La emoción en las campañas

Es importante destacar el riesgo que la simplificación de los temas puede tener cuando se les dota de significados erróneos y se los divulga masivamente, pues ello implica poner en la boca de una ciudadanía información falsa que a fuerza de repetición se torna en emoción colectiva.

En otro momento escribí que las campañas electorales del periodo que estamos viviendo echarían mano de recursos que están más destinados a afectar nuestra emotividad que a estimular nuestra racionalidad. Frases que digan lo que los electores esperan escuchar, que, aunque en el fondo resulten declaraciones débiles o poco sustentadas, son suficientes para generar conversaciones que atrapan el debate público y lo reducen a la toma de posiciones maniqueas e irreflexivas que tornan lo que podría y debería ser una discusión seria sobre los problemas del país, en una esgrima de textos que en sólo unos cuantos caracteres dejan ver los prejuicios, la estulticia o la malicia de quienes los escriben.

Un buen ejemplo de lo anterior lo constituye el tiempo que ciudadanas y ciudadanos, incluidos innumerables políticos y candidatos a la presidencia de la República, han gastado en torno a la idea que en un evento público en Guerrero lanzó el también candidato de la coalición “Juntos Haremos Historia” sobre una posible amnistía, una institución jurídico-política compleja que quedó reducida a un significado erróneo: el perdón de los delincuentes.

No es mi interés aclarar la diferencia entre la amnistía y el indulto (que es la institución referida al perdón) y en todo caso dejo aquí un enlace a la entrevista en la que Javier Dondé, investigador del INACIPE, hace una prolija distinción entre ambas. Más bien pongo el ejemplo porque me parece importante destacar el riesgo que la simplificación de los temas puede tener cuando se les dota de significados erróneos y se los divulga masivamente, pues ello implica poner en la boca de una ciudadanía que honestamente cree en sus candidatos y candidatas, información falsa que a fuerza de repetición se torna en emoción colectiva.

Quizá ello explica la virulencia que, precisamente atrincherada en la rabia, el prejuicio o en la maledicencia, ha llegado al grado de manifestar deseos magnicidas, condenas de destierro o destinos fatales para quienes no comparten nuestra posición política. Si bien es cierto que la externación de las emociones forma parte de nuestra libertad de expresión, hay que tener en cuenta que dejarla fluir, sin el filtro de la autocensura, puede objetivarse en consecuencias imprevistas y, en ciertos casos, puede incluso caer en los supuestos del discurso de odio o de la apología del delito.

En otros tiempos, la expresión de nuestras emociones apenas alcanzaba nuestros círculos más cercanos y quedaba bajo el control de la conversación inmediata y de la civilidad de la que éramos capaces en el cara a cara. Pero hoy, el “espejo negro”, que parece una ventana desde la que podemos escupir twits sin ser inmediatamente descubiertos, no es más que la ilusión de un espacio sin sujeto, en el que el circulo de nuestra influencia, para bien o para mal, puede alcanzar a cualquiera, emocionar a cualquiera y producir de ese cualquiera una reacción que, igualmente para bien o para mal, puede ser cualquiera.

Si bien es posible aspirar a ganar elecciones —o a buscar que nuestras candidatas o candidatos las ganen— emocionando a las y los ciudadanos, ni se gobierna ni se participa sólo con frases ingeniosas, con puntadas y menos aún con descalificaciones. Quien gané, tendrá que ocuparse de demostrar que lo que ahora son promesas de campaña estaban sostenidas en un proyecto sólido, lo que significa económica, jurídica y —no sólo— políticamente viable y, sobre todo, que estaba pensando en México todo, y no solo en sus votantes.

A un poco más de un mes y medio de la elección, las y los ciudadanos deberíamos cuidarnos de reducir nuestra participación a lanzar flores y tomates al ruedo en el que se baten los políticos. Deberíamos ser capaces de no dejarnos seducir por sus publicistas, de trascender el time line de nuestro propio “black mirror”, y empezar a discutir como haremos para contribuir a que se realicen los cambios, a que se instauren las políticas y a que se modifiquen las practicas a favor del fortalecimiento de nuestra democracia, tanto como a poner los límites al abuso de poder y el autoritarismo de quienes lo ejerzan, gane quien gane.

 

@LGlzPlacencia

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