Peña Nieto fue sordo ¿Y AMLO?

A unos días de la toma de posesión del nuevo gobierno, la enseñanza es clara y quienes no escuchan a la historia están condenados a repetirla.

Gobernar es conversar con la realidad, es establecer una relación dialógica entre gobernantes y gobernados, entre representantes y representados. Lo otro es autocracia, el gobierno de los que cuando no se están viendo el ombligo se están viendo en el espejo de Blanca Nieves. Espejito, espejito, ¿quién es el más bonito?

Se va por la puerta de atrás y con la cola entre las patas un gobierno sordo, atrofiado en sus capacidades de escucha atenta y sensible. No me refiero a la atrocidad del #GobiernoEspía sino a la capacidad institucional de comprender a fondo las necesidades, deseos, temores y esperanzas de los diferentes grupos de la sociedad.

Escucharon poco y mal. Llegaron al poder gracias a la eficiente utilización de un decadente paradigma comunicacional basado en la promoción televisiva que ya desde entonces iba en plena retirada y que quedó enterrado por las “benditas redes sociales”.

El contundente triunfo electoral, primero y las reformas del Pacto por México, después, alimentaron su soberbia y su inclinación a la autorreferencia. Cuando el escenario cambió con Ayotzinapa y la Casa Blanca se quedaron pasmados como estatuas de marfil, uno, dos y tres (años) así.

Ya durante la campaña, la irrupción del movimiento #YoSoy132 había dado indicios sobre la fragilidad de unas viejas formas de comunicación que crujían y pronto se desplomarían. Lo que prendió la mecha no fue tanto el abucheo y el acoso al candidato Peña Nieto sino la forma en que se quiso manipular la información, desacreditar a los estudiantes y tratar de imponer una mentira en los medios masivos. Fue la primera señal de que el engaño, la descalificación del interlocutor y el querer verle la cara a la gente producían irritación y desprestigio. Pero esta inconformidad ya podía escapar a la impotencia porque aumentaban los mecanismos para expresarla, hacerla viral y rolar la bola de nieve.

Desde aquel ilustre “Ya chole con tus quejas”, entre otras joyas de la insensibilidad y la falta de empatía, el gobierno de Peña Nieto encendió el piloto automático y no modificó un ápice la forma de relacionarse con la sociedad. Lo que trajo consigo una profunda descomposición social y un generalizado hartazgo febril e iracundo (o sea ultra encabronado).

Estos errores sistemáticos abrieron las compuertas para el tsunami electoral de AMLO y Morena. 30 millones de votos y el fin de un ciclo. Atención, no todos estos votos son cheques en blanco. De bulto podemos decir que la mitad lo son, su base histórica y voto duro; pero la otra mitad no, la compuesta por el rechazo general a la política como sinónimo de incompetencia, cinismo y atole con el dedo.

A unos días de la toma de posesión del nuevo gobierno, la enseñanza es clara y quienes no escuchan a la historia están condenados a repetirla.

Históricamente AMLO ha mostrado su talento para conducir la opinión pública y marcar la agenda, sin embargo, durante los últimos cinco largos meses se ha evidenciado que es más hábil para asumirse como la voz del pueblo que para realmente escucharlo.

Nada lo ilustra mejor que las dos “consultas” realizadas, transparentes en su demagogia e insultantes del sentido común.

Disfrazadas de “democracia participativa” son una falsa escucha. La verdadera participación democrática requiere mente abierta, voluntad de cambio, sensibilidad a la diferencia. Necesita explorar convergencias y no explotar divisiones.

Un ejercicio del poder sordo e insensible basado en la telegenia, la rigidez, la cosmética y la escenografía ha sido apaleado en las urnas. Si lo que lo sustituye es un poder basado en la imposición de proyectos y prejuicios, bajo una muy endeble coartada democrática, las posibilidades de un nuevo fracaso colectivo se empiezan a escuchar. Es de sabios cambiar de paradigma de comunicación.

 

@guidolara

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