Detrás de Santiago Maldonado

El caso Maldonado es mucho más que el de un joven artesano que ha desaparecido; representa el ciclo, desde el desplazamiento hasta la represión, que hace tiempo está aniquilando a nuestras poblaciones.

Santiago Maldonado es un joven bonaerense, artesano, interesado en la defensa de la tierra, que el primero de agosto pasado decidió participar en una marcha organizada por el pueblo Mapuche en el sur de Argentina, en terrenos que reclaman como ancestralmente suyos, pero que, gracias a un título de propiedad, hoy pertenecen a Luciano Benetton, dueño de la famosa marca de ropa italiana que lleva su apellido.

Desde ese día Santiago no ha vuelto a casa. Entre lo que se sabe, guardias de la Gendarmería Nacional, que fueron los encargados de disolver la protesta, habrían sido los últimos en tener contacto con él. De ahí que hoy en los sectores progresistas de Argentina no se dude, al hablar de desaparición forzada. Como suele suceder en estos casos, las autoridades niegan su participación y se han encargado de diseminar cualquier cantidad de hipótesis acerca de la persona y el pasado del joven artesano, e incluso hay quien le llamado terrorista, como si ello pudiera justificar su ausencia. Al paso de los días, estas hipótesis han ido cayendo y más tarde o más temprano el presidente Macri tendrá que enfrentar la responsabilidad que su gobierno tenga en este asunto.

Sin embargo, lo peor del caso es que Maldonado bien podría considerarse una víctima directa de un proceso mucho amplio de victimización que constituye una especie de genocidio de baja intensidad que se vive hoy en nuestros países, como producto de los desplazamientos que, a manos del mercado, son común denominador en América Latina.

No es nuevo que nuestros países hayan sido considerados desde tiempos coloniales como los almacenes de occidente; pero la diferencia sustantiva en la actualidad es que este modelo de acumulación por despojo está siendo comandado directamente por el mercado, mediante un paulatino proceso de mercantilización del mundo, donde todo, absolutamente todo, está a la venta. No importa si hablamos de tierras, de personas, de recursos naturales, de derechos, de posiciones públicas o de votos; a todo puede ponerse un precio que, como evidenció Foucault en su análisis sobre el liberalismo, nunca fue pensado para ser justo, sino para ser cierto. Bajo esta premisa juega un continum de posibilidades que, desde la necesidad hasta la estupidez, racionalizan los precios de los bienes en desmedro de sus poseedores originarios y, aunque en menor medida, también de sus consumidores finales.

En otros momentos he planteado que este proceso tiene dos objetivos claros: 1) convertir todo lo público en privado o privatizable y 2) socializar las perdidas y particularizar las ganancias. Es aquí donde los desplazamientos de los que hablé cobran víctimas: los desplazados laborales —por ejemplo, los millones que hoy sobreviven atados a mafias en la informalidad— los desplazados de la educación —víctimas de universidades, escuelas e institutos privados de dudosas calidades— los desplazados del sistema bancario—que sufren la consumición de sus ahorros y pensiones a manos de los créditos—, los desplazados de la tierra, quienes física y culturalmente son despojados de lo que por generaciones fue suyo, mediante las expropiaciones, la conversión de los regímenes de tenencia o por la fuerza; los desplazamientos urbanos, producidos por los grandes proyectos, entre autovías, complejos habitacionales y malls.

En fin, lo más grave en todo esto no es, por cierto, ni la voracidad ni la capacidad predatoria del mercado, que son parte de su genética, sino el rol del Estado, que hace años ya que actúa como un gerente que, por una parte, mediante la ley, allana el camino a la conversión de todo en commodities —electricidad, agua, petróleo, gas, etc.— y por la otra, usa el poder de policía para hacer del gobierno un mecanismo de eliminación de los riesgos, entre los que se cuentan, desde luego, las protestas y los líderes de las resistencias que todo este proceso está produciendo.

El caso Maldonado es, por tanto, mucho más que el de un joven artesano que ha desaparecido —lo cual por sí sólo es demasiado y no debe ser tolerado—; representa el ciclo, desde el desplazamiento hasta la represión, que hace tiempo, en el silencio mediático y con amparo en la ley, y en el Estado, está aniquilando a nuestras poblaciones.

Quisiera poder decir que la amarga experiencia que tenemos en México con decenas de desaparecidos augura buenas nuevas en el caso Maldonado; pero justo porque no puedo hacerlo, pienso que buscar a Santiago debe ser, simbólicamente, buscar el cabo de esta madeja en la que, de un modo u otro, todos quedamos enredados.

 

@LGlzPlacencia

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