La mujer que esperaba

La novela narra la historia de una mujer, de la extinta Unión Soviética, que espera 30 años a que su esposo regrese de la guerra. A sus 45 años, y aún en la espera, conoce a un joven narrador de 26 años. Comienzan un romance; él descubre que el esposo de ella no murió pero guarda el secreto.

La mujer que esperaba

Andreï Makine

Editorial Tusquets

México, 2006

pp. 176

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Andreï Makine (Krasnoyarsk, 1957), es un ruso que emigró a Francia en 1987, cuando tenía 30 años, y sus obras las escribe en francés, pero la mayoría de sus temas están relacionados con su país natal. En 1995 recibe los premios Goncourt y Médicis por El testamento francés.

En La mujer que espera un joven de 26 años llega a Mirnoie, un pequeño pueblo junto al mar Blanco al Norte de la todavía Unión Soviética, habitado solo por personas mayores. Él vive en Leningrado y lo han mandado a esa remota región, para que escriba un texto sobre las costumbres y tradiciones, que todavía sobreviven y están por perderse. Pretende que su relato sea una sátira en contra del régimen soviético.

Es el otoño de 1975, al llegar a Mirnoie se encuentra con la historia de Vera que, en 1945, a los 16 años, se casa con un joven de 18 al que mandan, como otros muchos, al frente de guerra. Han pasado 30 años y ella sigue esperando que regrese. El joven escritor, que es el narrador de la novela, queda fascinado con Vera. Pasan los días y la admiración por ella crece.

Vera, que ahora tiene 45 años, se encarga en el pueblo de las ancianas cuyos maridos nunca regresaron de la guerra. Ella las cuida y las entierra cuando mueren. Es también profesora en una escuela de un pueblo a 10 kilómetros de donde vive. El narrador se involucra en algunas de las acciones de Vera, para ayudar a las ancianas.

A él, en la medida que conoce la historia de la gente, se le hace cada vez más difícil construir un texto satírico para publicar en los nuevos espacios que se han abierto en la Unión Soviética. Lo que ve son pueblos abandonados porque la gente se ha ido en búsqueda de una mejor situación de vida. Quedan solo ancianas viudas que hablan de sus maridos y de sus hijos perdidos en la Gran Guerra.

Vera cuenta al joven que estudió literatura en Leningrado donde se le abrieron oportunidades, pero tomó la decisión de regresar a Mirnoie para hacerse cargo de las ancianas. Si ella no lo hace nadie las va a cuidar y morirán solas. Al narrador le cuesta entender que ella haya rechazado el mundo que se le abría y optara, solo por solidaridad, regresar al lugar del que había salido.

El narrador, un día que no está Vera, recibe la visita de la anciana Zoïe que le muestra unos periódicos de Moscú donde sale un funcionario con un importante cargo en el Partido Comunista. Ese hombre es el joven esposo de Vera que se fue a la guerra. No murió y de regreso del frente, tratado como héroe, decide no volver a Mirnoie. No se va a encerrar en un pueblo donde no tiene ninguna oportunidad y sí aprovecha las oportunidades que el régimen le ofrece.

Vera y el narrador, se llevan 20 años, tienen relaciones sexuales una noche después de la cena. Los dos lo disfrutan y lo vuelven a hacer. El joven se imagina que ha cometido un error y a su cabeza viene la idea de que ella se ha enamorado de él y no lo dejará salir del pueblo o lo irá a buscar a Leningrado.

Una madrugada decide huir sin despedirse y en la fuga se encuentra con Vera que está a punto de abordar una barca, para ir a dejar una cruz en la tumba de una de las ancianas. Él se siente atraído y se embarca con ella. Sigue en su cabeza construyendo historias y fantasías de la posible reacción de Vera.

Al regreso, una vez que han colocado la cruz, atraviesan el lago por un camino que el joven no conoce. De pronto topan con un muelle. Ella, entonces, le dice que el pueblo está muy cerca y desde aquí podrá tomar el tren para Leningrado. Se despiden. Cada quien toma caminos distintos. Ella y él, cada uno, seguirán en lo suyo.

En la novela el paisaje, la noche, el amanecer, la lluvia, el frío y la nieve, en entorno donde se desarrolla la historia, es el tercer gran protagonista a más de Vera y el narrador. Está también siempre presente, en el fondo, la historia del proceso de la colectivización del campo en la Unión Soviética.

“Las colectivizaciones, dice Makine, destruyeron la agricultura y los campesinos. Hoy son muy pocos los que siguen viviendo allí. Hay que recordar que los koljoses, la colectivización de la tierra, supuso que quienes la cultivaban no pudieran salir del pueblo sin un visado del comisario político. Eran prisioneros y esclavos, no podían moverse y tenían que trabajar gratis. El resultado fue una brutal caída de la producción y, hoy, el despoblamiento de zonas que, en Canadá, están habitadas”. (Entrevista de Octavi Marti, El País, Bebelia, 30.12.2006)

Y añade “quienes descubrieron la existencia del Gulag no fueron los disidentes, sino los economistas estadounidenses. ¡El precio de las materias primas soviéticas sólo podía explicarse si una parte del trabajo para conseguirlas no era remunerado! Gorbachov, como Jruschov, pretendía que fue Stalin quien pervirtió la idea de Lenin, pero en 1918 Lenin ya habla de campos de concentración. ¡Quería nuestra felicidad! Todos aquellos que quieren hacernos felices son siempre criminales”

El autor de su personaje central en esta novela dice que “¿para ser feliz hay que tener un sistema social idóneo? ¿Acaso la gente no nos enamorábamos bajo el comunismo? ¿O bajo el franquismo? Vera, mi protagonista, es alguien que construye alrededor de su entorno un microcosmos, independiente. Le basta con sus manos y sus sentimientos. Con su capacidad de amor”.

En la Rusia de hoy la discusión sobre tener lo mejor de los dos mundos, la protección del Estado socialista y gozar de las oportunidades del capitalismo, no es algo que preocupa al personaje de esta novela. “Ese tipo de razonamiento, dice Makine, haría parecer a Vera como idiota, como alguien que ha renunciado a su puesto de profesora en Leningrado para ocuparse de las ancianas que malviven en las aldeas casi abandonadas de la zona entre Leningrado y el mar Blanco. ¿Era más importante dar clases de lingüística? ¿El sueldo es determinante en el valor de una vida? Vera elige vivir ahí, en esa zona de grandes bosques, casi deshabitada, de una belleza extrema. ¿Se equivoca? ¿Respecto a qué parámetros?”.

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Andreï Makine (Krasnoyarsk, URSS, 1957). Se doctoró en letras por la Universidad de Moscú con una tesis sobre la literatura francesa. Enseña filosofía en Nóvgorod. Fue profesor de francés, lengua que aprendió de su abuela materna. En 1987 solicitó asilo político en Francia, consiguió la nacionalidad y adoptó la lengua francesa, para escribir. Después de varios rechazos editoriales, publicó sus dos primeras novelas haciendo creer que eran traducciones del ruso. Está considerado uno de los novelistas franceses más originales. Desde 2016 es miembro de la Academia Francesa.

Sus obras: La Fille d’un héros de l’Union soviétique (1990); Confession d’un porte-drapeau déchu (1992); Au temps du fleuve Amour (1994); Le Testament français (1995) / El testamento francés (1996); Le Crime d’Olga Arbélina (1998) / El crimen de Olga Arbélina (2001); Requiem pour l’Est, (2000) / Réquiem por el Este (2007); La Musique d’une vie (2001) / La música de una vida (2002); La Terre et le ciel de Jacques Dorme (2003) / Entre el cielo y la tierra (2005); La Femme qui attendait (2004) / La mujer que esperaba (2006); Cette France qu’on oublie d’aimer (2006); L’Amour humain (2006); Le Monde selon Gabriel (2007); La Vie d’un homme inconnu (2009); Le Livre des brèves amours éternelles (2011); Une femme aimée (2013).

 

@RubenAguilar 

 

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