Preparándonos para la guerra

El conflicto armado en Colombia ha dejado por lo menos 220,000 muertos, miles de desplazados y una sociedad lacerada por la violencia. Hoy, Colombia trabaja en un proceso de paz para dar fin a un conflicto que ha durado más de 50 años. ¿Qué podemos aprender sobre el proceso de paz colombiano? ¿Nos faltan 40 años para estar en posibilidades de pensar en un proceso similar?

Regreso de Colombia. En los descansos de reuniones a las que he asistido se habla de las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, que buscan terminar el conflicto armado que vive Colombia desde hace más de 50 años. En algún momento me escapo de las reuniones para visitar la exposición “Ya Basta”, que se exhibe en una de las salas del Centro de Formación de la Cooperación Española. La exposición muestra imágenes del conflicto armado que ha cobrado, desde 1958, por lo menos 220,000 vidas. Según el informe con el mismo nombre “entre 1985 y 2012 cada hora fueron desplazadas 26 personas en el país como consecuencia del conflicto armado, mientras que cada doce horas fue secuestrada una persona”. Colombia es un país más pequeño que México, pero las cifras son escalofriantes y hacen difícil pensar que alguien de aquel país que no ha sido tocado personalmente por la violencia. Aun así, para los colombianos parece haber llegado el momento para decir “no más violencia”. El prólogo del informe concluye: “Es el ‘¡Basta ya! de una sociedad agobiada por su pasado, pero esperanzada en su porvenir”.

Con profunda pena pienso en la realidad mexicana y las posibilidades de acercarnos a un proceso similar. México no es Colombia. Las guerrillas colombianas poco tienen que ver con nuestros cárteles. Pero a pesar de las diferencias, compartimos lo esencial del conflicto: el dolor humano. Las fotos de la guerra colombiana, al igual de las fotos de la prensa mexicana, muestran el desconsuelo humano y las terribles pérdidas que deja cualquier conflicto armado. Compartimos además con Colombia las enormes injusticias sociales y la polarización de la sociedad entre estos y “los otros”. ¿Qué podemos aprender del proceso de paz colombiano?

Más allá de bajar las armas, el proceso de paz pretende mirar hacia delante. Pero ello no implica ignorar el pasado. Una parte central del proceso es reconocer a todas y cada una de las víctimas, reconocer a los muertos, a los desaparecidos y así dar un lugar, una significación al dolor de sus familiares. El proceso parte del supuesto de que sin el pleno reconocimiento del pasado no hay lugar para la reconciliación ni para la paz. Para nosotros esto implicará el desentierro de todo cuerpo que de forma clandestina ha sido desaparecido en las muchas fosas que entierran a las víctimas de nuestra guerra. Supone además el señalamiento de los culpables (sean autoridades o civiles) y el reconocimiento público por parte de estos sobre el daño que causaron. No se trata de castigar a los miles que han tomado parte –de una forma u otra- en nuestro conflcito. Significa responder, ante la comunidad que formamos parte, por lo que se ha hecho.

El proceso de paz significa además el reconocimiento de que todos pertenecemos a una única comunidad política llamada México. No existen “los otros” cuya eliminación o desaparición se justifique. El Estado somos todos y las autoridades no pueden, como hicieron en Tlatlaya, ejecutar a quienes consideran enemigos. En palabras de uno de los estudiantes que ayer marchaba en Guanajuato por su compañero muerto presuntamente en manos de la policía “No nos pueden matar por querer un país mejor”.

El proceso, por último, no significa la desaparición de los conflictos sociales ni la resolución inmediata de los mismos. Significa darles cabida en el Estado para que puedan ventilarse y resolverse por una vía distinta a la violencia, por una vía legal y civil. Requiere el reconocimiento de la participación en el Estado (con todo lo que eso implica) de los grupos que hoy han quedado fuera.

¿Estamos cercanos a poder entrar a un proceso similar al colombiano? Mi optimismo es bajo. Hace unas semanas visité la exposición de las Fuerzas Armadas “Pasión por México”. En ella niños desde 3 años de edad juegan a ser soldados. Con ayuda de miembros de las fuerzas armadas suben a tanquetas, posan con ametralladoras en sus manos y se pintan la cara con pintura negra simulando ser soldados. Sus padres y madres comen palomitas mientras les toman fotos. Más que prepararnos para un proceso de paz, la exposición, que hoy recorre la República Mexicana, muestra a una sociedad que se prepara –y prepara a sus niños- para la guerra de los años por venir. El proceso de paz parece distante.

Close
Comentarios