Mi voto por AMLO

Dice “Chicharito” que “imaginemos cosas chingonas”. Precisamente estamos a tiempo de hacerlo. Hay una oportunidad concreta de modificar el estado de las cosas y de poner sobre la mesa los temas que se han evadido en la agenda nacional.

Un fantasma recorre los escritorios de la opinocracia mexicana: el fantasma del status quo. Las fuerzas políticas de México no se han unido para acosar al fantasma sino para apoyarlo. No importa hacia dónde se mire se encontrará a un empresario o periodista o miembro de la sociedad civil justificando el estado de las cosas. El temor al cambio es tal que se han alimentado discursos francamente peligrosos que invitan a “no ver las diferencias de los mexicanos”, “no polarizar a una sociedad tan enojada” y, uno de los peores: “no importa quién gane, hay que trabajar juntos al día siguiente”.

Pienso que sí importa quién gane, que debemos enfrentar la polarización social de frente y que no todos los políticos son iguales y, en consecuencia, no todos gobiernan igual. Por eso votaré por Andrés Manuel López Obrador el próximo primero de julio. AMLO me parece la mejor opción en la boleta electoral, la única opción de izquierda. No solamente es un candidato competitivo y con amplias posibilidades de ganar, sino que su historia política representa una lucha social de profundo alcance en México, motivada, principalmente, por la precarización del presente y la emergencia en la vida cotidiana de la mayoría de las personas.

La creciente intención de voto en las encuestas se debe, en parte, a que AMLO y su movimiento sintetizan los intereses de una serie de movimientos sociales en todo el país. Ahí están las luchas sindicalistas, las de defensa de territorio (en las tierras arrasadas por las mineras mexicanas y canadienses en Sonora, San Luis Potosí, Hidalgo y Puebla), algunos movimientos indígenas y autonomistas (Mireles y Nestora Salgado) y muchos de los defensores de derechos humanos (Solalinde y Sicilia, por ejemplo) que escapan de la cúpula “derechohumanera” que opera en Ciudad de México y los organismos multilaterales.

Esas luchas tienen como elemento de cohesión a la exclusión, el despojo y el agravio político por parte de las reglas, instituciones y personas que han gobernado los últimos treinta años. La biografía política de AMLO, cuyo signo ha sido la oposición al tipo de régimen en el que vivimos, le brinda credibilidad pública y política para organizar la transformación que propone. Desde el 2012 comenzó la fundación de Morena, para presentarse a esta elección. En una conferencia pronunciada un año antes en Madrid, López Obrador lo argumentó así: “Si los partidos de izquierda no están a la altura de las circunstancias hay que reformarlos; y si de plano esto no es posible debe optarse por construir, desde abajo y con la gente, nuevos partidos o crear movimientos amplios, pero no dedicarse únicamente a lo espontáneo, a lo sectorial, gremial o social, sino trabajar siempre en concientizar y organizar al pueblo para cambiar el régimen”.[1]

El PRD, dominado por una camarilla que abandonó la lucha por el poder y la transformación herencia del partido comunista, tomó la ruta de la “izquierda moderna” cuyo resultado fue convertirse en la izquierda que la derecha siempre soñó: neoliberal en cuanto a políticas públicas, liberal e identitaria; es decir, una derecha con sentido social. En palabras de Cuauhtémoc Medina, ““Izquierda moderna” fue la contraseña de la forma en que ciertas organizaciones partidarias se disciplinaron al arreglo hegemónico neoliberal para abandonar su relación con el movimiento social”.

Es en ese cisma de la izquierda partidista mexicana que el PRD avaló el Pacto por México y AMLO se opuso. Morena, entonces, surgió como una respuesta colectiva de los grupos agraviados por el conjunto de reformas que el régimen presentó como las que, ahora sí, sacarían a México de la crisis crónica (social, económica, moral y política) en la que se encuentra. Como cualquier conglomerado de intereses diversos, las contradicciones afloran al interior de Morena, cada interés cree ser único y cada uno es priorizado políticamente de distinta forma; pese a esto, el pegamento es la oportunidad real de triunfo. Las luchas intestinas y las contradicciones no van a desaparecer, por el contrario, seguirán su curso expansivo. Lo anterior no significa, necesariamente, algo malo, se puede leer, más bien, como que se escala un peldaño más en la escalera de la madurez política y de la incompleta transición a la democracia.

El movimiento obradorista habilita a nuevos sujetos en la escena política en México. Esto es particularmente importante cuando pensamos en el país como el cúmulo de identidades organizadas que le dan vida a “lo público”. Uno de los ejemplos más claros de esto es la inclusión de María Luisa albores en el gabinete propuesto por AMLO. Albores, de origen indígena, ha organizado en las últimas décadas los esfuerzos de las cooperativas de Tosepan en la Sierra Norte de Puebla, esto ha permitido tener comunidades fuertes y autónomas capaces de resistir los embates de las empresas extractivistas (tal como lo retratamos en el proyecto territoriocomun.mx). Lo anterior también les ha valido, desde ahora, la persecución y asesinato de los activistas de la región ¿Cómo entender esta persecución en el contexto electoral? Como una forma de desmovilización y represión adelantada, de ganar AMLO, las luchas propuestas por Tosepan y quienes a lo largo del país convergen en las batallas de defensa territorial, organización social y economía solidaria se verán reivindicados como nunca antes en la historia mexicana. Estos grupos representan, también, a la sociedad civil mexicana, aunque no salgan en la tele, firmen desplegados o escriban columnas en periódicos nacionales. Esa violencia contra ellos, pero también contra periodistas, defensores de derechos humanos, mujeres, indígenas y presos inocentes, son los causantes de la polarización social. No es un candidato o una campaña la que “incita” la polarización, es la realidad que trata siempre de barrerse bajo la alfombra por medios, políticos y opinadores (eso de “sí estamos mal peeeeeero…”).

Quisiera resaltar, por último, el fracaso de la élite intelectual que metió a México en la espiral delirante de “la modernidad” y la “democracia liberal”. Su proyecto fue seguido por políticos y académicos en las últimas tres décadas. Sus ideas permitieron habilitar proyectos económicos extractivistas, brutales, que generaron desigualdad y violencia, además de que hicieron posibles las condiciones materiales de la necropolítica. Lo importante aquí es que estos señores, en una tesitura “desimplicada” (como ha dicho Rossana Reguillo) no se han hecho cargo del desastre nacional, y hoy están a favor de la campaña antidemocrática del miedo al cambio, cuando quizá lo único que cambie sea su relación demencial con el poder político y económico. Hoy se sorprenden de que todo cambie: el sistema de partidos conocido hasta ahora, algunas partes del modelo económico y las formas de hacer política. No hay ninguna sorpresa: la agenda promovida por la oligarquía dejó de entender al país hace muchos años. El nuevo ciclo político debe implicarnos a todos siempre reconociendo y señalando a los adversarios y deliberando con ellos para construir.

Dice “Chicharito” que “imaginemos cosas chingonas”. Precisamente estamos a tiempo de hacerlo. Hay una oportunidad concreta de modificar el estado de las cosas y de poner sobre la mesa los temas que se han evadido en la agenda nacional. El triunfo de AMLO es un buen pretexto para plantear los nuevos horizontes de lo posible.

Gobernar es decepcionar. Esa idea debe acompañarnos a la urna, pero como no todos son lo mismo ni todos gobiernan igual, es necesario hacer una especie de balance del cual nos podamos hacer cargo en el futuro. Por ejemplo: a mí me resta la alianza con el PES pero me suma la diversidad de grupos excluidos en el gabinete propuesto, me restan ciertos candidatos y candidatas pero me suma el reconocimiento explícito a las autonomías y grupos de defensa a los derechos humanos, me resta la amplísima ala neoliberal en la coalición pero me suma el impulso de reconciliación nacional e inclusión radical, me resta el abandono de ciertas agendas sociales pero me suma la centralidad del proyecto cultural.

¿Qué es lo peor que puede pasar? Que todo lo que me resta sea lo único que opere, ese riesgo solo se puede correr si uno está dispuesto a dar la cara y hacerse cargo de las consecuencias de su voto. El silencio y la falsa neutralidad de quienes creen que “no importa quién gane”, es un atajo para no hacerse cargo del discurso que promueven. En ese no-posicionarse han dicho que el país está enojado (¿cómo no estarlo?) y parecen creer que las soluciones al enojo son las mismas en las coaliciones contendientes. Lo cierto es que una gran mayoría ha transformado ese enojo en esperanza; es decir, han imaginado cosas chingonas, y quizá por ellos vale la pena dejar la tibieza del escritorio y responsabilizarnos de los retos que vienen y que se antojan enormes.

 

@antoniomarvel

 

Referencias:

[1] Obrador, Andres Manuel Lopez. No decir adiós a la esperanza (Spanish Edition) (Posición en Kindle458-461). Penguin Random House Grupo Editorial México. Edición de Kindle.

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