Los activistas hooligans

No siempre lo que todo mundo hace es lo mejor, casi nunca, pero a veces lo que hace la mayoría es lo que funciona.

Leí a un filósofo interesantísimo, Byung-Chul Han, por recomendación en Facebook de mi querida poeta-escritora Julia Santibáñez, quien posteó un artículo del diario español El País y equiparaba la teoría de este filósofo con la de Gilles Lipovetsky en La era del vacío. El filósofo surcoreano plantea en impecable (creo) alemán que nos hemos auto tiranizado. Que entre más tiempo libre tenemos más víctimas somos de nuestro deseo de “auto realización”, de ser productivos. Esa es su hipótesis principal, además de lo ya conocido, que todo es conexión en línea y nada de comunicación de persona a persona. Que vivimos sin gestos, olor ni sabor. Que no aceptamos las diferencias.

Me impresionó la tesis de Byung-Chul Han porque conozco a varias personas que no se permiten el esparcimiento por el puro gusto, sin un objetivo o propósito. Me angustia. Considero que es válido tratar de aprovechar la vida al máximo y hacer lo más posible, “capitalizarla” de esta forma porque es corta, porque es una sola y hay gente que así es feliz. Lo que no se vale, creo, es esa auto prohibición de ocio, de disfrute sin “sentido de vida”, sin una meta mayor.

Inmediatamente le compartí el artículo a mis contactos más sesudos y a mi gente más querida, que no es por nada pero suelen ser los mismos.

Mi queridísima escritora-músico Ligia Urroz me respondió que el artículo estaba muy bueno, pero textual: “que no le gusta sentirse regañada”. Que le incomodaba la “postura de superioridad” del filósofo como “poseedor de la verdad”, que “le gusta Gilles Lipovetsky porque muestra y explica sin regañar, sin sentirse supremo, es más humilde”. Que prefería “su sabiduría humilde, buscando la transmisión de sus encuentros y asombros”.

Toing. Le dije que yo sí me dejé llevar por la pasión del artículo y ya iba a salir a la calle con pancartas, aunque también percibí un tufo de anarquismo que siempre es tentador pero mañoso, que ¡qué buen punto el suyo! Que luego hay pensadores, activistas bien hooligans. Que los más rudos e intransigentes que me han tocado fueron unos hippies en Isla Mujeres. Fui con una amiga en mi época de universitaria y nos hostigaron por no ser como ellos. Unos güevones, inútiles, echados en la playa, con delirio de superioridad, intolerantes, drogados -no es el tema y no es mi intención debatirlo-, que no aceptaban las diferencias. Es muy de perdedores ser anarquista y no tolerar a los demás, eso sí.

Lo debatí en clase de filosofía en el pasado. Cada uno de los filósofos habla como poseedor absoluto de la verdad, es la dialéctica, cada uno te dora la píldora, te marea y te persuade hasta que te convence. Son manipuladores, truculentos. Los intelectuales haciendo elogio de la razón como si fuera de la locura.

Y no es tan difícil. Digo, no me creo Sócrates ni Sartre pero lo hicimos en la carrera de periodismo, un ejercicio de “disonancia cognitiva”, escribiendo un editorial primero a favor o en contra de un tema, según fuera nuestra postura real y luego completamente al contrario tratando de convencer. Escribí sobre la pena de muerte, me acuerdo.

No siempre lo que todo mundo hace es lo mejor, casi nunca, pero a veces lo hace la mayoría porque es lo que funciona. Por muchos años usé el pelo cortísimo porque me gustaba tener un look diferente y original. Y ahora que ando de pelo largo y güera me chulean más que nunca. Me causó conflicto admitir que quería este look, el mismo que todas. Aunque sea bohemia e intelectual. Decidí que por un rato quiero no ser original y sí ser guapa y que a la mayoría le gusta este look porque favorece. Que yo también lo quiero, yo también lo merezco.

Lo mismo cuando me operé las chichis. Me sentí culpable porque yo era bohemia, hippie, natural. Pero somos polifacéticos, se vale mezclar de todo.

 

@daliaperk

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