El alto costo de los errores presidenciales

Decisiones y acciones que buscan acumular poder en el presente sin entender los efectos negativos que tendrán en el futuro han sido una constante de los presidentes mexicanos contemporáneos.

Los errores presidenciales le han costado mucho a quienes los cometen, pero han sido más dañinos aún para todo México y su gente.

Decisiones y acciones que buscan acumular poder en el presente sin entender los efectos negativos que tendrán en el futuro han sido una constante de los presidentes mexicanos contemporáneos.

El poder desgasta, pero la degradación se acelera cuando se da rienda suelta al regadero y despilfarro de capital político.

Salinas de Gortari decidió emprender un proceso de modernización económica sin abrir el sistema político y eso le costó la terrible crisis de fin de sexenio, con la explosión zapatista y los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu.

Zedillo recibió una economía sujetada con alfileres y se los quitó en los primeros días de su mandato por querer distanciarse del equipo de Aspe. Dedicó el resto de sus años a estabilizar la macroeconomía.

Fox no enterró ni al PRI ni a la corrupción, no pudo dejar atrás su frivolidad y tiró a la basura su legado al querer sacar a la mala a AMLO con la pantomima del desafuero. No solo traicionó al proceso democrático sino que detonó efectos secundarios indeseados para sus fines al inflar a un rival que aprovechó el regalo para consolidarse como la gran víctima del sistema. Estandarte al que se aferró y que le ha dado el premio mayor tras habérselo tatuado con metódica y necia perseverancia.

AMLO tenía todo para ganar en 2006, pero fiel a sus innatos reflejos autodestructivos cometió todos los errores posibles para ser rebasado en final de fotografía por Calderón.

Con el bloqueo de Reforma, las acusaciones infundadas de fraude y el pataleo tragicómico de su presidencia legítima dilapidó toneladas de capital político por lo que parecía finalizado. Quedó debilitado estructuralmente llegando mal parado a la elección del 2012 para perder ante Peña Nieto. Si hubiera tenido en 2006 una reacción post electoral menos obstructiva y un liderazgo institucional maduro hubiera ganado la presidencia en 2012, fácil y caminando.

Desde el arranque de su período, Felipe Calderón se dejó caer con su vocación pendenciera buscando una legitimidad inicial. En solo unos días pasó de las manos limpias a los puños duros y ensangrentados. La necesidad de afianzar su cuestionada presidencia en el presente lo hizo perder el futuro. Al patear un avispero nos metió en una desgarradora espiral de muerte, violencia y descomposición que sigue cavando fosas y cortando cabezas.

Le tocaba avanzar hacia un verdadero estado de derecho, pero como eso se tarda, Calderón optó por el falso atajo de sacar el ejercito a las calles y poner a la guerra contra el narco en el centro de su gestión.

Los errores de Fox, AMLO y Calderón dejaron la mesa servida para el retorno del PRI gracias a la capacidad del Grupo Atlacomulco y su abanderado por posicionarse como los que sí sabían gobernar.

Tras un arranque firme con el Pacto por México donde logró “cooptar” al PAN y al PRD, Peña Nieto cosechó una serie de reformas estructurales positivas, pero a la vez confundió gravemente la diferencia entre gobernar a 500 maiceables diputados en contraste con gobernar a 120 millones de habitantes agobiados por los problemas de inseguridad, corrupción, pobreza, débil crecimiento económico y falta de inclusión social.

Todo se derrumbó -diría Emmanuel- con la explosiva mezcla de los escándalos de la Casa Blanca y los 43 de Ayotzinapa que convergieron para mostrarnos la realidad de un país en plena putrefacción, mientras las elites corruptas e indolentes solo se enfocaban en despacharse con la cuchara grande.

A partir de ahí vino una cascada de errores de un gobierno que se despeñó -nunca mejor dicho- porque sus líderes nunca entendieron que no entendían, quizá porque no querían. Su voracidad y miopía se suma a la columna de los casos donde el enfoque estuvo en ganar el presente para perder el futuro.

La elección presidencial del 2018 alineó los astros para un triunfo contundente de AMLO, quien con solo una pancarta de “se los dije” hubiera alcanzado la Presidencia. El margen tan amplio fue un obsequio de sus rivales políticos. El presidente y su candidato pasmados en una indefendible continuidad y Ricardo Anaya destruyendo la posibilidad del PAN de ser la oposición institucional y democrática que algún día fue. Por defender su presente, Peña Nieto y Anaya hipotecaron su futuro y el de sus fuerzas políticas.

Y ahora, aún sin haber tomado posesión, AMLO está repitiendo errores que debilitan a México y a su propio proyecto político. De manera inexplicable, el personaje que construyó una épica histórica al luchar contra procesos viciados y amañados está llevando a cabo una compulsiva simulación fraudulenta, tan innecesaria como destructiva con sus consultas patito, chafas, sesgadas, inauditables, ilegales y ofensivas al sentido común.

Dividir al país entre pueblo y fifís le puede servir en el corto plazo, pero le afectará de lleno en el largo, pues de nuevo dilapida el valioso capital político que le dieron millones de ciudadanos pertenecientes a las clases medias y altas. De la nada y sin más sentido que atrincherarse en su base dura -al estilo Trump- está tirando al escusado el apoyo de un alto porcentaje de ciudadanos.

Con el manotazo simbólico de la estruendosa cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de Ciudad de México (NAIM), no divide al poder económico del poder político sino que divide dos visiones económicas (una panfletaria austeridad franciscana y otra que aspira a contar con infraestructuras y desarrollo de primer mundo).

Ya se le ha llamado a esta decisión “el error de octubre”. ¿Corregirá este error? ¿Se desmarcará de este simbolismo mal elegido?

Las soluciones a los problemas detectados en el NAIM están a la vista (revisión de contratos, castigo a la corrupción, ajustes en acabados suntuosos, conservación ecológica, innovación financiera que incorpore esquemas fiscales favorables a las arcas del Estado, etc.).

Los errores presidenciales le han costado mucho sufrimiento a la gente de nuestro país. Especialmente los errores gratuitos, innecesarios, viscerales y ciegos para ver el largo plazo.

De insistir en la demencial “opción” de Santa Lucía, el cadáver del NAICM se le revertirá a AMLO como un gran símbolo sí, pero del despilfarro y la demagogia. Algo así como el inútil e insultante muro-concepto de Trump, pero ahora si pagado por todos los mexicanos.

¿Llegará el día en que nuestra sociedad deje de ser solo testigo de estos errores casi congénitos? Puede ser, porque hoy algo es diferente y lo será más en el futuro. Hoy los errores se notan más rápido, es difícil ocultarlos y pasan factura gracias a una mayor conciencia colectiva.

Más allá de los fanáticos a favor o en contra de AMLO, lo cierto es que cada vez más ciudadanos se dan cuenta de lo que pasa en la realidad, son menos manipulables y han visto el valor de su voz y llegada la ocasión, el valor de su voto.

 

@guidolara

Close
Comentarios