A mi Pasajera en trance, América Pacheco

Si somos seres mutantes, somos siendo. Nos probamos en diferentes escenarios para calibrar nuestro potencial.

América amiga:

Has estrenado tu primera obra literaria, Pasajera en trance. Una oda al viaje, a las aventuras. Has entrado por la puerta grande al género de carretera, mi favorito. El viaje al exterior como vehículo de introspección. La itinerancia para el auto conocimiento.

El distanciamiento de nuestro entorno, costumbres, de lo que nos determina por fuera, la anulación del “deber ser” para hallar la propia naturaleza, desprovista de creencias e imposiciones. No la esencia, cuál esencia, odio la esencia, si somos seres mutantes, somos siendo. Nos probamos en diferentes escenarios para calibrar nuestro potencial, eso sí.

En tus 13 crónicas íntimas de viaje y un epílogo —tu tristísimo viaje iniciático a los tres años— me hiciste transitar (olvídate de los paisajes que describes y se hacen agua a la boca) por el amor, el desamor, el arte, la caligrafía, la infancia, la paternidad, la adopción, la fragilidad de la vida, el azar, el temor a lo desconocido, el salto de fe, la admiración a nuestros ídolos, el talento, la vocación, la liberación de la esclavitud, la familia, la pérdida de la inocencia, eros, tánatos, la vida, la muerte.

Abordas los viajes no como metáfora sino como exacerbación de la vida. Y es que en los viajes se exacerba la vida. Con decirte que mi marido me tiene amenazada (desde hace 18 años que me conoce) con prohibirme que viaje, porque cada que regreso me deprimo seriamente.

Cuando uno está de viaje cree que lo puede todo, se está “high”, no en vano se habla “del viaje” (bueno o malo) bajo el efecto de las drogas, porque uno de viaje está intoxicado, “puesto”, adquiere súper poderes.

Escribes en poesía chusca –si existe el género y si no, lo inventaste–, eres profunda como toda obra de poesía o comedia de calidad. Me conmoviste, me identifiqué en muchos momentos, me carcajeé. “El aspecto de echado a perder” de Rafa. Me carcajeo ahora mismo mientras te cito.

Cuando se está de viaje hay que tener suerte para toparse con las cosas que a ti te pasan, pero se necesita cultura y sensibilidad para reconocer y apreciar esos guiños que tú conviertes en acontecimientos. Se requiere tu curiosidad, tu apetito, tu pulsión para capitalizarlos.

Cada día me convenzo más de que el aprendizaje significativo está en el campo, pero no porque sea fuera de google, sino porque el aprendizaje sólo lo haces tuyo –lo aprehendes– cuando es vivencial, tangible, cuando por medio de los sentidos lo incorporas a tu memoria corporal y por lo tanto también a tu mente como experiencia (probada).

Sócrates ya lo decía. No había de otra, el conocimiento se construye, no se presencia. Y se construye en la interacción: el diálogo con las personas y el medio ambiente. (Bueno él lo decía diferente, con muchas y muy sabias palabras). Y si le varías a los entornos, mejor.

Ya luego el cachondeo virtual que sigue a esos encuentros —asunto que abordas en tu libro— ese sí vale, cuenta como vivencial porque evoca, recrea, completa y continúa estos vínculos reales y además perpetua la promesa del regreso.

Con emoción decimos “yo estuve ahí” cuando reconocemos un lugar lejano en una película, ilusamente nos familiarizamos con él. Incluso cuando vuelves a un lugar después de haber pasado sólo unas horas ahí, ya es un viejo conocido. Aquí guiñaste un ojo, allá tomaste un café o una tarta, entablaste un diálogo. Tú te dejas impactar superlativamente e impactas los territorios que visitas en un proceso interminable de mutua transformación.

“Cada capítulo creció por sí mismo en una historia grande y mutable. Esos 13 capítulos siguen construyendo mi historia”, me dijiste al entregarme Pasajera en trance, tu primogénita.

Un paréntesis para dirigirme al respetable público lector:

Son historias vivas. Parecen postales fijas, pasajes concretos, pero ya publicados siguen evolucionando y se resignifican en la vida de la autora.

Son crónicas raíz y fruto. Y semilla en potencia. Una reflexión que obtuve del libro y me pareció fascinante. Algo más que agradecerle.

Desarrollo. A estas crónicas redondas, América les dio estructura, un principio y final, que es lo que hace la literatura, alinear los hechos que en la vida real se traslapan, pero no dejan de ser fragmentos, pasajes que capturó para nosotros los lectores de historias que evolucionarán con ella de por vida según su interacción con el medio –personajes y lugares reales– en secuelas que ya no nos tocará leer, pero serán.

Como en las tragedias griegas que leíamos los antecedentes de los personajes, el parentesco entre hombres y dioses, las fechorías previas que le daban contexto a la obra. Procedíamos a leer la tragedia, la acción dramática con su clímax y desenlace y ya no nos enterábamos de las secuelas porque se terminaba. Pero las hay. A toda acción corresponde una reacción y esta pasajera está en movimiento.

Vuelvo a América:

Cuando te conocí, pensé que eras una escritora experimentada, pero ahora que leo Pasajera en trance me doy cuenta de que estabas haciendo tus pininos. Eres una natural. Recuerdo de entonces tu cobertura casi en vivo de la muerte de Malcolm McLaren-ai-nomás; tu reseña de la exposición de David Lynch en Dinamarca; el reportaje sobre Sépànd Danesh; la tertulia sobre Florence Cassez que protagonizaste en la mejor fiesta parisina de la noche, qué joya surrealista.

Al detonador y artífice —bendito él— de tu carrera como escritora, personaje real y título del primer capítulo, Christophe, lo conociste el mismo año que yo a ti, en 2009.

Hasta recibí unos dulces de uno de esos viajes que ahora has inmortalizado en tu libro. Incluso entonces planeamos ir juntas a Israel, cosa que desafortunadamente no hemos hecho, porque a juzjar por tu libro ha de ser muy divertido viajar contigo.

Desde que te conocí y hasta la fecha me han llamado la atención especialmente dos características tuyas, tu talento para escribir y tu facilidad para hacer relaciones públicas. Dos ejes medulares de tu Pasajera en trance.

Un día me reclamaste que te abandoné en el mundo de las planas porque me operé las chichis. Te dije “opérate, cuesta lo de uno de tus viajes. Ahórrate uno y te operas” y respingaste que “Ni loca, prefiero viaje”.

Con esta indiscreción quiero establecer que viajar es tu prioridad, tu vida y si para eso te ventaneo he de ventilar también que eres poseedora de las mejores piernas, no lo digo yo, es sabido, mírate nomás. Una persona que con una sonrisa tiene el mundo a sus pies, barra libre, conversación y la mesa que más aplauda dondequiera que vaya. Ésa no se la invitan, esa la invita ella a sus acompañantes.

Esa niña que fuiste a los tres años, cuyo primer viaje fue tan doloroso estaría maravillada de platicar contigo, de escuchar tus travesías y hazañas. Le fascinaría ser tú.

FIN.

Recuérdame contarte:

Tuve un padrino, mentor gay en Londres también.

Tu Copenhagen me recuerda a Estocolmo. Qué (primer) mundo tan ajeno al nuestro, la civilidad, el buen uso de los altísimos impuestos, el respeto al derecho ajeno.

Yo también tengo un talento nato para toparme con portentos humanos.

Yo también tengo la brújula atrofiada, pero no se me compone en los viajes como a ti.

Oscar Wilde, hermani. Lo entrevisté en la universidad. Entrando a la carrera de periodismo tuvimos que hacer una entrevista apócrifa a una personalidad muerta, basada en el conocimiento de su vida y obra. Yo lo entrevisté a él. Nuestro ídolo.

Me recordaste a mi esposo y a mí en Pere Lachaise buscando en las tumbas apellidos que nos sonaran a platillos y postres tipo Eclaire. Llegamos en metro y pidiendo instrucciones desde luego a los pobres parisinos.

Recuérdame platicar mucho contigo. Así inquieta y dando saltitos de euforia como El Chavo del Ocho me deja tu libro.

@daliaperk

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