La fe y el trabajo que salva de los intestados

Puta monserga morir intestada, aflora lo peor del ser humano. También afloran los egos y las ambiciones. Mi hermana y yo no salimos del asombro.

El sol se cuela por los ventanales de mi habitación. Las campanas de catedral entonan ese sonido tan familiar que tanto me recuerda mi infancia en Durango. Las doce campanadas repican a tiempo; la Iglesia es puntual para llamar a sus fieles. El diezmo es un asunto serio.

La fe también.

Pero la fe me cae bien (la institución no tanto) porque no tiene ninguna camiseta puesta. La fe existe a partir de la visión de un individuo.

La fe existe -o no- en la mente de cada uno.

Mi abuela tenía una fe ciega en su párroco. Iba diario a la iglesia a pie, trepada en sus tacones -casi- hasta el último día de su vida.

Este sábado mi hermanita y yo tuvimos menuda encomienda pues -finalmente- hubo arreglo, se podría decir que amigable, tomando en cuenta el contexto de los eventos de los últimos siete años.

Entrar a casa de Coca no fue fácil.

Había una cadena grande con dos candados que tuvimos que romper con la ayuda de un cerrajero para tomar posesión -en términos legales- de esa casa que era el único lugar seguro que me quedaba en el mundo, pues ahí jamás se perdió la inocencia del juego, los primos, la visita, los desayunos de Coca, las risas de los adultos y un infalible “los niños al jardín porque son temas de grandes”. Y nosotros -los niños- en el jardín -efectivamente- tejiendo historias que me marcaron de por vida, exprimiéndole higos al arbolón que nos convidaba de sus ramas para trepar y de su sombra para reposar. Hoy me duele todo.

La casa está destruida.

Violada.

Ultrajada.

Llena de nidos de araña, víboras, ratas, cucarachas y demás bichos ponzoñosos. Ventanas rotas. Muebles arrancados. Los pocos cajones que dejaron, sacados y volteados al revés con el contenido regado encima de la cama de mi abuela o de plano por los pisos mugrientos y polvosos de toda la casa. El clóset de Coca abierto de par en par, lo mismo que su ropero con sus pertenencias salpicadas por el suelo. No sabemos bien qué pasó o quién pasó por ahí, pero todo se robaron.

Recojo un papel después de un rato de estar revisando la casa ( y tomando fotos para constancia legal) y veo que es una carta con la letra de mi madre.

Habla de cosas del pasado. Cosas que ya ni recordaba. Me la guardo para leerla después. La escribió en 1982 para su madre y le cuenta cosas de mi padre (el Arquitecto Merino). La quiero leer con calma en otro lado, con una buena música y un poco de paz, de preferencia echando un Mariatinto con mi amor.

Mi madre que murió tan joven y tan bella hace ya siete años y que por morir intestada es que andamos en estos enjuagues…

Puta monserga morir intestada.

Aflora lo peor del ser humano.

Incluso entre hermanos.

Hermanos de sangre enfrentados -sobretodo- por traumas de la infancia -responsabilidad de los padres, por supuesto- pero pasando factura entre esos retoños por las diferencias que haya habido en temas de atención, protección, cariño y hasta temas físicos o altas expectativas no alcanzadas por parte de quienes -teniendo una buena intención- se equivocaron como nos equivocamos irremediablemente los que hemos sido padres. También afloran los egos y las ambiciones.

Mi hermana y yo no salimos del asombro.

Todo jodido.

De esos días dorados no queda ya nada en esa casa. Quedan mis recuerdos hermosos y los de Martha (mi hermana adorada que se llama como mi madre y como yo).

Queda la fe que nos legaron estas mujeres en vida. Esa fe que no ha mutado y que me provee de magia todos los días para creer en mis hijos, en lo que me importa, en mis amigos y en mí, todos los días.

Justamente esa es su herencia, la de las dos. La fe de que pase lo que pase, todo se acomoda. De que hay algo más grande que lo que percibimos en este plano. También quedan tatuajes de inocencia pura en nuestros corazones. Yo sí gocé al máximo ese espacio. Ayudé siempre a mi abuela como pude y desde donde estuve. SIEMPRE.

Ella me amó con todo su corazón, lo sé porque me lo demostraba y me lo decía siempre. Aún cuando estaba viviendo en NY y la veía tan poco.

Encontré una caja llena de fotos mías en este revoltijo de casa. Para mí el mejor de los tesoros. Un testimonio. Una prueba. Fotos desde que era yo bebé, hasta cada recorte de periódico, de revista, incluso polaroids de shootings de otra era. Eso es amor del bueno. Su fe en mí y la ilusión de que hiciera algo con mi vida me quedan claros.

En este momento de infinita sensibilidad aprecio mucho cada instante y todo me remite a ese jardín en donde se guardarán mil secretos y que pronto no existirá más que en mis pensamientos/sueños.

He estado viendo películas y de algún modo también se conectan con la fe. Ayer me tocó un documental bellísimo acerca de la supervivencia cotidiana de un joven que habita en una comunidad lejana en República de Congo, y que contra viento y marea trata de sacar unos centavos vendiendo carbón -que él mismo produce- pudiendo así comprar unas láminas de metal para el techo de su casa y también medicinas para uno de sus hijos pequeños. La fe en uno mismo es de una pinche hermosura que hace que te crezca un nudo marinero en el cogote. La fe en el trabajo. ¡Sagrado es el esfuerzo de quién se gana el pan y la sal con el sudor de su PROPIA frente y que no vive de herencias!

No tengo gran cosa, pero corro a hacer mi testamento esta misma semana. Estoy segura, sin embargo, que si lo mismo me ocurriera y llegara yo a morir mañana sin haber logrado hacerlo, mis hijos jamás se pelearían por cuestiones materiales. Habré cometido cien mil errores, pero de eso sí estoy segura. Mis hijos tienen claro que lo que no se gana uno, no se disfruta. Me salieron trabajadores a más no poder.

Les he platicado cuál es mi última voluntad y sé que la cumplirían a cabalidad, como hemos procurado honrar la de mi madre, tanto mi hermana como yo a pesar de tantos obstáculos que se nos fueron presentando en el camino, de la mano de la ambición (y la güevonería) pura y madura.

Queda hoy la calma finalmente.

Ojalá que la paz para todos nosotros también.

La fe es lo último que muere y yo deposito la mía en los corazones blanditos para que madre y mi abuela descansen -por fin- en paz.

Madre, abuela, esto lo leí yo en sus ojos:

Creía estar leyendo en sus ojos esa sed de una dicha más sublime, esa melancolía no confesada que aspira a algo mejor que aquello que encontramos aquí abajo (…)”.

Stendhal.

 

@marthacristiana

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