Born losers: nacidos para perder

“Born losers” (1967) es una cinta dirigida y protagonizada por Tom Laughlin, en la que Billy Jack representaba no solo al antihéroe perfecto, también mostraba uno de los peores perfiles de la cultura norteamericana: el prejuicio y condena de la sociedad -además de las propias autoridades policiales-, a causa del racismo.

“Ilustración de Gabo Galicia”
Ilustración de Gabo Galicia

 

Para Brócoli, el primogénito de la hortaliza.

Durante mi lejana infancia, pasé la mayor cantidad de tiempo al lado de mi padre a razón de un largo periodo de convalecencia (de lo cuál di puntual reporte en la entrada “El Gran Tirano”); rebasada su larga recuperación, nos quedó la costumbre y complicidad de vagar juntos a cualquier lado, todo el tiempo, durante lustros. Uno de los pasatiempos favoritos de mi padre fue sin duda su amor por asistir a la sala oscura a la menor provocación. Este pasatiempo lo heredé con entusiasmo. Lo conservo hasta el día de hoy.

En la década de los ochentas existía en el corazón de la Colonia Bondojito el lúgubre recinto denominado “Cines Zodiaco”, que más que salas de cine eran verdaderos antros nada comparables a las coloridas cadenas de la actualidad. En esos muladares era habitual advertir las correrías de enormes ratas entre las butacas, o en el mejor de los casos, cucarachas en los baños. Eran terribles y acaso olvidables, exceptuando que con frecuencia tenían el tino de ofrecer al espectador nostálgico grandiosos ciclos de películas en estricta permanencia voluntaria. Gracias a los obsesivos asaltos cinéfilos en sociedad con mi progenitor, pude contemplar en pantalla grande piezas clásicas de la cinematografía como: Bullit; El bueno, el malo y el feo; la saga completa de James Bond; Los siete magníficos; Scaramouche; El Padrino; Casablanca; Doce en el patíbulo;  Lo que el viento se llevó; El Resplandor; Alien, y King Kong, entre cientos y cientos de joyas más. Y justo en esta época dio inicio mi irrenunciable devoción por el cine de acción.

Steve

Al año de 1983 le corresponde el notable apunte en negrillas, como la fecha de la primera película de acción en mi bitácora, pero sobre todo, no olvidaré que en esa maloliente sala contemplé boquiabierta al primer héroe inquebrantable e indomable. Esa tarde elegí al primero –y más querido- de todos los héroes que coleccioné al paso de los años: Billy Jack.

Born losers (1967) es una cinta dirigida y protagonizada por Tom Laughlin, en la que Billy Jack representaba no solo al antihéroe perfecto, también mostraba uno de los peores perfiles de la cultura norteamericana: el prejuicio y condena de la sociedad -además de las propias autoridades policiales-, a causa del racismo.  El estoico y apacible personaje de Laughlin era un solitario veterano de la guerra de Vietnam que sólo deseaba estar en paz (lo siento, Stallone, antes de tu Rambo existió un héroe con el doble de carisma). Una banda de oligofrénicos motociclistas comandada por Danny (Jeremy Slate) recorre pequeños poblados californianos en busca de violencia gratuita, abusando sexualmente de cuanta chica se cruza en su camino sembrando terror sin razón o móvil. Estos rufianes no se muestran de ninguna manera como hijos del desencanto, sencillamente son hijos de puta que disfrutan contemplar borbotones de sangre. Mejor aún si son provocados por ellos mismos. Billy Jack no fue un héroe fácil, careció de los elementos explosivos que convierten a uno en leyenda. Nunca tuvo elementos carismáticos o distintivos que hicieron de Indiana Jones -por citar un ejemplo- la estrella de acción favorita de legiones, durante décadas. Ningún súper poder a la vista. Estéril hablar sobre trajes u objetos especiales que nos hicieran ganar la partida al identificar su silueta en un juego de mesa cualquiera. El personaje entrañablemente interpretado por Laughlin nos mostró al prototipo y antepenúltimo escaño de la sociedad norteamericana: un  hombre con sangre india de pinta inconfundiblemente rural. Como es de suponer, el melancólico héroe rescata a la chica en apuros, ejecuta al antagonista y restaura el orden social haciendo cabal ejercicio de su profundo sentido de justicia sin recibir un “gracias” a cambio. Su condición social lo obliga a permanecer en la oscuridad del anonimato, a continuar el camino sin recompensa o reconocimiento.

Tráiler de Born losers exhibido en 1968 

Recuerdo que durante las escenas más violentas, mi padre tapaba mi rostro con su chamarra y sólo me descubría cuando la sangre o los golpes menguaban. Esa tarde hice trampa para contemplar cada secuencia hasta el final. No entendía la crueldad de las personas que trataban con tanto desprecio a Billy, mucho menos que lo menospreciaran por su color de piel, si la mitad de mi familia era de piel morena  y nadie los escupía en la vía pública, ni se les acusaba injustamente como a él. No entendí mucho, pero convertí a Billy Jack en mi héroe de acción favorito. Lo fue antes que mi adorado Dragón Bruce Lee (a él me tocaría conocerlo meses después en una permanencia voluntaria de cinco cintas justo en la misma sala), o el mismísimo Harry Callahan, Billy estuvo ahí mucho antes de que aparecieran en el horizonte Frank Bullit, Ellen Ripley, Martin Riggs, Paul Kersey, Matt Hunter, Sarah y John Connor, o el cínico John McClane.

Bruce Lee

También recuerdo que lloré hasta la ronquera por “Kathy la Oruga” absolutamente en vano… teníamos boletos para “Fuerza Delta” de Chuck Norris y no existía posibilidad de negociación al respecto. A ninguna niña que yo conociera en esa época se le negaban gustos tan elementales como ése, sólo a mí, nada más a mí. Tendría que alcanzarme la adolescencia para tener el gusto de descubrir el emporio Disney; lamentablemente, el mal ya había echado raíces de tal manera que la tragedia de Bambi me provocó abulia absoluta. La primera hemorragia incontenible de tristeza había tenido origen años antes cuando descubrí al trágico Alex Murphy y la cruel historia donde le fue arrebatada vida y humanidad, para convertirlo en un robot a quien nunca se le permitió olvidar la naturaleza humana de su corazón, en la icónica cinta de Paul Verhoeven: “Robocop”.

Mi historia favorita de 1987: Robocop

 

He reflexionado últimamente acerca de la necedad de mi padre por jamás llevarme a disfrutar cine infantil, trato de recordar lo que yo pensaba en esa época y sobre todo, si fui una niña feliz. La respuesta a lo anterior es simple en su obviedad. Fui tan dichosa como cualquier hija que crece como la niña de los ojos de su padre, con la única diferencia que pude comprenderlo en su real dimensión en mi adultez. Fui feliz, pero distinto, eso es todo.

Crecí como lo hace un varón, lo cuál no va del todo mal, aunque en su momento tantos conflictos me ocasionara.

Crecí en el total desconocimiento de hadas y príncipes, de Barbies bulímicas y orugas retardadas que, para ser felices, era menester se convirtieran en mariposas, pero no como una consecuencia biológica, sino para dejar claro que la belleza es el único camino posible. Lo que soy hoy día indica que acaso me hicieron falta muñecas, peluches, inocencia y ternura salpimentada en color pastel. Durante mi niñez lo lamenté en la misma medida en la que hoy celebro y agradezco a mi padre por la aspereza con la que aprendí a crecer en el mundo.

Charles Bronson

Crecí entendiendo que esta sociedad se encuentra plagada de sociópatas, engendros hambrientos, violentos e insaciables  cuya fuerza motriz es alimentada por la sinrazón.

Crecí preparada para enfrentarme al mundo de los duros pero confiando ciegamente en que también existen seres desprovistos de poderes gamma o armas nucleares, pero bondadosos y valientes como Billy Jack (quien continúa siendo mi favorito porque es tan de huesos y carne, que me he encontrado humildes versiones como la suya en esta vida que no termina).

Crecí con la certeza que nada es color de rosa, en el entendido que muchos pierden porque más de los que somos capaces de reconocer nacimos más que para ganar supervivencia. Y eso es mucho.

Mi vicio incurable por el séptimo arte ha sido transmitido vía intravenosa a mi hijo mayor, principalmente. Nunca dudé en iniciarlo en rumbo conocido cuando cumplió seis años. Su primera cinta violenta fue Battle Royale”, del director japonés Kinji Fukasaku. Quizá la vimos cuatro o cinco veces, probablemente él tenga mejor memoria que yo. Quizá mi primogénito recuerde al paso de los años que a diferencia mía, en su caso no hubo obstáculos visuales que evitaran perdiera detalle a cada secuencia del film. Quizá en un futuro me reproche por haberlo expuesto a tanta violencia innecesaria. No lo sé. Medio mundo me lo ha reprochado ya. Aunque me gustaría que recordara la genuina complicidad de nuestros ojos frente a la pantalla, mientras devorábamos la cantidad de palomitas necesarias para provocarnos una embolia irreversible. Me gustaría que recordara que al margen de todo y a pesar de todo, ambos pertenecemos a la misma estirpe nacida para perder, pero con la ventaja de tener en nuestro poder boletos exclusivos en la primera fila de nuestra vida, que es tan parecida a una espectacular película de acción.

battleroyale

América Pacheco.

 

Nota importante: Agradezco a mi ilustrador de cabecera Gabriel Galicia (@gabogalicia) por haber realizado un homenaje gráfico a Billy Jack tan chingón. Gracias, gracias, gracias… me conmovió profundamente.

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Comentarios

  1. Angelica Longinos De Gonzalez

    Me gustó mucho como cuenta tan entrañable historia yo hasta apenas hoy tuve la oportunidad de ver este filme completo por la ineludible censura que mis padres también me me imponían sin embargo uno de las reflexiones que mas me fascinó de lo que comenta es que yo también he podido encontrar a héroes de carne y hueso como lo era Billy Jack, taciturnos, modestos pero al fin y al cabo con mucho garbo y orgullo y sobretodo con un corazón tan noble que nunca quisieras separate de él.