En Nueva York se regalan pianos

Es muy extraño cómo la gente en New York anda regalando un instrumento musical de estas magnitudes, pero no computadoras o despensas o bicicletas.

“Prácticamente estoy regalando un piano que funciona muy bien. El banco viene incluido. Está en buenas condiciones. Mi hijo, para quien fue adquirido, perdió el deseo de tocarlo y solo deseamos regalarlo”.

Este lacónico mensaje pertenece a un habitante del barrio de Boerum Hill, en Brooklyn, quien lo subió a la página vecinal Next Door donde los participantes venden o regalan cosas, pero también se quejan por fiestas ruidosas o buscan hogares calientitos a gatos abandonados.

El señor Scott, desilusionado de su vástago al que seguro soñó como un gran concertista, no es el único que se quiere deshacer de un piano en su caso aceptando la irrisoria cantidad de 10 dólares (inició pidiendo 50 pero como nadie se ha animado…). Una tal Miss De Forest regala un Baldwin “con todo y banco”, aclarando que “su único dueño es un músico”. O sea que calado debe estar así que el interesado nada más debe llegar con su mudanza a la zona de Brighton Beach, sacarlo de la casa de la señora y buscarle espacio en la propia para presentarlo como la máxima atracción de la temporada.

En este mismo sitio, Next Door punto com, aparte de los dos o tres regalados, hay otras ofertas de pianos cortos que uno puede hallar desde 300 hasta 500 dólares, cifra que continua siendo una ganga a como están los precios en el mercado. Para hacer un comparativo, ahí mismo pregonan pianos de cola que van de los 3,500 a los 8 mil dólares, monto con el que cualquiera, al menos en México, puede usar como enganche para una Casa Geo, en caso de que esa sea su prioridad.

Es muy extraño cómo la gente en New York anda regalando un instrumento musical de estas magnitudes, pero no computadoras o despensas o bicicletas. Útiles también para hacer música, hay otra clase de artefactos a la venta, como violines o guitarras, que no bajan de cien dólares. ¿Por qué los pianos se han depreciado tanto? ¿Será un efecto del cambio climático o del avasallamiento de los gadgets en la juventud? ¿Dejó de ser costeable aprender el oficio? ¿El mantenimiento es una locura?

Parece que por ahí va el asunto pues investigando sobre las clases para aprender a tocarlo no existen por debajo de los 80 dólares, tres horas a la semana. Por lo que nunca ha estado mejor aplicada la frase de que aquí saldría más caro el caldo que las albóndigas. “Puedes aprender en los tutoriales de YouTube”, me recomendó un colega que se enteró de mi dilema.

Cuando le comenté a mi esposa lo de los pianos regalados o baratos, enseguida se prendió: “¡vamos por uno!”, como si le estuviera hablando de tickets para el Yanqui Stadium o el último libro de Paul Auster. Y pese a que, ya encarrerados, enviamos un mensaje al señor Scott, después nos entró (bueno, a mí) la mesura: ¿para qué carajos queremos un piano si no sabemos tocarlo? Bueno, pues para que nuestros hijos aprendan, me insistía. Y enseguida pensé en Phil, el personaje de Bill Murray en El Día de la Marmota, y digo “Naaaa, ¿qué tan difícil puede ser?”. ¡Él llegó a un nivel máster en unas cuantas semanas!

Debo confesar que también me anima el hecho de provocar envidias al mundo entero cuando en otros países se enteren que en mi familia tenemos un piano que, hasta donde sé, sigue siendo un símbolo de estatus. Y no importa que nos visiten solo cinco personas al año en promedio pues ya las “benditas redes sociales” (AMLO Sic) se encargarán de difundir la adquisición.

Por cierto, consideré que esos ofertones solo los vería entre mis vecinos de clase media alta de Brooklyn suscritos a la citada página pero ¡oh, sorpresa!, que al explorar algunos de los sitios de compra y venta en la sección Marketplace de Feisbook comprobé que hay al menos otra docena de perfiles a los que les urge deshacerse de su piano corto sin pedir nada a cambio. Es casi como una epidemia.

Por supuesto que ya comencé a sospechar. ¿Será que contratar una mudanza es en donde se halla la verdadera inversión? Porque debe ser una que aguante un piano, por supuesto, y que sepa de sus cuidados ya que un objeto así no lo puede transportar cualquiera. No estamos hablando de una máquina de coser, o de un colchón ortopédico.

Curiosos mis vecinos neoyorquinos. Difícilmente te regalan una sonrisa pero, ¿qué tal un piano?

 

@juansinatra

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