Democracia simulada

La política continúa siendo “cosa de hombres”. El cambio que supone tener más mujeres electas sigue viéndose como algo desnaturalizado, atípico y transitorio. Mientras el poder lo ejercían sólo los hombres, nadie se preguntó por sus capacidades.

Por: Flavia Freidenberg

Tras décadas de reformas electorales y presiones a los partidos para que ubiquen a las mujeres como candidatas, el pasado 1 de julio muchas accedieron de manera casi igualitaria a la Cámara de Diputados y de Senadores. Así, México se convirtió en el cuarto lugar de representación de legisladoras a nivel mundial; la brecha de género a nivel legislativo se redujo; creció sustantivamente el número de presidentas municipales (de 9% a 27%), y sus reglas electorales en materia de género pasaron a ser las más fuertes de la región.

El sabor dulce de tantas buenas noticias pronto se transformó en amargo. Los partidos aprobaron la paridad de género pero, al mismo tiempo, pusieron en práctica acciones para no cumplirla o, en su caso, para simular que la cumplían. Alcanzar la paridad de género en la representación descriptiva venía acompañada de fuertes resistencias, simulaciones estratégicas y violencia política en razón de género (física, simbólica e institucional). Desde el #LaboratorioMujeresPolíticas del IIJUNAM, identificamos que las distintas manifestaciones de simulación habían sido generadas por los dirigentes, candidatos, militantes y/o representantes partidistas en los Institutos Electorales. Paradójicamente, muchos de esos actores habían sido impulsores -discursiva y/o legalmente- de las reglas de paridad.

En los procesos de selección de candidaturas, muchas mujeres accedieron a las postulaciones más por su vínculo con el “cacique” -local o nacional- que por su militancia, mérito o experiencia. El cacique las impuso considerándolas incondicionales, como una extensión de él en el cargo, pensando que ellas (hijas, esposas, hermanas) serían sumisas. Aunque en la práctica se ha demostrado que la mayoría se desmarca de ellos, en el momento del registro de candidaturas se les quita espacios a las verdaderas militantes.

La democracia simulada para las mujeres también llegó a varios municipios del país, donde muchas descubrieron que habían sido nominadas una vez que sus nombres fueron registrados ante las autoridades o fueron directamente obligadas a ser candidatas. Algunas que sí aspiraban a participar sufrieron acoso por sus parejas o familias que no querían que se postularan, bajo el mandato de que ese no era su rol y que debían dedicarse a cuidar a los hijos.

En la encuesta que hicimos para el #LaboratorioMujeresPolíticas, las candidatas señalaron que no recibieron recursos públicos ni el apoyo de sus partidos para sus campañas. Si bien los Organismos Públicos Locales Electorales implementaron tablas de competitividad para evitar que colocaran a las mujeres en distritos perdedores, eso no contribuyó a que las mujeres fueran candidatas en los municipios con mayor población. Los datos preliminares indican que en los municipios más grandes, los partidos continuaron postulando a hombres.

La simulación también ha afectado a mujeres que han tenido que firmar renuncias anticipadas, sabiendo que si ganaban iban a tener que abandonar el cargo o aceptaron candidatearse a un puesto que debían dejar para que lo ejerciera un hombre, una vez pasada la elección (como los regidores que se convirtieron en síndicos y las síndicas que pasaron a ser regidoras en Oaxaca). Lo de Chiapas fue un caso extremo: renunciaron todas las mujeres electas por un partido, para que sólo quedaran hombres disponibles y fueran ellos quienes ocuparan los lugares vacantes.

A nivel federal las diputadas y senadoras no tuvieron mejor suerte. Ninguna legisladora fue nombrada como Coordinadora Parlamentaria; hubo que negociar “fuerte”, a través de la articulación multipartidaria de las legisladoras, para que hubiera presidencias paritarias en las Comisiones, logrando que 21 de 46 quedaran presididas por mujeres, muchas de las cuales son de las más importantes (Gobernación, Puntos Constitucionales, Hacienda o Justicia). Aún cuando las elecciones dieron oportunidades a más mujeres, dentro de esta democracia simulada, eso no supone necesariamente más poder e influencia para ellas. Una vez en el ejercicio del cargo se les excluye del acceso a la información y a los recursos, intentando mantenerlas al margen de las decisiones.

La política continúa siendo “cosa de hombres”. El cambio que supone tener más mujeres electas sigue viéndose como algo desnaturalizado, atípico y transitorio. Mientras el poder lo ejercían sólo los hombres, nadie se preguntó por sus capacidades. Los estereotipos de género –las imágenes y categorías que se usan para evaluar- continúan promoviendo una visión masculina del poder. No se trata sólo de tener mujeres en los cargos, sino de disputar los espacios simbólicos de poder y de cuestionarlo (simbólica y materialmente) porque continúa siendo excluyente.

A pesar de los esfuerzos del movimiento de mujeres, las autoridades, la sociedad civil e incluso de ciertos actores partidistas, la experiencia mexicana evidencia que la democracia paritaria sigue siendo un sueño. Las leyes son fundamentales pero necesitan ayuda. La naturalización del cambio debe hacerse desde el ámbito legal pero también con transformaciones culturales, que revolucionen el modo en que se ejerce el poder.

La tarea implica menos simulación y más pedagogía. La democracia paritaria exige más acciones concretas que erradiquen las actitudes y prácticas que deslegitiman el funcionamiento de un sistema democrático que debería ser incluyente y que aún no ha podido resolver los problemas básicos de la sociedad. Más educación basada en la tolerancia, el respeto mutuo, la diversidad y la igualdad. Más cambios para despatriarcalizar las estructuras sociales y profundizar en la feminización real de la política y la sociedad. Estos son, a mi juicio, los antídotos a una democracia simulada.

 

* Flavia Freidenberg, investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM.

 

@FundarMexico

 

 

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