#timesup Ni que fuéramos frígidas

Ahora ya no se puede coquetear, uno de los pocos placeres que nos quedaban a la civilización occidental. Qué nos dejan a los casados sin el súperpoder de sabernos deseados a veces. Los que buscan pareja ni se diga, están al borde del delito a cada paso.

“¿Qué será de nosotros, pájaros, hombres y mujeres, si triunfa la mediocridad y sólo queda un sexo intermedio, sin amigos ni amantes?”.

Virginia Woolf

 

Una amiga desde Madrid mandó una foto a un chat de varias de nosotras; era un cartel en la parada del camión que decía “No es no” y abajo explicaba que cuando una mujer dice “no” hay que respetarla.

“Y sí es sí, tampoco somos frígidas”, contesté, pero no agradó mi comentario.

Ayer leí este epígrafe de Virginia Woolf (al inicio) y me remitió a los tiempos que vivimos de evitar el contacto en la euforia por sobreproteger a la mujer que surgió con el movimiento #metoo a raíz de tantos abusos sexuales que salieron a la luz en Hollywood.

Virginia Woolf, una feminista que sí hizo historia conquistando verdaderas hazañas y no vistiendo de negro en una gala como protesta o tuiteando #metoo o #timesup desde el sofá.

Ahora ya no se puede coquetear, uno de los pocos placeres que nos quedaban a la civilización occidental. Qué nos dejan a los casados sin el súperpoder de sabernos deseados a veces. Los que buscan pareja ni se diga, están al borde del delito a cada paso. Los orientales se cuecen aparte, están más evolucionados. Los japoneses nos dan 18 vueltas en materia de perversiones o al menos en cine sobre perversiones, para muestra bastan unos botones: Los pornógrafos, de Shohei Imamura (1966); El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima (1976). No me pronuncio a favor de las perversiones, pero hay que conocer de primera mano, que no nos cuenten.

Como no se puede rozar, sólo se puede violar. Es como el macho mexicano que describe Octavio Paz que no ha logrado alinear en una a la mujer puta y a la madre acomedida, la primera es para coger y la segunda es la figura nutricia, inmaculada. Así pues, medio coquetear, medio ligar o violar, sin nada intermedio. Paso. A eso nos conduce la corrección política. Qué triunfo.

No vaya a besar la madre a su hijito con la misma boca que hace una felación, ni vaya a guisar para la familia con esas manos cochinas que dan placer.

Ya resultó que Asia Argento, una celebridad activista del #metoo, tiene una acusación de violación a un menor porque, ¡sorpresa!, sí le gusta el sexo, y los muchachos. Pues claro, cómo culparla.

Desde luego no defendemos el abuso, pero tampoco la mojigatez.

No me parece que por el hecho de ser hombre seas culpable si te acusan. A mi amigo más escandalosamente gay –no porque sea una caricatura sino por el alarde que hace reiteradamente de cuánto le gusta el pene– Wenceslao Bruciaga, lo acusó de acoso en el metro una señora que créanme no le interesaba. ¿Saben cuál fue su recurso desesperado para defenderse ante la policía? Enseñó su video porno haciéndole sexo oral a un galán para probar que es gay y que no se restregó lascivamente con la señora. Eso sí, como venganza les hizo chutárselo completo al poli y a la ñora por buscapleitos.

Tampoco me parece que culpen a la víctima violada por salir a divertirse. Difiero desde luego de que “merezca” violación y homicidio por tomarse unos tragos, salir tarde o de minifalda.

Por lo general, una mujer sabe hasta dónde, dicen la Catherine Deneuve y sus amigas las intelectuales francesas en su manifiesto contra el #metoo (¡léanlo!), claro ella es ella e intimida, somete, no todos somos LA Bella de día y además Europa es otro rollo también, tantito menos hipócrita, otra mentalidad. Pero come on, ¿ni rozarnos? Muera la corrección política, es de lo peor que ha traído el siglo XXI.

 

@daliaperk

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