NY ama a El Libro Vaquero, yo no

Estoy sentado frente a Jessy Mantera, director de algo en la Brooklyn Public Library de Nueva York. Le pedí una entrevista para ver si me puede aclarar por qué en los estantes del recinto hay una nutrida colección de El Libro Vaquero.

Sé que hoy la agenda la roba el cambio verdadero, las mentadas entre chairos y fifís, el drama de los indocumentados, el drama del Águila Azteca al yerno de Trump, el Juicio del Chapo, el resbalón de lengua de Paco Ignacio II, el “ora sí” del Cruz Azul y el “diciembre me gustó pa’ que te vayas” que millones cantan a Enrique Peña Nieto.

Pero yo mejor estoy sentado frente a Jessy Mantera, director de algo en la Brooklyn Public Library de Nueva York. Le pedí una entrevista para ver si me puede aclarar por qué en los estantes del recinto que codirige hay una nutrida colección de El Libro Vaquero, historieta mexicana a la que le ha sido perdonado su vocación deformadora y que, como el pulque o las luchas, ya fue indultada por un sector del ala liberal y progresista de la patria.

Es obvio que Mantera no me va a decir algo que violente las normas diplomáticas, así que comienza a orientarme sobre la fuerte tradición americana tanto del cómic como de la historieta y la novela gráfica. Agrega que a ellos no les toca juzgar qué lectura es buena y cuál otra no, entre una serie más de generalidades que configuran una defensa anticipada a embates que en mi cabeza se van diluyendo como nieve al sol.

En la pequeña oficina que él y su equipo seleccionaron para nuestro encuentro, ya coloqué mi cámara de video y comienzo a tomar la imagen que, se supone, transmitirá un canal de televisión mexicano donde solían pasar mis reportajes y donde hace apenas un par de semanas me dijeron que ya no les interesaba hacerlo, cuestión que Jesse por supuesto ignora. Tampoco sabe que estoy más tranquilo con eso, pues si en México aguardaran ese material que seguro me encargué de venderles con pasión, ahí sí estaría en un predicamento vaquero pues de todo lo que me está diciendo casi nada funciona para armar un reportaje. O no, al menos, uno decente. Y así en esta mañana de lunes otoñal, se apaga un homenaje más para esos cuentitos cuyo tiraje alcanza los 250 mil ejemplares (hubo tiempos que llegaron a imprimir hasta un millón), y que ni siquiera el funcionario brookliniano sabe cómo llegaron hasta aquí, aunque sospecha que pudo ser a través de una donación.

Ahí en la BPL, El Libro Vaquero convive en la sección en español con harto bestseller, cientos de volúmenes de autoayuda, y algunas obras maestras, equilibrio que es reflejo de una biblioteca promedio. Además de los españoles de cajón, Miguel de Cervantes Saavedra, Arturo Pérez Reverte, Juan José Millás, los casi Nobel Murakami y Auster, se hallan los mexicanos Carlos Fuentes, Xavier Velasco, Carmen Boullosa y Jorge F. Hernández. La biblioteca es tan grande que tiene volúmenes en chino, ruso, francés, alemán, italiano o árabe, a la orden de alguna minoría de más de las 100 de distinta nacionalidad que conviven en esta hermosa ciudad.

El día que descubrí las decenas de El Libro Vaquero y Semanal, digamos que me sentí sorprendido y no sabría decir si, incluso, orgulloso, pues debo reconocer su modelo de negocios editorial exitoso, que cuenta una exposición europea donde llegó la iconografía vaquera de hombres rudos que se agarran a balazos antes o después de conquistar a mujeres, rubias, morochas o indias, todas ellas con los atributos suficientes para convertirse en íconos sexuales en su mundo de ficción. Si así lo quisieran, claro.

Pero luego consideré que un lector de estos cuentitos es un lector menos para los libros sin dibujitos y ni el haber reclutado a plumas como Jordi Soler salva a la editorial vaquera del estigma de publicar literatura basura. No es un caso como la mariguana, a la que muchos achacan ser la puerta para drogas más potentes o sofisticadas, Quien se inicia en la lectura con El Libro Vaquero difícilmente dará el brinco a Hemingway, Proust o Paz, ya no digamos a autores con menos laureles como Luis Spota, PIT II o Guadalupe Loaeza, a la que también encuentras, por cierto, en los estantes de la bibliotecas públicas de Brooklyn.

Lo que sí me parece una mala idea es que los neoyorquinos, de por sí arrogantes y hasta racistas, se pierdan de las verdaderas joyas mexicanas del cómic como Hermelinda Linda, Fantomas, Chanoc o La Familia Burrón. Quizás algún día yo les done unas colecciones, ya traducida, para cambiar la percepción que pudiera haberles dejado El Libro Vaquero.

Considero que el mentado book tiene una falla conceptual en sus relatos ya que todos ellos terminan, casi siempre, con final feliz y el obvio triunfo del amor (a menos que quede en “continuará”). Despreciando el modelo shakesperiano de la tragedia moderna y plegándose más al desenlace de una telenovela de Thalía, o incluso a la oscura crueldad de los spaguetti western, que debieran ser su ejemplo.

Tras de terminar la entrevista que nunca se publicará, y mientras caminamos por la zona de los libros en otras lenguas, mi buen amigo Jessy Mantera me recuerda que para ellos lo importante es que la gente lea. Yo le dedico algunos “yes”, “right” con la mira puesta en mi cámara buscando buenos ángulos de los polémicos volúmenes.

“Sigo creyendo que es una buena forma de atraer lectores”, me dice cuando agarro uno de esos libritos entre mis manos y ensayo mi mejor gesto de escepticismo.  Me repite aquello de que “no está en nosotros juzgar la calidad de las obras”.

Cuando se va me siento en una de las mesas a leer la historia que escribió Jordi Soler. Es sobre una amazona que manipula a unos chinos para traficar heroína desde México. En las partes donde la dama lleva al sheriff a su cuarto y lo convence de que los chinos son gente buena mientras se quita la ropa, admito que siento un ligero movimiento en mi entrepierna.

No puede ser.

 

@juansinatra

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