Los migrantes también son desplazados

El denominador común de todas las formas de violencia (criminal, económica y política) es la exclusión, y su resultado un genocidio de baja intensidad que se demuestra en la pérdida de vidas que, en el corto, el mediano y el largo plazo se produce por el abandono de grandes núcleos de personas a su propia suerte.

Todos los años casi medio millón de personas cruzan la frontera sur de nuestro país con la intención de llegar a los Estados Unidos en busca de trabajo, de un salario digno y de una mejor vida para sí y para los suyos. La mayoría de ellas y ellos son hondureños, pero también llegan guatemaltecos y salvadoreños a quienes se une un número considerable de mexicanas y mexicanos que comparten el mismo objetivo: atravesar el territorio nacional para finalmente cruzar el río Bravo y hallar un medio de sobrevivencia en el norte del continente.

Así ha sido durante años, aunque hay que decir que el incremento en la migración no documentada ha sido directamente proporcional a la pauperización que el modelo económico extractivista ha ocasionado justo en esos países, donde poco a poco las y los migrantes pueden considerarse también, y creo que principalmente, como desplazados.

En Centroamérica, como en México, la violencia tiene muchas caras; no es sólo la que se produce en los enfrentamientos a balazos o con las extorsiones y secuestros, de los que siempre es posible culpar a los “bad hombres”, sin considerar que detrás de la industria criminal hay también una responsabilidad por la promoción de formas de vida animadas por la corrupción y la dinerocracia; la violencia también es social y es política: es la que se vive como efecto de los múltiples deslizamientos que son producto de la mercantilización del mundo, que se expresan en los mega proyectos —las mineras, los parques eólicos, los enclaves turísticos, detrás de los cuales están las empresas de los hombres de cuello blanco— tanto como en las políticas reductoras del gasto social y enemigas de lo público, emprendidas por los líderes políticos de todos nuestros países.

El denominador común de todas estas formas de violencia, criminal, económica y política, es la exclusión y su resultado, un genocidio de baja intensidad que se demuestra en la pérdida de vidas que, en el corto, el mediano y el largo plazo se produce por el abandono de grandes núcleos de personas a su propia suerte.

En este sentido es que digo que las y los migrantes son desplazados. En consecuencia, es posible considerarles también como movientes en resistencia, comunidades que no suelen verse en su conjunto porque avanzan de a poco, pero que forman un amplio conglomerado de supervivientes que lo que buscan es ser incluidos, aunque sea del peor modo, en el modelo económico que los desplazó.

Los días anteriores vimos una expresión comunitaria de esos movientes en resistencia en la frontera sur y nos asustamos. El gobierno ha preferido contenerlos e incluso ha llegado a culparlos por no tener documentos y por plantar cara a los agentes migratorios, obviando por completo que, más adelante, seguramente, a los migrantes centroamericanos que logren pasar, se unirán compatriotas nuestros que enfrentarán igualmente el maltrato de los agentes migratorios estadounidenses. Pero más sorprendente aún ha sido la respuesta de las personas que, a través de las redes sociales, han mostrado a un México xenófobo, pero principalmente racista y clasista, que reproduce casi en escala de 1:1 los argumentos simplones, ignorantes e hipócritas que se escuchan en los discursos del presidente Trump. Por ello, más que la política del gobierno federal que siempre ha sido aliada de la norteamericana respecto a la frontera sur de nuestro país, debería preocuparnos, tal vez, la actitud absurdamente nacionalista de todas esas personas que se oponen a la caravana —¡que se rasgan las vestiduras ante el quebrantamiento de una ley de naturaleza administrativa!— porque ahí está el gen antidemocrático que conduce a la cancelación del respeto a la diversidad, hoy con motivo del origen nacional, pero mañana, también sexual, etárea, funcional, o racial, que desafortunadamente ya está andando en el ambiente social de muchos países y que es la chispa que anima al fascismo y a los totalitarismos.

Lograr que nuestra sociedad, la que vive y transita entre el Bravo y el Suchiate, sea una sociedad solidaria y respetuosa, es en lo que más hemos fallado.

 

@LGlzPlacencia

Close
Comentarios