Avísenle que sigo en Tenochtitlán

Cuatro historias dolorosamente realistas, sin melodrama ni maniqueísmo, pura realidad hecha ficción que rebota de vuelta en la realidad, producto de una trayectoria consistente de oficio periodístico, de observación aguda de Maurizio Guerrero.

Se aprecia, no me dejarán mentir, hallar en la literatura pasajes con los que nos identificamos, cuando leemos cosas que nos pasan o sentimos y las encontramos fielmente articuladas por escrito.

Ocurre con los cuatro cuentos que conforman Avísenle que sigo en Tenochtitlán, de Maurizio Guerrero (Nitro Press, 2017), sólo que en este caso nos dejan perplejos y abatidos, nada más lejos que agradecidos por identificarnos. Retratan los horrores cotidianos de México que presenciamos en las noticias o a la vuelta de la esquina si nos despojamos de la indiferencia.

Cuatro historias dolorosamente realistas, sin melodrama ni maniqueísmo, pura realidad hecha ficción que rebota de vuelta en la realidad, producto de una trayectoria consistente de oficio periodístico, de observación aguda de Maurizio Guerrero.

Estas ficciones dan cuenta de las diferencias irreconciliables entre el infinito de realidades que ocurren simultáneamente en ese territorio que obscenamente agrupamos en un conjunto denominado México, pero lo único que tiene de homogéneo es un perímetro que lo delimita.

Carlos, un reportero mexicano que vive en Estados Unidos es enviado a su patria después de muchos años de ausencia para hacer un reportaje sobre un político corrupto, un delincuente.

Llega a México en la escena de apertura del libro, un aterrizaje premonitorio de la barbarie: su vecino de asiento, un indígena aterrado por la travesía aérea, reza devotamente, en trance, marginado del progreso, eso sí bien conquistado, bien católico, bien amolado.

Inmerso en un problema familiar delicado y con la corrupción en el ADN como mexicano, el reportero tiene que poner a prueba sus principios.

México como una tentativa de recaída es el planteamiento del primer cuento que da título al libro.

El desafío de Carlos es su identidad mexicana. Vulnerable, no se distingue si porque se siente culpable de estar al otro lado, porque no merece ser feliz, porque se identifica con el paisano corrupto, porque no se identifica con el paisano corrupto y se siente en deuda con las víctimas de este mal nacional.

La historia transmite la angustia de trascenderse, el acecho de la recaída, la voz interna que dice: “estás condenado, no tienes remedio, ‘el que nace pa´ maceta no sale del corredor’, estás maldito, torcido, no te hagas ilusiones, vas a caer, te caes, te caes”.

El personaje tiene vértigo de adicto, ese miedo permanente si estás mal y pavor si estás bien.

En contrapeso, los personajes gringos no quedan bien parados. En búsqueda de la denuncia, Guerrero se abstiene de simplificar cualquier situación.

Dos flamantes alumnas de antropología que se quieren devorar el mundo viajan a Oaxaca en el segundo cuento. Tienen un interés reverencial por los rituales chamánicos con hongos, sin darse cuenta que su sacralización por estas costumbres “auténticas”, “indígenas” raya en la pedantería, en la curiosidad por lo exótico y delata cierta arrogancia que confunden con humildad y con una supuesta búsqueda de identidad que no tiene nada que ver con ellas, es más ni existe.

Su sensibilidad, como lo perciben ellas, las hace creer que suavizan las diferencias al acudir a esta celebración que asumen propia y así se sienten menos invasoras en nuestra tierra de desigualdades. El autor es incisivo en todo momento.

Estas ilusas universitarias aspiran a encontrar un lugar estacionado en el tiempo que se ajuste a los románticos rituales de sus libros de texto. Su expedición degenera en una decepción tras otra y la consiguiente crisis vocacional. Y existencial.

El cuento más almodovariano es el tercero. El melodrama no radica en su tono, que es sobrio y sin afectaciones, sino en la naturaleza grotesca de su protagonista, Esmeralda, un hombre prostituto vestido de mujer que trabaja de recepcionista en un hotel de Tijuana para una banda de falsos polleros que estafa a migrantes ilegales con la promesa de cruzarlos a Estados Unidos y los abandona en el camino, sin cruzar.

Enamorada de su jefe, se debate constantemente entre el bien y el mal.

En su ingenuidad, se hace la ilusión de que es posible redimirse, pero un ser marginal por donde se le vea como ella, maldita de nacimiento, no se puede dar el lujo de un dilema moral.

El destino de Esmeralda es corroborar que la miseria humana siempre puede empeorar.

Xochiaca, Estado de México, es el escenario y personaje de la última historia. Un territorio que surgió como vertedero de basura y paulatinamente se pobló en la improvisada urbanización que caracteriza a la caótica Ciudad de México y su periferia.

Ahí, la acción transcurre en un prostíbulo de lo más decadente, “un congal”, mientras un diluvio apocalíptico (evocador de la Biblia) amenaza con desgajar este imperio de mugre, como diría Trent Reznor (y después Johnny Cash). El resentimiento social aflora cuando los del segundo piso impiden subir a los de abajo (así metafóricamente como la novela de Mariano Azuela) para salvarse de la inundación literalmente de mierda dentro del establecimiento de perdición y además en este poblado regularmente asolado por crueles sequías.

De imágenes vívidas, esta es la más gráfica de las cuatro historias, se puede visualizar cinematográficamente. Incluye un linchamiento donde con lujo de rencor “hacen pasta” al estilo del filme Irreversible (Gaspar Noé, 2002) a un despreciable personaje. El escenario reúne también a la basura de la sociedad: borrachos, prostitutas, apostadores -un toque maestro, los vicios de los personajes y sus situaciones desesperadas siempre presentes-, autoridades corruptas, jefes prepotentes y empleados resentidos. Para hacer más desolador el panorama, aparece un niño condenado a la misma suerte: la ausencia de porvenir. A este niño, en un gesto anti heroico, el narrador le quiere hacer un bien y le hace un mal, como es tan común en la vida real. Otro recordatorio de que no hay salvación.

En esta obra se da la voz a los marginados que abundan en un país como el nuestro, marcado por la desigualdad.

Su autor, Maurizio Guerrero, es licenciado en periodismo con 20 años de experiencia, los 10 más recientes como corresponsal de Notimex en Nueva York. Fue ganador del Premio Nacional de Cuento “Efrén Hernández” con su libro Los cojos, becario de The Washington Post en el Woodrow Wilson Center y también de la Thomson Foundation, con la que se especializó en medios impresos en Cardiff, Gales.

Paradójicamente, desaconseja estudiar periodismo, opina que hay que especializarse en otras disciplinas, como sugiriendo que el periodismo es técnica y lo que se debe acumular son conocimientos, marcos teóricos.

Como sea, es un profesional con muchas credenciales y en su más reciente trabajo literario, Avísenle que sigo en Tenochtitlán, se notan.

 

@DaliaPerk

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