Señora de la Quinta Transformación

Perdonen que no me detenga, pero yo ya voy en la quinta y aspiro a alcanzar varias transformaciones más.

Llevo los últimos meses leyendo tantas maravillas que se avecinan con la Cuarta Transformación, que no quise quedarme atrás y aquí me tienen, con mi propia lista de propósitos. Porque señora, señor, a mí no me vengan a presumir la cuarta, que lo mío es la quinta transformación.

Inicio este apresurado sexenio en mis 50. La ventaja de acumular aniversarios es que una algo aprende en el camino. Lo que hace 30 años te parecía inconcebible, ahora ya no suena tan desdeñable. Algo lees, algo escuchas, algo te hace cambiar de opinión. Algo entiendes, y si te resistes, la vida se encarga. Maduras, pues.

El principal reto en esta nueva década ha sido asumirme como señora. Hace 30 años a nadie se le hubiera ocurrido llamarme así y hace 20 lo consideraba un insulto, con todo y mis dos hijas. Hace 10 empecé a aceptar que ya no había vuelta atrás y hoy estoy francamente en la ruta conciliatoria. No sé si el uso condescendiente del damita por parte de algunos prestadores de servicios fue preparando el terreno, pero lo que definitivamente me hizo considerarlo fue la manera adorable en que las colombianas usan el término. Unos días en Bogotá este año y yo no entendía por qué nunca antes me había percatado de lo bien que sonaba aquello. ¿O era su encantador acento?

El caso es que ellas y ellos lo usan para dirigirse a mujeres de cualquier edad, lo cual democratiza el concepto y le quita la carga heteropatriarcal. Sí, señora. Si además ellas consiguen que de su boca suene espectacular, qué peros le he de poner yo. Regresé de mi viaje con una nueva perspectiva sobre el asunto: soy una señora, es oficial. Así que ahora voy por la vida pidiendo amablemente a cuanto valet parking, viene viene y vendedor se cruza por mi camino que por favor no se dirijan a mí como damita, que soy una señora. Y si lo pueden pronunciar con acento colombiano, no estaría de más.

Porque ustedes no están para saberlo, pero yo sí para contarlo: ser una señora de la quinta transformación implica serias responsabilidades. Por ejemplo, ya no puede una saltar a la menor provocación tuitera. Y menos en estos tiempos de tanta juventud apresurada y soledad arrepentida. A pesar de la obsesión de algunos que se levantan a revisar qué tontería ha soltado una en un hilo de milochomil caracteres, ya no se le puede contestar a cualquiera sin quehacer. Sépanlo. Ahora hay que escoger las batallas, porque en los próximos meses y años hará falta mucha serenidad y paciencia. Quién hubiera imaginado que el gobierno de izquierda que tanto anhelamos algunos sería justamente del que más ociosos saldrían a impugnar gratuitamente nuestra existencia.

Tampoco se puede ir por la vida como si todavía nos cociéramos al primer hervor. Está una en ese momento justo en que aún puedes dar el último estirón de juventud y hay que aprovecharlo, porque recuerden que los 50 son los nuevos 30. Los nuevos 30, dije. Así que hay que comer mejor, dormir a sus horas y hacer menos corajes, para poder comer mejor, dormir a nuestras horas y hacer menos corajes mucho más tiempo. Sólo de pensar que mi papá y mi hermano mayor tenían mi edad cuando se jubilaron, me hace esforzarme en jugar al Melate todos los domingos y algunos miércoles, que mi planeado retiro dorado con salud, energía y toda la actitud en la Costa del Sol no se va a conseguir con mi Afore.

Me encarrero pues en esta quinta transformación con la convicción de que no hay mejor momento que hoy para seguir haciendo lo que una sabe hacer bien, que el entrenamiento con la adolescencia del siglo XXI no ha sido en balde. Ya no hay pretexto para no soltarse con la familia, los amigos, el trabajo. Lo que se tiene que decir se dirá y lo que se tiene que hacer se hará. La actitud crítica será ante todo y todos, o no será. Ya lo dijo el prócer: Me canso ganso.

 

@malamadremx

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