Darse cuenta del apetito

He tenido que reeducarme a escuchar las señales de mi cuerpo, a complacerlo y a confiar en mi intuición, que si realmente obedezco las señales de mi cuerpo sin comer lechuga cuando quiero pastel ni pastel cuando quiero lechuga, mi cuerpo hallará su punto de equilibrio y mi peso se va a ajustar al ideal para mí.

En la primaria empecé a hacer dietas sin éxito presionada por mi papá, que me consideraba gorda. Yo creo que mis intentos de dieta iniciaron antes, pero si no a partir de 4º de primaria los recuerdo con certeza. Mi papá era comedor compulsivo y se la pasaba subiendo y bajando de peso, con el nutriólogo de moda, uno tras otro, y empezó a llevarme a consulta con él. Obviamente yo fracasaba en todos los intentos de dieta y entonces sí empecé a obsesionarme con la comida (por las prohibiciones) y a subir de peso.

Finalmente, en 1º de secundaria sí seguí al pie de la letra la dieta de la nutrióloga en turno y bajé mi sobrepeso. Empoderadísima por el reconocimiento de mi entorno, por mi delgadez y porque me probé que sí pude, seguí perdiendo peso y no me pude detener, cada vez comía menos y terminé internada con anorexia a los 13 años por seguir adelgazando cuando ya estaba en los huesos.

(Aquí un paréntesis:

Dejar de comer es una forma de protegerte de tu apetito voraz. Más o menos así: ves la carta de un restaurante y quieres wafles, hot cakes, bisquets, quesadillas y nachos, entonces pides el plato de verduras y te lo comes con limón y chile piquín, SIN chamoy, porque el chamoy tiene azúcar y el azúcar engorda.

Así vas dejando cada vez más alimentos, porque equiparas el poquito de azúcar del chamoy con los wafles con hot cakes, quesadilla y nachos. Al rato no usas ni una cucharadita de miel para endulzar tu pan porque le temes a los hot cakes con bisquets, quesadilla y nachos y lo siguiente es que estás viendo una película sin conseguir concentrarte porque no sabes si te conviene cenar la media toronja o la taza de sandía. Todo porque sabes lo que eres capaz de devorar. Lo siguiente es que ya estás indecisa si la única vez al día que comes escoges un huevo duro, un yogurt, una manzana o 50 gramos de queso panela, necesitas asegurarte de elegir la opción con menos calorías).

Desde el internamiento (y la dada de alta) por anorexia hasta la fecha he pasado por muchas modalidades de trastornos de alimentación: comer compulsivo, anorexia de nuevo, ejercicio purgativo, abuso de laxantes y una etapa breve de vomitar después de atascarme de comida, nunca fui muy buena para vomitar. Afortunadamente llevo como 15 años controlada.

Desde hace 15 años hasta la fecha ha sido un proceso de reconexión con mis señales de hambre, de saciedad, de aumento o déficit de energía, con mis antojos, mis apetitos, con las sensaciones corporales que se relacionan con la alimentación, porque por muchísimos años me desconecté de mis necesidades fisiológicas y sólo estuve atascándome cuando sabía que venía la restricción aun sin tener hambre o antojo, o comiendo verduras cuando se me antojaba algo sustancioso por temor a engordar; atiborrándome por remordimiento de haber comido un bocado de más y pensar que ya había perdido el control por completo o haciendo dietas y ayunos tan difíciles de sostener que luego desencadenaban nuevos atracones y nuevos ayunos más crueles y mayor descontrol que hacía mi vida miserable.

He tenido que reeducarme a escuchar las señales de mi cuerpo, a complacerlo y a confiar en mi sabiduría organísmica o intuición, que si realmente obedezco las señales de mi cuerpo sin comer lechuga cuando quiero pastel ni pastel cuando quiero lechuga, mi cuerpo hallará su punto de equilibrio y mi peso se va a ajustar al ideal para mí. Había perdido el contacto con mis señales fisiológicas y he tenido que aprender a darme cuenta.

Me he dado cuenta de que llevo 30 años jurando que amo los postres, y sí, pero que antes de hacer mi primera dieta me gustaba mucho más la comida salada, mas me obsesioné con lo dulce a raíz de la restricción. (En los 80 que empecé con las dietas no había postres bajos en calorías. Era fruta o refresco light. De postre tomaba coca de dieta).

Me he dado cuenta que si tengo antojo de una sopa de tortilla o una pasta súper cremosa me la puedo comer y no voy a perder el control, porque luego mi cuerpo me va a pedir sopa de verduras y pechuga asada, según lo que necesite; me he dado cuenta que si aprendo a escuchar y a confiar en mi cuerpo, él me va a hablar con toda honestidad.

Ahora puedo comerme un bocado de más para probar el pastel o las galletas que hicieron mis hijas aunque ya me haya terminado todas las calorías (que ya no cuento) del día y no tenga hambre, o simplemente por gula, porque la comida está deliciosa, sin castigarme luego atascándome por una semana porque “ya la regué” y no tengo remedio. Me he vuelto flexible, porque la rigidez me llevó a la mentalidad de 100%: o 100 % bien (la dieta perfecta) o 100 % mal (la franca recaída), pero nada intermedio. Me he adaptado a los matices.

He aprendido a comer hasta sentirme satisfecha sin necesidad de atascarme porque renuncié a las dietas y sé que si mañana o al rato quiero un poco más me lo puedo comer y no va a estar prohibido, así que no tengo que acabarme hoy las reservas mundiales de ese alimento.

Una amiga de mi mamá que siempre ha batallado con el sobrepeso me preguntó que cómo le hago para medirme. “Es que amo comer”, le dije, “por eso me controlo, porque el día de mañana no quiero quitame alimentos para purgar mis excesos. Es por mi amor a la comida que no la devoro”.

Ha sido un proceso de darme cuenta en mi acercamiento específico a la comida en lo cotidiano y en mi abordaje de la alimentación en lo general.

 

@daliaperk

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