Este Cuévano que ves

Al mudarme a Cuévano no comprendí en toda su magnitud el tamaño de cambios que tendría que implementar de tajo a mis hábitos. Por ejemplo, en D.F. vivía a una cuadra del Periférico y a cinco minutos de una estación de Metro. En mi nuevo hogar que se encuentra a tres pasos de la caseta de entrada a la ciudad, es más fácil encontrar un cerro o un mapache a una tortillería.

“a quien en el cantón conocíamos como ‘eligio’, para no tener que decirle eligio de puta“.

Jorge Ibargüengoitia

 

Mi nombre es América Pacheco y aunque nací en la ciudad de México, he vivido en el Cuévano profundo los últimos cuatro largos años de mi vida. Para aquellos que hayan vivido dentro de una cueva sin WiFi o bibliotecas a su alrededor, es importante aclarar que la ciudad de Cuévano no existe. En el mundo real, tan simpático vocablo no es nada más que un sustantivo masculino que hace referencia a un canasto de gran tamaño, hondo y poca más anchura de arriba que la de abajo, confeccionado a base de mimbres. Sin embargo, todas aquellas almas afortunadas que leímos la novela “Estas ruinas que ves” de Jorge Ibargüengoitia, sabemos que el amo de la parodia y el sarcasmo nacional bautizó de esa manera a la ciudad que lo vio nacer el 22 de enero de 1928.

No cansaré a mis ocupados lectores sobre las razones que me motivaron a exiliarme a tan exótico destino. Pero debo confesar que mi residencia en el bajío mexicano ha estado salpimentada de poderosos contrastes. Me explico: viví 38 años de mi vida en el tres veces heroico Distrito Federal,  tiempo de estancia suficiente para justificar una histeria galopante. Porque es imposible vivir en la ciudad más transparente sin contagiarse de frenético estrés y rush por vivir y no morir en el intento. Cambié una jungla salvaje por un pueblo quieto. Pueblo que me provocaría un fuerte colapso nervioso en mis primeros 12 meses de estancia. Y he aquí las razones:

De inicio, es fundamental recordar el hecho que renuncié a la vida corporativa por la bocanada de libertad que ofrece el home office. De entrada, lo anterior luce como una ventaja cabal y avance incontestable de calidad de vida, sin embargo, pocos hablan del lado oscuro de vivir bajo el mismo techo en el que trabajas. Aquí no hay horarios o pausas que delimiten tus actividades personales. Las posibilidades de contestar una llamada con un cliente desde el inodoro o mientras preparas un risotto tiene sus bemoles. No hay privacidad que valga. Tus compañeros de trabajo son la escoba y el recogedor, y tu zona para fumar, el área de lavado. No lo voy a negar, al principio todo bien, pero como todo vicio que intenta ser abandonado, lucha con todas sus fuerzas para despedazarte en el proceso.

Al mudarme al Cuévano no comprendí en toda su magnitud el tamaño de cambios que tendría que implementar de tajo a mis hábitos. Por ejemplo, en D.F. vivía a una cuadra del Periférico y a cinco minutos de una estación de Metro. En mi nuevo hogar que se encuentra a tres pasos de la caseta de entrada a la ciudad, es más fácil encontrar un cerro o un mapache a una tortillería. Los primeros dos meses fueron de total luna de miel en la ciudad: mi casa era hermosa y con una envidiable vista a la naturaleza. Hasta que amaneció la primera serpiente frente a mi puerta. O cuándo descubrí arañas del mismo tamaño de mis malas intenciones. El britneypeloneo comenzó cuando intenté cambiar de proveedor de internet porque el que recibía en mi casa de ensueño era aceptable allá por 1999. Fue imposible. Lo que callamos los millennials de alma es que, sin un internet mínimo de 20 megas, sencillamente no eres feliz, o en mi caso, que es mi herramienta de trabajo, era el suicidio financiero. Conectarme a mi celular trajo a mi facturación mensual la bicoca de 5,000 pesos por consumo de datos extra. Literal: tuve que cambiarme de casa para encontrar una zona que pudiera proporcionarme la banda ancha suficientemente robusta para cobijar mi corazón.

Después de solventar el primer obstáculo, caí en cuenta que lo peor estaba por comenzar. Las abuelas acostumbran vomitar sobre nuestras cabezas una suerte de frases armadas con las piezas de las que se construye el lugar común, pero al crecer, nos damos cuenta que su sabiduría no la tiene ni Obama. Mi abuela repetía cada navidad que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido y eso lo aprendí a fuerza de sangre y llanto. Cuévano, aka la Atenas del Bajío, es una ciudad austera desde tantas aristas que solamente un exiliado de la gran capital puede calibrar. Por ejemplo, me di cuenta que algo que a nosotros los capitalinos nos falta, al cuevanense promedio le sobra: tiempo. Por ejemplo, si entras a trabajar a las 7 u 8 de la mañana, a las 10-11 de la mañana acá paran prensas para almorzar. Ya sea en el puesto de guacamayas de la esquina o sobre su escritorio. No atiende el teléfono o la ventanilla. El almuerzo es sagrado y enviado en tablas desde el monte Sinaí. Y claro, la hora la comida. En el horario de 13:00 a 15:00 horas la ciudad cierra. Si te urge la copia de un documento o comprar un auto en tu agencia de confianza, tienes que esperar a que el staff regrese de cargar el combustible. Lo más increíble que vi en ese sentido es que una cafetería del centro cierre sus puertas ¡a la hora de la comida! Para un chilango habitante de una de las ciudades del orbe que nunca duerme, esto es toda una rareza. Aquí es imposible conseguir un taxi de la “Linea dorada” (la red de taxis más grande) en horario de 14:00 a 15:00 horas, así que, si tu abuelita tiene el mal tino de entrar en paro broncorespiratorio dentro de ese horario, pues mejor espera sentado y preocúpate por las ofertas de El buen fin de Funerales García.

Aquí el tiempo transita en otra dimensión. Aquí no existe el afán, la prisa, la premura. Todo puede quedar para mañana. O no. Si tu hijo olvidó su lápiz en el colegio tienes que mentalizarte a que tardarás hasta 20 minutos en una papelería en espera de ser atendido. Si es que encuentras una abierta por las tardes entre semana. Porque aquí así es. Y -ojo- no tendría que ser de otra manera. Reconozco que los enfermos somos los citadinos, no los cuevanenses.

Nadie sabe cuánto necesita un Samborn’s hasta que lo ve perdido

 

“Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir: —Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí”.

Jorge Ibargüengoitia (Estas ruinas que ves)

 

Retomando las sentencias de la abuela, es difícil para una rata de la ciudad hacerse a la idea que su vida –como la conoció– jamás volverá a ser la misma. Guanajuato no es territorio Slim. Aquí no hay paquetes de Macronet infinitum de 100 megas. Tampoco hay tiendas Samborn’s. Y uno nunca sabe cuánto la necesita hasta que pierdes tu cargador del iPhone. O cuando se te antoja gastar tu cochino dinero comprando revistas como Proceso, Letras libres, Etcétera, Gatopardo, La tempestad o un ejemplar de “Cómo atrapar a un millonario”. O unas pinches lenguas de gato. Tampoco hay Gandhi o librerías El Péndulo. La capital del estado aún no sabe lo que es un Liverpool, Sam’s, una tienda Zara, City Market o Superama. O para la gente pobre como uno, no hay posibilidades de encontrar un solo tianguis o una central de abastos. Nomás tenemos un diminuto centro comercial y un Cinemex de seis salas. En la Ciudad de México (alma mater de la garnacha) y gracias a la migración del interior del país, es posible encontrar platillos típicos de cualquier rincón de la república a precios económicos, lo que la convierte en uno de los destinos gastronómicos más pletóricos en oferta y color. Acá solamente tenemos a las enchiladas mineras como embajadoras indiscutibles de la gastronomía local. No hay mueblerías o una sucursal de ese paraíso conocido en otras culturas como La Europea.

Creo que el mayor golpe a mi estabilidad emocional lo recibí a modo de estocada cuando descubrí que se deja de vender alcohol los fines de semana a partir del sábado a las 14:00 horas. Esto no quiere decir que los bares y restaurantes dejen de ofrecer alcohol en sus instalaciones, más bien, el ciudadano común no puede comprar un six de cervezas para atender al compadre Juan que llegó de visita para ver el Super Bowl any given sunday. No hay modo de dejarse caer en brazos de la improvisación. Y nadie está diciendo que la parsimonia que distingue la vida en esta ciudad sea el modo incorrecto de vivir, lo que quiero dejar claro es que, para un oriundo de Ciudad Hashtag, un cambio tan radical puede ser brutal.

Aunque debo confesar que lo anterior puede sortearse con tiempo, gracia y otra cosita. Pero enfrentarse a la sociedad cuevanense es en realidad el reto más complejo de enfrentar. Primero que nada, es que los chilangos jamás serán santos de su devoción. Y no les falta razón. Venimos a alterar su ritmo de vida sin respetar su civilidad. Somos los únicos que venimos a tocar el claxon. Aquí no hay contaminación auditiva y nosotros somos un auténtico desmadre. Padecemos de prisa compulsiva cortesía del bendito estrés. En lo personal, tardé dos años en ser requerida a una reunión local. De alguna manera, las mamás de los amigos de mi hijo entendieron que nosotros no corremos, no gritamos y no empujamos y se nos fue permitido asistir a la primera fiesta de cumpleaños infantil. Supongo que no es fácil aceptar como uno de los suyos a una señora con un tatuaje de Juan Gabriel en el brazo izquierdo y un Cthuluhu en la nuca. Es difícil mudarte a una ciudad que no conocías, sin la cercanía de familia, amigos, de la total ausencia de tu vida entera. Días y semanas sin ver más rostros que los de mi familia comparados con los miles de rostros anónimos que vi sin mirar durante años de vivir en la Capital diariamente. La desintoxicación fue difícil. Al cumplir 12 meses en absoluta soledad estrellé contra el suelo todos los platos de mi alacena.

Nos haces tanta falta Don Jorge

 

“Si son ingeniosos mis artículos es porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario, y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud, ni defecto, sino peculiaridad”.

 

Pero lo mejor estaba aún por venir. Cuando comencé a convivir con las honorables personas del Cuévano, reí en mi interior con entusiasmo socarrón. Jorge Ibargüengoitia hizo una brutal radiografía de la rancia sociedad cuevanense de los años cincuenta en su arriba citada novela “Estas ruinas que ves”. Si Don Jorge viviera, un infarto le diera al descubrir que en más de 60 años nada ha cambiado por estos rumbos. Los círculos sociales de mayor abolengo pertenecen a las mismas familias inmortalizadas en su novela. Y siguen con puntual disciplina las costumbres que con tanto sarcasmo se encargó en satirizar. Mi vecina –por ejemplo– jugó innumerables veces durante su infancia en la célebre casa donde habitó la escultural mujer en la que está inspirado el personaje de Gloria. Mi querida vecina, al igual que casi todo el selecto grupo de amigos que he podido conseguir, también es exiliada de tierras lejanas. Somos un apartheid de fugitivos que gustamos de reírnos a costillas de las costumbres ridículas que imperan de este lado de la galaxia. El “qué dirán” dejó de ser arma de doble filo u obstáculo de una vida mejor del círculo que me escupió antes de venir aquí.

Sin embargo, el único reclamo legal que tengo contra los habitantes de la ciudad es el imperdonable desdén que ejercen sobre la figura de uno de los escritores más importantes de Hispanoamérica y cuya obra es considerada una de las más importantes y originales del siglo XX. Jorge Ibargüengoitia Antillón transitó prácticamente por todos los géneros: novela, cuento, teatro, artículo periodístico, ensayo y relato infantil y que, a lo largo de su trayectoria obtuvo casi todos los reconocimientos más importantes de su generación (Premio Casa de las Américas, Premio Internacional de Novela México y las becas del Centro Mexicano de Escritores, de las fundaciones Rockefeller, Fairfield y Guggenheim), pero en el jardín donde jugó toda su infancia y reposan sus restos es imposible encontrar una flor, un ornamento, una peregrinación u homenaje anual. Nada. Su tumba luce vacía, cualquier persona no enterada que camine en el Parque Florencio Antillón de la Presa de la Olla puede confundir su tumba con una placa conmemorativa y no comprender que en esa insignificante columna de concreto reposa una de las más grandes glorias literarias del último siglo.

Hace unos días se conmemoraron los 35 años de su desaparición de este mundo de canallas y el homenaje más significativo tuvo lugar en La Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Luis Villoro y el gran heredero del humor ibargüengoitiano, Antonio Ortuño, deleitaron a un público que abarrotó la sala 6 con una conmovedora e hilarante charla sobre el invaluable legado del escritor guanajuatense. Y pues aquí en el Cuévano la Casa de Cultura local le organizó un homenaje de dos horas en el Cantador. Si usted no sabe de qué carajos le estoy hablando, en verdad evítese googlearlo. Se va a llevar una tremenda decepción.

A pesar de todos los lamentos y quejicas vertidas en este espacio que han de costarme el odio del 50% de mis conocidos, quiero que se sepa que soy feliz de ser recibida en esta ciudad de trémula belleza y cielos incomparables. Pero en ocasiones, cuando la soledad me suelta alguna artera dentellada, camino hasta la Presa de la Olla y visito la tumba de Don Jorge para llevarle mis respetos y agradecimiento libres de caducidad. Me basta leer la única frase legible en la placa de mosaico de cerámica bajo la que descansan los restos mortales rescatados del Boeing 747-283B, con matrícula HK-2910X estrellado en suelo madrileño un 27 de noviembre de 1983:

“Aquí descansa Jorge Ibargüengoitia en el parque de su bisabuelo, que luchó contra los franceses”.

Es imposible no reírse con semejante epitafio. No nos dan pistas del oficio del señor, dónde nació y murió o cómo carajos llegó ahí. Su epitafio encierra tanto humor involuntario que parece que él mismo lo hubiera dictado. Quizás lo hizo.

Foto: América Pacheco.

Me gusta visitar a Don Jorge. Disfruto enormemente contar con su complicidad silente para reírme también de los leoneses y contarle que en pleno 2018 siguen confundiendo lo grandioso con lo grandote. Le he contado mi último descubrimiento: los locales –en su mayoría- no leen sus libros. Muchos de los que sí, no se enorgullecen de su legado, y en las clases de literatura de secundaria piden a los niños libros de Arreola, García Márquez, Puig, J. E. Pacheco entre otros magníficos autores; pero nunca, nunca les encargan lecturas de ninguna de sus obras maestras. Hace un año le conté que los chiquillos de esta ciudad se forman literariamente carentes de sus letras. Y de las pocas salvedades lo son gracias a la oportuna guía de sus padres. Pero la estructura educativa del municipio le guarda infinito rencor.

Si Don Jorge viviera, este año 90 años cumpliera. Si el eco de los Pasos de López todavía caminara con dificultad a nuestro lado, seguramente viviría escandalizado de nuestra fauna política, de nuestra adicción a la estupidez rampante y al analfabetismo funcional. Pero estaría vivo, más vivo que el resto de nosotros. Y su aguda pluma continuaría fustigando con rigor el virus de la corrección política y analizaría el fenómeno de la radicalización del buenpedismo actual con inevitable brusquedad.

Llevamos treinta y cinco años con sus días y sus noches huérfanos de tu genio, Jorge. Qué poca madre tienes. Por qué nos abandonaste.

 

@amerikapa

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