¿La silla? o el escaño y la curul

Lo que hasta hoy se ha visto es que, mientras más recursos se usan para bajar la preferencia electoral por López Obrador, más se la fortalece. Debería ser inteligente dejar de usar esos recursos en una estrategia que no sólo no consigue lo que se ha propuesto, sino que, con cada burla, con cada denostación, con cada llamado a “razonar el voto”, aumenta puntos porcentuales a las preferencias electorales hacia su principal contendiente.

No tengo duda de que cada una de las personas que ha decidido su voto lo ha hecho porque siente, cree o tiene la certeza de que su candidato es mejor que los otros tres, y por ello, si la democracia entendida como una o un ciudadano igual a un voto está siendo representada por las encuestas, el candidato de Juntos Haremos Historia será el próximo presidente de la República. Aunque muchas personas esperan sorpresas, lo cierto es que encuentro difícil que al menos tres encuestas llevadas a cabo por profesionales muy reconocidos y respetados en su campo, es decir, las publicadas por Reforma, El Financiero y Bloomberg, se equivoquen al grado de que los resultados del 1 de julio disten notablemente de lo que han recogido entre la ciudadanía y que ha sido consistente en los último tres meses.

Para algunos analistas, la certeza de que las alianzas que están candidateando a José Antonio Meade y a Ricardo Anaya han perdido ya la posibilidad de llegar a la titularidad del Poder Ejecutivo, está redirigiendo los esfuerzos de sus campañas hacia el legislativo, donde esperan fortalecer sus partidos con miras a constituir las primeras minorías. De ser así, lo que veremos es a las y los candidatos al Senado y los congresos federal y locales metidos en una fuerte batalla por el sufragio de una ciudadanía que no votará por su candidato presidencial. En otras palabras, lo racional en este punto en los War Rooms de Meade y de Anaya podría ser bajar la intensidad a la campaña presidencial y subirla en las de sus candidatos a ocupar escaños y curules para buscar incrementar su presencia en las próximas legislaturas. Por una parte, eso implicaría cambiar la estrategia del voto útil por la del voto diferenciado; por la otra, significaría también incrementar las alianzas con quienes muy probablemente serán las y los nuevos interlocutores.

Supongo que ello depende de que las figuras cuya probabilidad de sentarse en la Silla del Águila se esfuman a pasos agigantados, acepten volverse fungibles; la verdad es que, ante la evidencia, podrían quedar a un lado para que el esfuerzo y el dinero que hoy se gasta en sus campañas sean colocados en otros productos cuya inversión sí reditúe. De hecho, lo que hasta hoy se ha visto es que, mientras más recursos se usan para bajar la preferencia electoral por López Obrador, más se la fortalece. Debería ser inteligente dejar de usar esos recursos —que son millonarios según reporta continuamente el INE— en una estrategia que no sólo no consigue lo que se ha propuesto, sino que, con cada burla, con cada denostación, con cada llamado a “razonar el voto”, aumenta puntos porcentuales a las preferencias electorales hacia su principal contendiente.

Luego del segundo debate Meade ha incrementado su presencia, pero ni él ni Anaya parecen haber conectado lo necesario para acercarse siquiera al puntero y lo cierto es que se antoja muy difícil que en cuatro semanas —y Mundial de futbol mediante— podamos ver un giro significativo en los números.

El escenario inmediato, por tanto, será interesante. Las próximas dos semanas serán de definiciones en los cuartos de guerra donde, les guste admitirlo o no, las encuestas son el mejor termómetro con el que cuentan los estrategas para saber lo que está ocurriendo en sus afueras. Cierto que el voto es impredecible, pero por lo que se ve, hoy, a diferencia de otras contiendas, las y los votantes tienen la piel más dura y no parce que se estén dejando influir por aquello que, simple y llanamente, nomás no hay modo de que les convenza.

 

@LGlzPlacencia

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