Crónicas bucólicas

Ahora soy una rata de campo. Soy exactamente lo que juré jamás convertirme, mi vida actual es el equivalente cuántico de convertirme al americanismo. Una afrenta a mi naturaleza citadina, rezongona y elitista.

Para Mauricio Del Castillo, por hacerlo posible.

 

Durante treinta y nueve años desempeñé con holgura el escaño social de rata de ciudad. Y no cualquier rata, la mitad de semejante lapso de tiempo tuve la puntada vaciladora de convertirme en Godínez, y no por convivir, más bien para sobrevivir. Dediqué 15 años de mi vida laboral al campo del comercio exterior, lo que se traduce a que las únicas habilidades disponibles en mi currículum vitae giraban en torno a los campos agrestes de las importaciones, exportaciones y ese maldito infierno en la tierra conocido como logística en cadena de suministro. Durante tres lustros formé parte de la facción Godínez defeña con toda la gloria y pena que ello implica; lo espeluznante del tema es que grité tantas veces a los cuatro vientos que mi vida era perfecta, que primero muerta antes que abandonar la ciudad por la que desdeñé el primer mundo. Podría jurar ante siete alteres distintos que esta confesión conflictuará a mis lectores tanto como la extinción de los mandriles albinos culo colorado. Sin embargo considero necesario acotar lo anterior y compartir con ustedes lo vergonzoso que resulta ese inexcusable hábito de escupir al cielo. Les comparto mis angustias con la seguridad de que pocas cosas alimentan tanto al espíritu como las desgracias del prójimo.

Todo comenzó por culpa de las letras. A los 33 años recién cumplidos, en vez de a primaria ingresar, comencé con titubeantes primeros pasos en la escritura. Un puñado de crónicas publicadas en Milenio Diario sirvieron de bautizo. Después vendrían La Mosca, Replicante Cultural, Animal Político, Panorama Cultural, Frente y finalmente: Revista Etcétera. Comencé sin darme cuenta a llevar una doble vida. Me convertí en el bicho raro de la oficina: Es que lee, “Calla, pendejo: ¡También escribe! –murmuraban los ingenieros a mis espaldas durante nuestros esporádicos encuentros en la máquina de café. Aunque parezca un exceso, juro que es verdad: he sentido en carne propia ser portadora de peste bubónica. Al principio pensé que podría sortear con dignidad mi doble vida, mis desvelos constantes, mi completo aislamiento social en la oficina. Ocupé las horas libres y de comida en encontrar ideas, y convertirlas en historias mientras el ingeniero Márquez y el contador Santa Anna trataban de explicar a un zombie en piloto automático un nuevo análisis six sigma. El crimen no paga, las esposas no perdonan un desliz, y la naturaleza humana contenida en un frasco termina por romper el cristal en dos millones de diminutos añicos.

Gracias a la misteriosa corazonada que tuvo la directora creativa de una agencia de publicidad, en que yo tenía las habilidades suficientes para sacar adelante un proyecto nuevo para la firma, tuve en mis manos una oferta de trabajo. La primera en negarse a tomar ese proyecto fui yo, digo, hasta mi cinismo tiene límites y la capacidad de reconocer que mis conocimientos en publicidad eran los equiparables a los que tiene el pez gato en la ciencia trascendental conocida en algunas culturas como Feng-shui. No pregunten de qué caja de lego armé el navío cargado de la suficiente valentía y descaro para aceptar la enajenada propuesta de aquella buena mujer, pero lo hice y, contrario a cualquier pronóstico desalentador, año y medio después abandoné el cubículo que ocupé 10 años y vales de despensa acumulables, para emprender la más fascinante de mis aventuras desde aquella vez que subí a un autobús repleto de prostitutas a la media noche en París. Me costó entender que la publicidad es la piscina en la que nado con soltura y habilidad olímpica. Cambié mi vida por completo gracias a una serie de eventos afortunados. Y por primera vez en años, los murmullos junto a la máquina de café sobre mi condición de rareza de circo cesaron por completo. En mi nueva chamba todos somos raros y algunos hasta genios.

PERO ESTA NO ES UNA HISTORIA DE SUPERACION PERSONAL.

Poco antes de renunciar a la ex cueva de Lémures (o ingenieros, da igual), acepté la propuesta de Víctor, el hombre que ahora es mi compañero de vida para mudarme a Guanajuato, capital de la momia y la charamusca para formar una familia. Se me hizo fácil. Creí que todo estaba resuelto, tenía al fin el trabajo y el güey soñados, pensé que el home office me rescataría de la imperdonable pausa que sufrieron las contribuciones semanales a mi tan olvidado blog en animal político, creí que el libro de crónicas recién comenzado se publicaría antes del verano, y que Papá pitufo mandaría a la verga a Pitufo Tontín. No señor, Gargamel sí existe y son los papás.

Víctor y yo escogimos una casa de campo, campo, campo. Pero campo. Nuestra hermosa casa se encuentra a veinte minutos en auto de la ciudad y para llegar a ella es menester cruzar la cañada. Aquí tenemos nuestra imitación del triángulo de las Bermudas calidad de exportación. Los túneles que tragan al paseante harían palidecer de codicia a Joaquín Guzmán. Veinte minutos de silencio y terrorífica estática nomás para salir a comprar un suavitel de a cuarto. Al principio aprecié las ventajas de vivir en una calle sin pavimento, muros, casas ni vecinos. Hasta que llegó el cabrón de la motosierra. Ojalá la vida me alcance para descubrir la identidad del truhán cuya terapia ocupacional consiste en usar una motosierra durante 6 horas continuas. Seguro ha desforestado alguna sierra protegida por jipis ambientalistas. Quizás parezca poca cosa, pero cuando vives en medio de la nada, el sonido viaja a la velocidad de la risa, a sonoras carcajadas directo al oído. La tortura perfecta para un sujeto de mis credenciales. Imposible leer, concentrarse, escribir. Al tiempo descubrí que también existe un anónimo cristiano que cría vacas no sé dónde, pero existen días cuyo terror asfixia la sensibilidad de este sensible corazón. Apostaría mi reino sin cortinas de humo que las pinches vacas toman clases de canto. Cantan arpegios como logradísimas mezzosopranos. Darles de beber mezcal a estos animales considerados como sagrados en algunas culturas más avanzadas que la nuestra, debería de considerarse como un crimen de lesa humanidad.

El primer gran antagonismo que su dios que todo lo escupe y calcina depositó en el buzón donde recojo las buenas nuevas, consistió en descubrir que no existe manera legal de hacerse de una buena conexión a internet. Acá no es territorio Slim. En Guanajuato capital, Telmex tiene la misma cobertura y alcance de servicios de banda ancha que la de Radio Platanito Honduras. Imaginen por un instante que su trabajo depende 100% de una buena conexión a internet, pero el estado en el que viven está gozando en pleno la década de los noventas. Hemos agotado todas las alternativas con compañías celulares y servicios de cable; al parecer, la última vez que hubo líneas telefónicas disponibles coincidió con la gubernatura de Carlos Madrazo Becerra en Tabasco. La última factura del plan de datos que tengo contratado con Telcel ascendió a la módica suma de 5,000 pesotes mexicanos a cuenta de un pinche mes de consumo extra de datos. Es triste descubrir después de una mudanza sin retorno que esta ciudad carece de librerías, ortopedista, tienda naturista, puestos de revistas, cines, estéticas, taquerías y toda esa gama de negocios que ninguneamos en nuestra cotidianeidad, pero que cuando faltan o tienes que desplazarte a la ciudad más cercana a encontrar un servicio básico, aprendes a valorar al carnicero de tu cuadra. Jamás pensé que extrañaría tanto un Sanborns, un Office Depot, una flotilla de bicitaxis, un Fogoncito y un Liverpool. El único Vips de la ciudad acaba de quebrar, al parecer, el local será ocupado por la Farmacia Guadalajara número 56,098 del estado. Cambié la niña oligofrénica que compra lavadoras, microondas y fierro viejo, por la tranquilidad bucólica de la naturaleza y sus veinte culebras de tres metros que te acechan cuando intentas sacar la basura después de las 5 de la tarde.

Paso tanto tiempo sola que a veces pasan dos semanas con sus lunas violentas sin que tenga la oportunidad de charlar con sujetos de carne y hueso, exceptuando los dos hombres que habitan la casa. La soledad me muerde limpiamente, sin dejar vestigios sanguinolentos o marcas visibles. Ahora soy una rata de campo. Soy exactamente lo que juré jamás convertirme, mi vida actual es el equivalente cuántico de convertirme al americanismo. Una afrenta a mi naturaleza citadina, rezongona y elitista.

En uno de mis últimos viajes a mi amada Ciudad de México -con el exclusivo propósito de pasar el año nuevo-, caí en cama víctima de algún virus mutante que obligó a extender mi estancia una semana y media. Pensé que disfrutaría esta azarosa casualidad, al margen de la gripa galopante. Pero de alguna manera entendí que muté yo, no el virus –viejo conocido- que gusta de venir a jugar en el solar de mi sistema inmunológico cada invierno. Durante mi convalecencia no pensé en otra cosa más que en regresar. He sido poseída por el espíritu de la montaña. He descubierto que los incomparables crepúsculos de la terraza de nuestro estudio me tienen empachada. De alguna manera las montañas le inyectaron yumbina a mi tinaco.

Ayer salí a caminar a los alrededores ya con los pulmones robustos. Pasé a acariciar a los dos perros que cuidan un terreno cerca de casa. Les lleve galletas y pellizqué sus orejas. Recorrí el sendero que me enseñó a descubrir los hormigueros, porque jamás había visto uno, por estúpido que parezca.

Hice una pausa en el trabajo y caminé a la parada donde el transporte escolar deja a mi pequeño habitualmente. Quise esperarlo ahí, en medio de la nada y un campo de fútbol. Cuando bajó del transporte, corrió feliz a mostrarme el horrendo dibujo que una chica de cuarto año le metió en la mochila. Me preguntó si había hecho algo de comer y contesté que no tuve tiempo, pero que podíamos caminar un kilómetro a comprar una pizza. ¿Ya acabaste de trabajar, mami? No, pero podemos llevar a la oficina con nosotros. Sonrió grande, grande.

Quizás esta rata de ciudad desee quedarse largo tiempo en el campo carente de glamour, museos, librerías, tacos de tripa, familia, amigos y buena vida. La culpa de todo la tiene un pequeño que es feliz como nunca antes porque su madre le abre la puerta al regresar del colegio y le promete tardes colmadas de historias habitadas por serpientes, hormigueros y más peperoni. Todo el que pueda soñar.

 

@amerikapa

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