Sobre la coca y los viajes

Los viajes nos obligan a enfrentarnos con contextos distintos a los habituales, a otras formas de vida, a otras costumbres, modas y modales. Nos obligan a la observación crítica de lo que hay dentro y fuera. Viajar ayuda a frenar la intolerancia y a repensar las convicciones de lo que es correcto, apropiado, incorrecto, bueno y malo.

Hace unos meses, viajando por Nuevo México en Estados Unidos, me topé con Santa Fe Hemp, una tienda dedicada a la venta de productos de cannabis. El acervo de productos fabricados con la planta de la mariguana es impresionante: cremas, bálsamos, lápices labiales, camisas, bolsas, sombreros, pantalones y hasta papel e hilo. Compartí aquí algunas fotos de los productos que encontré entonces. Ahora viajando por Perú, encuentro algo similar con la hoja de la coca (que no es igual que la cocaína). Aunque la variedad de productos no es tan vasto como lo producido con cannabis, no deja de impresionar que en nuestro país destinemos tantos recursos (económicos, sociales, institucionales, políticos) para erradicar cualquier rastro de una planta –y sus derivados- que en otros países se aprovecha y consume de forma regular.

Acá algunas imágenes que logré captar:

 

foto coca 1

Mate de coca que ofrecen en el aeropuerto de Cusco al bajarse del avión. No hubiera sobrevivido el malestar que produce la altura del lugar sin esto. (Por cierto que se necesita alrededor de 400 veces lo que se usa para un té para hacer un gramo de cocaína).

 

foto coca2

Mate de coca en versión elegante en el lobby del hotel, junto al Earl Grey y el té limón.

 

foto galletas

Galletas con hoja de coca (no eran muy ricas).

 

foto chocolate

Chocolate con hoja de coca y cereales andinos (muy bueno).

 

foto museo de la coca

El museo de la coca en Cusco, Perú. Ahí se da una buena explicación de los usos medicinales de la hoja de coca y las comunidades que la cultivan desde hace cientos de años. Adentro venden productos como cremas para la artritis y dolor muscular, refresco de coca, entre otros.

 

En uno de sus escritos más famoso, realizado durante un viaje a Tierra Santa en 1867, Mark Twain escribía:

“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente. No es posible adquirir opiniones amplias, integras y benévolas sobre hombres y cosas vegetando en un pequeño rincón del mundo durante toda la vida”. (The Innocents Abroad)

Los viajes nos obligan a enfrentarnos con contextos distintos a los habituales, a otras formas de vida, a otras lenguas, costumbres, modas y modales. Nos obliga a la observación crítica de lo que hay dentro y fuera. Obliga al reconocimiento de que mucho de lo que tomamos como cierto, necesario, bueno, malo e incluso obvio es circunstancial: depende de nuestra educación, de nuestras vivencias cotidianas, de lo que se permite y condena en los lugares en los que vivimos, de los hábitos que hemos adquirido por imitación o convicción. En las diferencias observadas y vividas fuera de casa, y en la incomodidad constante que producen, podemos encontrar cierta libertad. El encuentro con lo diferente genera la posibilidad de redefinirnos, de elegir nuevamente lo que es cierto, necesario, bueno y lo que no. Parafraseando a Twain, viajar ayuda a frenar la intolerancia y a repensar las convicciones. En el tema de las drogas, como en otros temas, debemos poner de frente las realidades que se viven en otros países para así estar en condiciones de repensar y cuestionar nuestras suposiciones.

 

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