacia la Presidencia no puede explicarse sino mediante corrupción y evasión fiscal –a pesar de que sucesivas administraciones, por más que han intentado, no han logrado encontrar pruebas de ello. La historia personal de López Obrador es de austeridad y no ha sido presentado un ápice de evidencia en contrario. Pero si intenta usted argumentar tal cosa, debe prepararse para una andanada.

Los simpatizantes de Anaya, por su parte, parecen estar crecientemente cómodos con mirar sólo hacia adelante, apoyando un discurso que descansa en la tecnología, como si las administraciones federales del PAN y las locales del PRD hubieran tomado las medidas necesarias contra la corrupción y la impunidad, o hubieran hecho suficiente por reducir la desigualdad, o romper el capitalismo de cuates, o hubieran sido suficientemente creativas para romper el estancamiento de la pobreza en nuestro país. Como si gozáramos de una base razonable para, simplemente, reflexionar sobre cómo mejorar lo bien que vamos. Descansando en ese diagnóstico, siguen empujando la idea de que López Obrador “es un peligro para el país, es la ruta a Venezuela”. Se trata de otra “medalla tribal”, resistente al hecho público y demostrable de que, como Jefe de Gobierno del Distrito Federal, López Obrador fue un gobernante moderado y razonablemente conciliador.

Quienes rodean la campaña de este último, desafortunadamente, están desarrollando sus propias “medallas”. Una ya tradicional es el concepto de la “mafia en el poder”, que es suficiente elástica para abarcar a cualquiera que no comulga con su diagnóstico o su receta. La más reciente parece ser la cancelación del nuevo aeropuerto: encuentro incontrovertible que el ganador de la contienda presidencial tenga el derecho –diría más: la obligación– de revisar si los contratos relativos al nuevo aeropuerto se asignaron y ejecutaron con apego a la ley. Sin embargo, cancelar un proyecto que es necesario (si bien no suficiente) para aprovechar el potencial del país en materia aeronáutica y turística, que ha sido validado por numerosas instancias técnicas internacionales, que cuenta con un avance importante y que además está financiado en su vasta mayor parte con recursos privados, es excesivo. La progresiva adopción de esta “medalla tribal”, a lo largo de la campaña, hará casi imposible para una potencial administración de López Obrador echar marcha atrás en la materia, a pesar de que la culminación del aeropuerto podría ser una palanca de desarrollo en una zona muy necesitada de ella. La crítica, en buena medida innecesaria, contra cierta versión de sociedad civil, pareciera estar tomando el mismo rumbo.

Afortunadamente, el escenario no tiene que ser de catástrofe. Volviendo a Greene, la argumentación de su libro cierra con la reflexión de que la salida a la polarización destructiva descansa en la decisión –entre quienes están conscientes del contexto– de forzar una discusión proactiva, utilitaria y sustentada cuando se trata de temas en que se confrontan los intereses y posiciones entre distintos grupos (es decir, cuando se trata de “ellos contra nosotros”).

En las últimas semanas hemos podido observar que todas las campañas han logrado atraer a asesores técnicos razonables y preparados, situación que muchos analistas aplaudimos y celebramos. Invito a esos asesores a contrarrestar la polarización y la adopción de mensajes tribalmente útiles pero socialmente nocivos. Independientemente de quién gane en Julio, el espacio que esos asesores tendrán para promover acuerdos razonables, compartidos y estables dependerá, de forma crítica, de que exista espacio para la negociación entre distintos grupos políticos; conciliación de intereses, atención a la razón técnica. Si las campañas terminan en la noción de que triunfó la razón contra el populismo, o el lado correcto de la historia contra los intereses inconfesables de la mafia en el poder, gobernar para todos será muy difícil. Si los asesores recientes piensan que pueden hoy adoptar y apoyar las “medallas tribales” y mañana apelar a la razón, se equivocan. Su utilidad a las causas del país dependerá, de forma crítica, de que acepten su responsabilidad histórica.

Nuestro país no está formado por élites heroicas con la mirada puesta en el horizonte, actuando contra analfabetas y resentidos sociales; tampoco por representantes impolutos de los intereses populares actuando contra empresarios y activistas defensores de intereses inconfesables. Quienes han actuado contra el interés general son muy pocos y tienen que ser identificados y llamados a cuenta; la mayor parte de los mexicanos queremos el bien de todos – simplemente proponemos soluciones distintas. Y es en la medida en la que nos pongamos de acuerdo, en que balanceemos y atendamos distintos intereses, en que combinemos distintas soluciones – resistiendo la tentación de las fijaciones tribales – que podremos sacar al país del estancamiento en que se encuentra.

 

@marcolopezsilva

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