Saudade o la estética del dolor

Tú sabes que fui honesta todas esas veces que tomé tus manos y prometí que saldríamos juntas de ese hospital, y que saldríamos bien. Te fallé, mi niña. Fui incapaz de cumplir mi promesa. Te pido de rodillas me perdones.

Blog América 2 tina

“En el momento en que sufrimos, parece que el dolor humano es infinito. Pero ni el dolor humano es infinito, pues nada de lo humano es infinito, ni nuestro dolor tiene otro valor que el de ser un dolor que nosotros sentimos”.

-Fernando Pessoa-

Para Araceli y Rodolfo, padres dadores de amor infinito.

Niña mía…

Tú  no  lo  sabes, pero el 25 de agosto de 2011 publiqué un texto que hubiera preferido no haberlo escrito porque en él compartí con los lectores de este espacio una pérdida irreparable. En esa vieja publicación di cuenta con detalle de la naturaleza del vocablo saudade.

Te explico…

Saudade proviene de la lengua portuguesa y no tiene una traducción contundente al idioma español. No existe un claro consenso acerca de la raíz que la origina dentro de los diversos análisis etimológicos que datan desde el siglo diecinueve. Sin  embargo,  el  vínculo más fuerte que tiene, es en definitiva, con  el  lenguaje  literario. Saudade es un virtuoso adjetivo, un galimatías fonético, rico en plástica que se amalgama como pocos en las más nostálgicas composiciones poéticas porque viste con elegancia y de pies a cabeza, a la más profunda tristeza. Aunque no debes confundirte, porque no significa  tristeza, la tristeza es sólo la rama del frondoso árbol. Saudade es una alteración emocional –o dicho más claramente- es un proverbio de las  emociones.  Es  la  ausencia  de la felicidad, más que la cruda infelicidad. Saudade es el color  del  aura  de  la  cultura  portuguesa. Es la partitura de su incomparable canto. Se le atribuye la raíz solitate  (soledad) o saudá (del árabe: desánimo, mal de amor), entre otros arcaísmos medievales. Ninguna raíz es clara y por ende, no tiene traducción a ningún idioma. La aproximación  más tangible que tuve para entender pálidamente a la saudade, es precisamente la que  encontré en  la  obra del escritor portugués Fernando Pessoa. Aunque de ninguna manera es limitativo. Saudade es una corriente literaria, filosófica e incluso, antropológica. Eso es. Eso hay ahora en mí, chiquita.

Pero lo que sí sabes dolorosamente bien, -y haciendo a un lado momentáneamente el tema- es que el 25 de marzo de 2013, experimenté EL dolor, una pérdida más dolorosa y la recaída estrepitosa en el sofocante y oscuro pabellón de la saudade. El lunes 25 de marzo, pasada la una de la madrugada, tú, mi pequeña Zacnité, dejaste  de  respirar. Me cuenta tu madre que, con el orgullo y dignidad propios de la estirpe que provienes, blandiste pañuelo blanco en inminente derrotero justo en medio del campo de batalla de la implacable guerra que sostuvo en tu contra el cáncer, durante  un  año  siete  días.  Sólo tú y nadie más que tú eres capaz de imaginarte del estado letárgico en el que me encuentro mientras escribo estas líneas. El oxígeno que respiran mis pulmones es abrasivo. Tu pérdida es una de las que uno sabe que jamás volverá a ser el mismo, porque te llevaste mi última oportunidad de -al fin- conocer el color, la tesitura de la fe. Tu valentía y confianza en que sortearías favorablemente tu enfermedad, me hizo creer más de una ocasión que quizá existieran esos portentos restauradores que en algunas culturas se les conoce como milagros. Hoy día sé que no existen. Durante un año siete días mi fe se mantuvo encendida como débil llama del candelabro. Tú sabes que fui honesta todas esas veces que tomé tus manos y prometí que saldríamos juntas de ese hospital, y que saldríamos bien. Te fallé, mi niña. Fui incapaz de cumplir mi promesa. Te pido de rodillas me perdones.

También discúlpame por no asistir a los ritos que se organizaron con el propósito de ayudarte a encontrar un camino a no sé dónde.

No puedo, no pude, no quise y no quiero.

Estuve a tu lado las veces que pude y tristemente sé que fueron pocas, tengo la certeza de que pude haber estado más tiempo a tu lado en ese hospital, pero no lo hice. Siempre tuve cosas qué hacer. No sabes ahora cuánto me arrepiento. Aunque de lo que no podré arrepentirme nunca es que intenté, te juro que intenté hacerte reír, escucharte en tu insomnio sin cuartel, atenderte en las necesidades más íntimas y de eso me siento muy orgullosa. Junto a ti aprendí que un enfermo pierde más que la salud cuando su cuerpo es atacado por algún doloso padecimiento. Asimismo se pierde la pena, la intimidad, el pudor y muchas tantas veces la dignidad. Una de la muestras de amor más nobles que existen se traducen sencillamente en estar ahí, presente e impávido, cuando un ser querido todo lo pierde.

Te amé con nobleza extrema porque te peiné con ternura en tu lecho.

Te amé porque di masaje a tus piernas cuando tus músculos se atrofiaban por el prolongado reposo absoluto.

Te amé cuando humecté tus delicadas manos de niña que se resecaban en exceso a causa de tantas soluciones y pinchazos.

Te amé cuando te llevé al baño mientras cargaba a cuestas el aparato que monitoreaba tus signos vitales.

Te amé cuando limpié tu vómito después de esos incontrolables ataques de nauseas provocados por la quimioterapia.

Te amé mientras cambié tu cómodo una y otra vez en la madrugada.

Te amé con el corazón entero cuando medí la cantidad de mililitros de orina que desechabas cada tres horas para entregarle el registro a la enfermera de las seis de la mañana.

Te amé cuando hice mi mejor esfuerzo por convencerte de comer el repulsivo menú del hospital para que a final, terminara por darte de contrabando algún alimento prohibido de la cafetería.

Te amé con estoicismo al contemplar el deterioro de tu organismo sin hacer un solo gesto. Te amé cuando ahogué tantos gritos. Te amé abjurando de quien todo lo ve, lo juzga y destruye por permitir que alguien como tú sufriera de esa manera tan violenta.

Te amé tanto y lo sigo haciendo de tal manera que todo lo que hice por ti es poco y lo volvería a hacer mil veces con tal de que estuvieras aquí. Con tal de que nunca nos hubieras abandonado. Sé que muchas personas no son capaces de entender la clase de amor que se necesita para no soltar, consolar, cantar, limpiar, sonreír, y para estar cuando todos se alejan, cuando permaneces a pesar de que todos -excepto los más cercanos- se han marchado.

Entiendo a tu madre cuando dice que lo que todos ven en ella es un holograma, una estampa mecánica que de manera funcional sonríe, camina, cocina, y abraza. Lo que la gente ve de nosotras no es otra cosa que un espejismo. La saudade que nos invade es atroz, mi niña, es infernal, lastima profundo y no existe salida a la vista.

A veces me miro al espejo y me pregunto qué soy o en qué me he convertido desde que marchaste. La repuesta es un eco atonal. Camino, trabajo, pienso, escribo y con titánico esfuerzo respiro. No soy yo, ésta que escribe. Me fugué a un rincón que sigo sin descubrir, lo lamento…olvidé tirar las migajas en el sendero. Tengo la certeza que eventualmente regresaré, aunque confieso que ignoro por completo convertida en qué.

Pienso en tus últimas palabras a mis oídos: “yo también te amo, tía”. Supongo que saber que me amabas debería consolarme de alguna manera. No estoy segura que sea suficiente. Lo siento. No me conformo con tan poco. Dime tú, ahora que te encuentras del lado donde nadie sangra ni lastima, qué hago para olvidar la espesura del desencanto que descubrí en tus ojos la última vez que te contemplé tan enferma, tan devastada, tan perdida, con el corazón fracturado y aún así latiendo con doloroso esfuerzo. Dime cómo encuentro el consuelo a tu silencio sin orillas. Dime que son tus pequeños dedos los que me tocan el hombro cuando me azota el miedo o el llanto. Dime que eres tú abrazándome en la penumbra. Dime por piedad que esta saudade terminará pronto, que no mutará en un preludio del infierno.

Tómate tu tiempo para responderme. Yo te estaré esperando como siempre, cada noche en vigilia, con la llave de mis sueños en la mano. Fíjate bien, el llavero cuelga junto a la puerta y tiene grabado tu hermoso nombre maya. Zacnité: mi hermosa flor blanca.

Blog América 1

América Pacheco. 

 

Close
Comentarios