Monseñor Romero, mártir

Óscar Arnulfo Romero fue asesinado cuando oficiaba misa en El Salvador por un grupo militar fascista. Durante su carrera sacerdotal se definió en contra de la violencia y asumió la denuncia de los represores. Eso le costó la vida.

El próximo domingo 14 de octubre, la Iglesia declara a Óscar Arnulfo Romero (1917-1980) como santo. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado mientras celebraba misa en la capilla de un pequeño hospital en San Salvador, la capital de El Salvador.

Roberto D’Aubuisson (1944-1992), un militar fascista fundador del partido ARENA, fue el autor intelectual del crimen. La Comisión de la Verdad para El Salvador (1992-1993), que se crea a la firma de los acuerdos de paz en 1992, entre el gobierno y la guerrilla, concluye que “existe evidencia de que el exmayor dio la orden de asesinar al arzobispo e instrucciones a su entorno de seguridad de organizar y supervisar el asesinato”.

En 1970 Romero fue nombrado obispo y en 1977 arzobispo de San Salvador. El asesinato ocurre como una reacción de la ultraderecha fascista, con apoyo del gobierno, por el compromiso del obispo con los pobres, pero sobre todo por su denuncia a la represión de los cuerpos de seguridad en contra de la población.

Los domingos en la homilía de la misa dominical señalaba los asesinatos y las matanzas perpetrados por el Ejército y la Guardia Nacional y pedía siempre que se pusiera fin a la violencia.

Cuando monseñor Romero asume ser el arzobispo de San Salvador era un sacerdote conservador y mantenía una buena relación con el gobierno. En su misión de pastor tuvo la sensibilidad de ver cómo el gobierno, ante el creciente descontento popular, elevaba los niveles de represión en contra de las organizaciones populares y la población.

Al solo llegar al arzobispado Monseñor vive un intenso proceso de transformación. En el mismo resulta fundamental el asesinato del jesuita Rutilio Grande (1928-1977), amigo personal del arzobispo, en marzo de 1977 en Aguilares, una pequeña población campesina de la que era párroco.

Monseñor entendió bien que si la derecha fascista, con el aval del gobierno, estaba dispuesta a asesinar a un hombre como el padre Grande, comprometido con sus fieles, lo iba a hacer con cualquiera que manifestara su descontento con la situación que se vivía en El Salvador.

A partir del asesinato del padre Grande, cuyo único delito era estar cercano a los pobres, monseñor Romero cambió el contenido de su predicación. Se definió en contra de la violencia y asumió la denuncia de los represores. Eso le costó la vida. Sabía que lo podían matar, pero no se dejó amedrentar ante las constantes amenazas y un intento fracasado de matarlo.

Hasta el día de su asesinato siguió haciendo lo que pensaba era lo que Dios le pedía. El martirio de Romero es por su congruencia, por su fidelidad a su Dios y por una inmensa  valentía. En su diario personal reconoce el miedo a ser asesinado, pero también la necesidad imperiosa de denunciar la represión y la violencia contra el pueblo.

 

@RubenAguilar

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