La estrategia de Meade sobre Nestora

No es casual ni ingenuo que el candidato Meade haya introducido el tema de Nestora en el segundo debate del pasado domingo 20 de mayo. Fue un golpe estratégico que perseguía la finalidad de evidenciar “objetivamente” la pretensión de López Obrador de perdonar delincuentes.

El de Nestora Salgado es un caso que ejemplifica muy bien lo que en mis últimas colaboraciones he planteado en torno al modo en el que se conciben e instrumentan las campañas político electorales de la actualidad. No me parece casual, ni tampoco ingenuo, que el equipo del candidato Meade haya introducido el tema en tono de reclamo en el segundo debate del pasado domingo 20 de mayo. Me parece, en cambio, un golpe estratégico que, si bien no puede considerarse legítimo, perseguía —y sin duda lo consiguió— una finalidad muy clara: evidenciar “objetivamente” la pretensión de Andrés Manuel López Obrador de perdonar delincuentes.

La divulgación del tema en las mesas de opinadores a lo largo de la semana, así como los intercambios de opiniones en las redes sociales, muestran que la estrategia no sólo funcionó, sino que dio para que se recurriera a “expertos” —cuando no fueron los propios opinadores quienes, erigidos en tales, emitieron sus propias sentencias— que validaron el dicho del candidato priísta quien, por cierto, se negó a disculparse con Nestora y ha insistido en llamarla “secuestradora”.

La nuestra es una sociedad probadamente severa, sumamente prejuiciosa y por ello, muy sensible al llamado del populismo punitivo. Que la presunción de inocencia, una institución que debería estar implícita en la misma noción de justicia en cualquier país democrático, haya tenido que escribirse de modo explícito en la Constitución General de la República, no es sino la demostración del trabajo que nos cuesta pensar en que alguien que no ha recibido una sentencia condenatoria sea inocente y esté en capacidad plena de ejercer sus derechos políticos. Todavía hoy, incluso muchas abogadas y abogados, siguen pensando, por ejemplo, que Florence Cassez es culpable, y que su absolución fue objeto de “errores de procedimiento” que no tardan en justificar como corrupción o como incapacidad de juzgadoras y juzgadores.

Pero lo que ahora me interesa destacar es cómo la “denuncia” de Meade en el debate, pero sobre todo el espectáculo mediático montado en los días subsecuentes —incluidas las consabidas intervenciones de Isabel Miranda, Alejandro Martí y las presuntas víctimas de Nestora—, buscan tensar el ancla en quienes demandan pretextos para mostrar que el candidato puntero en las encuestas perdonará delincuentes, en quienes prefieren “creer” a “saber”, en un contexto en el que siempre será más cómodo asentar nuestras creencias en las coordenadas de nuestras propias preferencias, que aceptar lo que racionalmente las contradice.

Vale decir que el consejero presidente del INE, Lorenzo Córdoba, fue terminantemente claro en torno al tema: no hay razón para negar a Nestora que ejerza sus derechos políticos, porque hasta hoy no pesa sobre ella una sentencia condenatoria, ni tampoco porque tenga doble nacionalidad —que es el otro argumento, notoriamente discriminatorio, que se planteó sobre su caso.

Me cuesta trabajo pensar que los estrategas de Meade no supieran que su candidato diría, en cadena nacional, una mentira —incluso debió saberlo el mismo Meade que también es abogado; un simple ejercicio de control constitucional se lo habría hecho notar— y que la sostendría, muy a pesar de la posibilidad de ser objeto de una demanda, como lo ha anunciado Nestora. Lo que más bien me sugiere este hecho es que el cálculo fue pensado para producir una impresión inmediata en el electorado que aún no decide su voto, sin importar el costo que, después de todo y en todo caso, será facturado luego del primero de julio, con toda la intención de torpedear el liderazgo que, al menos en las encuestas, ha mostrado el candidato de “Juntos haremos historia”.

El mes que resta para la elección será crucial y nos dejará ver, muy probablemente, más de estos recursos. De un lado y de otro, la proyección de la imagen de los candidatos y nuestra capacidad para ver más allá de lo que los propios candidatos nos muestran, de sí mismos o de sus contendientes, terminará por asentar nuestras inclinaciones y por definir finalmente nuestro voto.

 

@LGlzPlacencia

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