Un amigo para la orgía

El escritor coahuilense Carlos Velázquez describe a Wenceslao Bruciaga como un cronista incombustible, un narrador melómano e incendiario y como uno de los pocos gonzoperiodistas que realmente vale la pena leer porque la fuente de su escritura proviene de los agujeros más agrestes del underground gay punk, no desde la comodidad de un escritorio.

Un amigo para la orgía
América Pacheco

“I believe that one defines oneself by reinvention. To not be like your parents. To not be like your friends. To be yourself. To cut yourself out of Stone”.
Henry Rollins

 

Hombres raros

Conocí a Wenceslao Bruciaga (Torreón, México) hace cuatro años en la presentación de su novela Funerales de hombres raros en la vieja casona de Donceles 66 donde habita la Editorial Jus. Textos como Funerales son fundamentales para tener un vistazo certero la rudeza del amor, del sexo gay. Sin saliva ni vergüenza. Sin victimización o culpa o preservativos existenciales. Guillermo Fadanelli y Rodrigo Márquez Tizano presentaron con humor y complicidad esa entrañable y honesta novela autobiográfica, autoría del homo-sexy-lagunero Wenceslao Bruciaga. En el afterparty tuve la suerte de compartir mesa con Miguel, el dueño de La perrera, célebre centro recreativo-gay-leather donde dicen los que saben, convergen los amantes del bondage, sadomasoquismo y afición por la orgía homosexual. Miguel me contó que La perrera es un lugar íntimo, no un lugar abierto al público en general. Los asistentes deben ser conocidos o ser aceptados mediante un filtro que él personalmente se encarga de ejercer. Nadie más que él decide si un extraño puede obtener pase de entrada a la exclusiva azotea que alberga el sueño hecho realidad del fanatismo leather. Le conté a Miguel acerca de mis credenciales de cronista aficionada, y que sería muy feliz si llegara el día de tener la oportunidad de contar con mis propias palabras lo que albergaban las paredes de la perrera. Contestó con educación que sería una buena idea –probablemente movido por la candidez propia del imbécil. Juré contactarlo para concretar una visita. Han pasado 4 años de esa charla. Nunca lo volví a ver.

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SO.DO.ME.

Cuatro años después de aquella charla con el dueño de La perrera, acudí a la irresistible oportunidad de armar bulto y porras en la presentación de Un amigo para la orgía del fin del mundo, libro que Discos Cuchillo antologa los mejores textos de Wenceslao a lo largo de los 10 años de existencia de la columna semanal que alimenta el morbo y fascinación de los lectores rosas de Milenio Monterrey: El nuevo orden. La cita de la presentación ocurrió en el lugar por el que muchos matarían por entrar, tantos o más de los que desearían poder salir. El SO.DO.ME. Bath House es un recinto tan inquietante como sugerente. Su categoría de sauna gay no resultará apetecible para el ciudadano heterosexual promedio, sin embargo, para los amantes del sexo anal, este peculiar sauna podría representar el Dorado del buscador de la fantasía homosexual perfecta. El edificio de tres pisos ubicado en la Avenida Mariano Escobedo, Colonia Anzures se distingue por su elegante decoración. En días de operación normal, se prohíbe tajantemente la entrada a mujeres y hombres con ropa. La vestimenta obligatoria es un minúsculo short-toalla y sandalias. No más. En el primer piso se encuentra la barra, pista de baile, jacuzzi y regaderas traslúcidas dónde strippers, aqueos y troyanos están autorizados para deleitar a cualquiera que desee ver un show profesional o improvisado. Aunque lo perturbador se aloja en los pisos segundo y tercero.

 

Mientras Karen Sáinz y yo nos internábamos en las profundidades del laberinto que alberga en su interior el cuarto oscuro, llegamos a la conclusión que el SO.DO.ME. era sin dudas la versión high level y fancy del Rectum, el club homosexual sadomasoquista que perturbó a toda una generación gracias a la cinta Irreversible, del argentino Gaspar Noatán.

Después de la presentación a cargo de Julio Patán, Valerie Miranda y Gabriel Sierra, fuimos guiados por nuestro Virgilio particular a conocer el salón dónde se celebran las fiestas de espuma de 12:00 a 4:00 de la mañana. Conocimos la jaula masoquista, el sauna y el Glory Hole. De acuerdo a versiones confiables, el interior de los cuartos oscuros se lava a presión de agua cada dos horas debido a la cantidad de secreciones expulsadas por doquier producto de salvajes orgías. Vimos películas porno gay proyectadas en sofisticados monitores y bebimos nuestros tragos casi como en Cinépolis VIP en los mullidos lofts de cuero. Hasta que recordamos el propósito y uso de tan confortables divanes y preferimos salir a respirar otros aires. La vista del Glory Hole es incómoda cuando comprendes a cabalidad que los agujeros a desnivel que se encuentran en medio de esa falsa pared retan a que tu imaginación viaje muy lejos.

 

A la hora de despedirnos del lugar, las mujeres fuimos advertidas que habíamos sido testigos de un hecho histórico en los nueve años de existencia del sauna: ninguna mujer había entrado anteriormente y pensaban seguir cumpliendo con esa máxima inexcusable. Aunque a mi marido le guiñaron el ojo y lo invitaron a regresar cuando quisiera. Todas la veces que deseara.

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Un amigo para la orgía del fin del mundo

Leí Un amigo para la orgía del fin del mundo durante un viaje en carretera de vuelta a casa. No pude encontrar mejor compañía después de superar una jodona crisis de identidad creativa. Amé cada porción del libro, desde el prólogo de Roberta Garza, hasta el último dardo del tercer capítulo. El lenguaje que utiliza Wenceslao en el ejercicio del sano oficio de narrador y periodista es tan honesta como valiente. Ha llevado muy lejos su capricho de cronista del under gay porque se atreve a vivir y explorar un ecosistema del que pocos se atreven exponer a la luz solar. Se ha alejado a paso redoblado del activismo gay con la misma que de cualquier cliché de género lastimosamente popular por su mojigatería 2.0. Ser gay, norteño, imprudente, punk, contestatario rebelde y hocicón, le ha acarreado una legión de archienemigos, pero la piel de Wences es demasiado dura, y los haters que se empeñan en denostar la artillería pesada que distingue sus crónicas no han hecho más que abonar sus principios a los que abraza con orgullo y rotunda felicidad. Escribe sin respiro mientras sus detractores dibujan ochos con las nalgas en el piso. En Un amigo para la orgía del fin del mundo no se habla de matrimonio homoparental, activismo y diversidad, porque encuentra mayor relevancia en contar la infiltración del autor al programa católico Courage, cuyo único y férreo propósito es de curar la homosexualidad por medio de terapias reparativas y de método pastoral 100% espiritual basado en la fe cristiana y la castidad. El testimonio es brutal.

El lector no familiarizado con el término Bareback puede tener acceso a esta modalidad de contacto sexual (orgías, pues) popularizada en San Francisco dónde el sexo sin condón se practica con el único propósito de contraer VIH. Gracias a que Wenceslao entrevistó a un ejecutivo del Canal de Videos que “hacía del bareback una suerte de filosofía anarquista” tuvo la oportunidad de entrar a un set de grabación y constatar que muchos de los actores habían firmado una autorización para salir a cuadro sin remuneración económica y que muchos, muchos de ellos aceptaban practicar sexo sin protección para jugar una personalísima ruleta rusa.

Wenceslao desafía la mojigatería políticamente correcta de la comunidad gay que centra su fuerza, lucha y energía en impulsar el matrimonio igualitario, la adopción de niños y el reconocimiento de la unión de estas uniones ante la ley de Dios sin reparar que al elefante dentro de la habitación llamado VIH no se le notan demasiados ánimos por salir de ella: “Susan Sontag escribió en el ensayo El SIDA y sus metáforas: ‘Al igual que otras enfermedades que implican sentimientos de vergüenza, el SIDA es a menudo un secreto’. La comunidad gay focaliza sus esfuerzos por acercarse al modelo heterosexual de aceptación social y mantener bajo llave el ‘secreto que parece resguardarse detrás de una comunidad gay cada vez más aparente y cotidiana’. Cuando el péndulo vuelva al extremo conservador y el mainstream les de la espalda, estarán culturalmente desarmados”. Escribe. Es fácil entender la animadversión que han provocado todas y cada una de las crónicas que componen tan singular antología.

El escritor coahuilense Carlos Velázquez describe a Wenceslao Bruciaga como un cronista incombustible, un narrador melómano e incendiario y como uno de los pocos gonzoperiodistas que realmente vale la pena leer porque la fuente de su escritura proviene de los agujeros más agrestes del underground gay punk, no desde la comodidad de un escritorio. Wenceslao no imagina: él se pincha, se arrastra, lame sus heridas, las escupe, pelea a puñetazo limpio por ellas y no deja que complacencia propia o ajena lo suture. Pocos saben que cuenta con el súperpoder de la regeneración. Igualito que un mutante, pero uno entrañablemente real, obsceno y violento, sí. Pero de una entrañabilidad atroz; imprescindible en este mundo de canallas.

 

@amerikapa

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