De un colaborador de monseñor Romero

Como el buen samaritano, monseñor Romero supo detenerse, escuchar y responder al creciente clamor de su pueblo sin darle la vuelta ni buscar componendas, se dejó guiar por él, fue solidario con él hasta las últimas consecuencias.

Por: Rafael Moreno Villa, S.J.

El jesuita mexicano Rafael Moreno Villa trabajó de cerca con el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, que días atrás la Iglesia lo reconoció como santo. Él mandó a sus amigos algunas reflexiones sobre ese acontecimiento. Se las comparto de manera íntegra. Es un testimonio de alguien que vivió la represión y la guerra en El Salvador.

Ve y haz tú lo mismo”.

(Lc.10, 37)

Las mociones que me suscitó la canonización de Monseñor Romero

Varias personas que saben que fui secretario de asuntos sociales de Monseñor Romero y pude estar presente en su canonización me han pedido que les comparta cuál fue el impacto que me generó.

Describir todo lo que significó para mí esta ceremonia tan solemne, sinceramente me parece imposible. No hay palabras que puedan expresar una experiencia tan inolvidable, plenificante, motivante, desafiante, inspiradora, derivada no solo del haber estado ahí en el preciso momento en que el Papa pronunció la fórmula de su canonización.

No obstante voy a tratar de hacer una breve enumeración de los sentimientos que me generó.

El escenario

El hecho que la ceremonia haya sido en la plaza de San Pedro en el Vaticano, en medio de la Roma eterna, durante el sínodo de la juventud, transmitida a casi todo el mundo, presidida por un Papa latinoamericano, jesuita, que celebró la misa en latín y predicó en italiano, ante más de 700 obispos y una multitud procedente de todos los continentes que incluía a miles de salvadoreños y salvadoreñas, un hermano de Monseñor, cuatro de los seis sobrevivientes de sus colaboradores más cercanos, varios de sus amigos, asesores y apoyos que tuvo en el país y en el extranjero, los promotores de su canonización, el Presidente de la República de El Salvador que es un excomandante de la guerrilla que luchó contra el Gobierno opresor de aquella época, fue un escenario que me ayudó a hacer presente el pasado y el futuro, la humanidad entera y a cada una de las personas que conozco tanto vivas como difuntas, las numerosas víctimas de entonces y de hoy, a tantos otros luchadores y luchadoras de la justicia y de la verdad. Hizo, en pocas palabras más trascendente, compleja y rica la vivencia de su canonización.

Las mociones

Todo se sintetiza en una enorme consolación que incluyó:

Una profunda gratitud por haber tenido el privilegio de conocerlo personalmente, de haber trabajado con Él, haberlo apoyado, tratado cercanamente, y por haber tenido también el privilegio de ser testigo de su exaltación.

La certeza de que la canonización de Mons. Romero, como la Resurrección de Jesús, ha sido la acción de Dios que reivindica su persona, su mensaje, su modo de proceder, dignifica a las demás víctimas de la injusticia, lo proyecta para siempre no sólo como San Romero de América, sino como San Romero del mundo, y nos llama a escucharlo.

Una mayor admiración y cariño por Mons. Romero por haber sido capaz, con la gracia de Dios, de despojarse de sus seguridades y cambiar su modo de proceder a los 60 años de edad; de ser firme, radical y perseverante en su entrega incondicional a los empobrecidos-as y a las víctimas, no obstante su timidez, inseguridad, fragilidad, inestabilidad, indecisión personal; de haberse mantenido fiel a la Iglesia a pesar de la incomprensión, la calumnia, la agresión de la mayoría de sus hermanos obispos y algunos altos dignatarios del Vaticano; de adelantarse a su época siendo un excelente comunicador no solo por ser un buen orador y escritor sino también por haber valorado la importancia de la radio, la prensa, las entrevistas a los corresponsales extranjeros; de combatir la violencia con amor, de promover la reconciliación, sin diluir la demanda de  justicia.

La convicción de que todo ello supuso un enorme esfuerzo de Monseñor que resultó fructuoso porque, como el buen samaritano, supo detenerse, escuchar y responder al creciente clamor de su pueblo sin darle la vuelta ni buscar componendas, se dejó guiar por él, fue solidario con él hasta las últimas consecuencias; porque al mismo tiempo aprendió a confiar en Dios como su Principio y Fundamento, a seguir a Jesús como su Camino, Verdad y Vida, a ser fiel a su lema episcopal de sentir con la Iglesia y practicar el discernimiento ignaciano.

Un fuerte llamado a profundizar más en la vida y el mensaje de Mons. Romero para mejor entenderlo y darlo a conocer.

Una clara advertencia de que la figura de Monseñor seguirá siendo controversial: habrá quienes transmitan fielmente su memoria, pero también quienes quieran sepultarla, minimizarla, distorsionarla, acapararla, aprovecharla para promoverse a sí mismos.

La misión de presentarlo como “Obispo-Mártir, Pastor según el corazón de Cristo, Evangelizador y padre de los pobres, Testigo heroico del Reino de Dios, Reino de justicia, fraternidad y paz”, invitando a “quienes tengan a Monseñor Romero como amigo en la fe, quienes lo invoquen como protector e intercesor, quienes admiren su figura, a que encuentren en Él fuerza y ánimo para construir el Reino de Dios, para comprometerse por un orden social equitativo y digno”.

La invitación con la que Jesús termina la parábola del buen samaritano: “Ve y haz tú lo mismo”

El compromiso de tratar de hacerlo

Debo finalmente confesar que al mismo tiempo me sentí dividido: por una parte, gocé la canonización; por otra, añoré haber estado celebrándola al lado del pueblo salvadoreño en el hospitalito donde lo asesinaron o en la Plaza Gerardo Barrios en San Salvador.

14 de octubre de 2018.

 

@RubenAguilar

Close
Comentarios