El narco que no tenía miedo de tener miedo

Para alguien que trabaja desde los 17 años en el narcotráfico, el miedo no parece un sentimiento que deba entrar en los planes de Jorge Cifuentes.

La pasó muy mal Jorge Cifuentes la primera vez que viajó al Triángulo Dorado, esa patria chica para la que suman hectáreas Sinaloa, Durango y Chihuahua, sitio idóneo para la siembra de estupefacientes y que por ese motivo hacen ahí su nido los narcos del mal. Para el Cartel de Sinaloa Jorge era “Simón”, apelativo que él mismo eligió pues era fan de la serie El Santo donde actuaba Roger Moore.

Dentro de esa existencia suya, digna de plasmarse en cinco temporadas de Netflix, Cifuentes había dejado a finales de los noventa la venta de cocaína, actividad en la que devino millonario, para incursionar en el contrabando de armas. Específicamente gastó parte de su fortuna comprando armas para las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, que luchaban contra las FARC, con las que Jorge tenía deudas pendientes pues habían intentado matar a su madre y secuestrar a su padre. En el lustro que corrió de 1998 al 2003, Cifuentes compró a las autodefensas cinco mil AK-47 y 5 millones de cartuchos de munición, entre otros regalos.

Cuando la furia vengadora se dispersó de su mente y sus ahorros mermaron, decidió volver a traficar coca por lo que se trasladó a Sinaloa para entrevistarse con El Chapo Guzmán. Antes de su corto retiro, Jorge había dejado algunos barcos de atún con Laura Ávila, la viuda de su socio y amigo, Humberto Ojeda, pero ella ya había formalizado una alianza con Dámaso López, el policía que ayudó a huir a Guzmán Loera de Puente Grande y que en el 2002 era su hombre de mayor confianza.

Laura ya había donado los botes de atún y una granja de avestruces a la causa del Chapo, pero Jorge insistía en recuperar al menos los botes y para eso pidió reunirse con el hoy acusado. No pudo llegar Cifuentes en mejor momento, pues el Chapo tenía fiesta en su rancho para celebrar el primer aniversario de su fuga.

Jorge tuvo que esperar en el hotel Lucerna de Culiacán a que Dámaso lo recogiera y llevara a una pista clandestina dentro de unos maizales, para finalmente treparlo a un Cessna 206. Treinta minutos después estaba aterrizando en la Sierra Madre con un Cifuentes petrificado por el viaje y el aterrizaje en aquella pista corta e inclinada para que la gravedad frenara el impulso. “Fue horrible”, aceptó el visitante ante los miembros del jurado. “Hasta tuve que orar tres Padres Nuestros”.

Ahí fue donde Cifuentes decidió que le regalaría al Chapo un helicóptero “para que volara de manera más civilizada”, dijo. El asistente del fiscal quiso saber de la reacción de su anfitrión al conocer de tan espléndido regalo: “Pues nada, que le brillaron los ojitos”, recordó. Aquella fue la mañana que conoció a Guzmán Loera con el que comenzó una relación gobernada por ratos de gozo y sólidas discrepancias. También apostó por ese presente pues confiaba que “El Padrino” le ayudaría a saber “quién había matado a mi socio Ojeda”.

“El Padrino” Guzmán le dijo que le ayudaría, pero ante la terquedad del colombiano meses después le organizó una cita con su compadre, Ismael El Mayo Zambada. “Yo le tenía mucho miedo a ese señor”, revela Cifuentes, y ya reunidos en un hotel en la Ciudad de México, comprobó que sus temores se hallaban justificados.

– Yo maté a tu socio, ¿piensas hacer algo al respecto?- le dijo retador el Mayo.

– Pues no, simplemente le digo que mató a un buen hombre- respondió Simón.

– Y qué si ese hombre volviera a nacer lo volvería a matar. Contigo no tengo nada, vamos a trabajar- quiso zanjar Ismael Zambada.

Jorge Miltón Cifuentes Villa espera que su testimonio sirva mucho al gobierno norteamericano para que así su pena se vea reducida, pues tiene miedo de que si le dan los 40 años de cárcel (lo que mínimamente exige la justicia en Colombia, donde lo detuvieron), saldría de la cárcel a los 90 años. “Ahorita tengo 53 y si le sumamos 40 eso para mí es vida (cadena perpetua)”, se lamentó ante el jurado. Dijo que en el 2007 se fue a vivir a Venezuela y dejó Colombia pues tenía miedo de que lo mataran.

Miedo, miedo y más miedo.

Para alguien que trabaja desde los 17 años en el narcotráfico; que ha sobornado a militares en Colombia y Ecuador, a políticos en esos mismos países y “procuradores en México”; alguien que no acabó la preparatoria pero que se compró títulos de administrador de empresas en Colombia, de Ingeniero en México y Texas; ese mismo que abrió una empresa ecologista para ayudar a los indígenas del Amazonas, que traficó con armas, quien adquirió mansiones en Houston y Caye Biscaine, Florida, con nombres falsos; el hombre que le regaló un helicóptero de un millón de dólares al Chapo para que dejara de ser tan silvestre; para un personaje así el miedo no parece un sentimiento que deba entrar en sus planes.

***

Los Cifuentes es una familia bastante singular. La hermana de Jorge, Dolly, era la amante del hermano del expresidente colombiano Álvaro Uribe. Uno de sus hermanos, Francisco, fue piloto de Pablo Escobar y luego capo de grandes vuelo. Otro brother, Alex, se integró al grupo del Chapo Guzmán y hasta llegó a salir en fotos de cuando el capo mexicano escapaba de la justicia.

Jorge es el octavo de nueve hermanos, de ahí su otro alias, “El Penúltimo”. Como testigo protegido en Brooklyn, Cifuentes contó que el menos 5 de sus hermanos se dedicaron al negocio del narcotráfico, además de sus padres. De hecho, la tarde del jueves 13 en la corte presentaron una grabación donde se le escucha llamándole a su mamá. Ambos estaban preocupados porque el hermano Alex vivía y trabajaba en los ranchos del Chapo Guzmán, el cual estaba muy molesto pues les acababan de decomisar un cargamento de 8 toneladas de cocaína en Ecuador.

– Mamá. Te cuento que ya le pude conseguir la garantía al menor. Ya más contento con eso- dice Jorge en referencia a la seguridad de su hermano.

– Ayer me llamó y me dijo “dígale que tengo muy buenas noticias, que se comunique”- le responde su madre, que habló antes con Alex.

– Puse el lote de Panz (?) en el proyecto de él para que pudiera volar tranquilo- le dice Cifuentes sobre unas propiedades propias puestas en garantía para próximos envíos de coca al Cartel de Sinaloa.

En el 2008, uno de los sobrinos de Simón, Jaime Alberto Rol Cifuentes, ya se dedicaba al narcotráfico. Pero además era travieso. En algún momento entre cargamentos aprovechó para robar 225 kilos de coca que pertenecían al Chapo Guzmán. La presión sobre Jorge aumentó y él a su vez pujó junto a los demás miembros de la familia para exigir a la hermana Lucía que hallara a su hijo el ladrón. Hoy madre e hijo están presos: ella en Estados Unidos y él en Colombia.

Otro de los sobrinos de Jorge intentó secuestrar a mamá Carlina, es decir, a su propia abuela. Por lo tanto, un hijo más de sus hermanos intentó buscar al presunto secuestrador para matarlo.

– ¿Era una familia normal, la suya?- cuestiona el abogado del Chapo, Jeffrey Litchman, a Jorge Milton Cifuentes Vera, buscando llevarlo al ridículo.

– Algo normal, chismes por aquí, chismes por allá- dice el testigo protegido, algo resignado.

Y entre muchas otras cosas, Simón contó que tiene la nacionalidad mexicana y un pasaporte de ese país con el nombre de Sergio Ozuna Villarreal. “Me los conseguía Rubén Raigoza”, suelta a quien le interese.

– Entonces usted se la pasó cometiendo fraudes en todo el mundo abriendo cuentas con nombres falsos y pagando con tarjetas de crédito- Litchman vuelve al ataque.

– No, señor. Eso no es fraude. Es mi dinero que me gané con la venta de cocaína y simplemente lo estoy pagando con otro nombre- dice Simón.

Todos en la sala lo vemos para tratar de hallar en sus facciones algo que nos lleve a mirar que en realidad no está hablando en serio.

Lo dicho. No entiendo por qué Netflix no le ha hecho su serie a “Simón”. El autor de esta columna les puede ayudar con el guión.

 

@juansinatra

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