Cita con la muerte

El vecino coreano de mi mamá cruzó el mundo para venir a morirse a México el martes en el temblor, joven, casado, con hijos chicos.

Es predecible, y lo predecible apesta en la ficción, cuando se intercalan in crescendo los elementos de una tragedia que está a punto de ocurrir; la escena del niño dejándose perseguir por su madre en una colonia desierta, con la de un conductor puestísimo en drogas acelerando furioso su camioneta de narco porque el gángster en jefe lo acaba de ningunear, Harry Dean Stanton –su última actuación seguramente, aspecto de cadáver viviente pero en paz celestial– listo para presenciar la tragedia inminente sentado en una banca a 5 metros como un Dios más testigo que activo, ah pues como el de a de veras, todos los elementos puestos para la desgracia tan inevitable como irreversible, con tal anunciación que ni suspenso es.

Así es la vida real, sólo no nos sigue la cámara. Y apesta más porque no gritan “corte”.

El vecino coreano de mi mamá cruzó el mundo para venir a morirse a México el martes en el temblor, joven, casado, con hijos chicos. No seguimos su trayectoria como espectadores porque ignorábamos que protagonizaría una tragedia, ni lo conocíamos siquiera, pero a él un día le entró la inquietud de venirse a trabajar a México o se lo propuso su jefe, lo consideró, lo consultó con su esposa, lo planearon, le avisaron a sus amigos y familiares, con expectación y nerviosismo, muchas veces se cuestionaron si hacían lo correcto, perseveraron, llegaron aquí, iniciaron una nueva etapa, estaban aprendiendo el idioma, haciendo amigos, volvieron a cuestionarse si estarían haciendo lo correcto varias veces más, si su estancia en México sería temporal o pasajera, empezaron a sembrar raíces y aquí una tarde murió aplastado en un edificio que se derrumbó. Como en la ficción, una secuencia de pasos –el paso uno condujo al dos, el dos al tres, el tres al cuatro y así- lo llevaron a encontrarse con la muerte en un país tan improbable en su biografía como México, mientras por el otro lado se desencadenaban también a pasos los factores –geológicos, geográficos, arquitectónicos- que derrumbarían el edificio en donde él se encontraba en ese momento, ahí donde pasaba diligentemente sus jornadas laborales de un tiempo para acá.

Así murió en el tsunami del 2004 un conocido que viajó de México hasta Tailandia directo a morirse en su luna de miel. Desde entonces me ha obsesionado la idea de cómo junto con su futura esposa programó fechas de boda y luna de miel, compraron los boletos de avión, reservaron el hotel y llenos de ilusión coordinaron el viaje para que este chavo estuviera en el lugar y en el momento perfecto para morir.

Así también, me perturba la idea de los preparativos que un grupo de mexicanos tuvo que hacer para ir a morir a Egipto hace un par de años atacados supuestamente por error por un contingente bélico. Bastante mérito tiene sobrevivir la violencia de nuestro país como para ir a regalar la vida en otras latitudes. Qué coraje.

Yo no creo que “cuando te toca ni aunque te quites y cuando no te toca ni aunque te pongas”. Yo creo en el caos total sin orden, cuál “orden del caos”. Azar sin lógica, mucho menos sentido existencial. Nada a qué asirse. No “por algo suceden las cosas”. Las cosas pasan y ya. Doblabas a la otra esquina y te morías, pero sin explicación. Lo mismo cuando te rifas, sólo que fuera de que te salves de un avionazo o de morir en el derrumbe del edificio donde trabajas, no sueles enterarte de qué te salvaste (si girabas al otro lado en la esquina).

Estas historias de arriba son llamativas por su trágico desenlace a pesar de su poca probabilidad. Son de corte más épico digamos, por usar un término que no aplica pero ayuda a explicarse.

Pero así todos. Todos los que padecimos el temblor esta semana tuvimos cinco minutos antes. Y semanas antes y meses antes y años y décadas y papás y ancestros y países de origen y decisiones meditadas y arrebatos. Todos pudimos entrar o salir del edificio que se derrumbó, haber ido o no a esa cita con el dentista de la colonia Roma, haberla reservado con anticipación o cancelarla de último momento; tomar o no ese trabajo por el que tanto luchamos, que nos situó justo en el edificio que se cayó o precisamente al extremo opuesto de la ciudad; todos pudimos inscribir o no a nuestros hijos a esa escuela, haberlos tenido antes y que fueran más grandes o después y que aún estuvieran en edad de kínder; pudimos estar o no en ese café o restaurante. Todos tuvimos cinco minutos antes del temblor donde, sin saberlo, estábamos a punto de morir o podíamos salvar la vida. Pero eso no es posible y los muertos son arbitrarios.

 

@daliaperk

Close
Comentarios