La imposible seriedad electoral

Así parece funcionar la dinámica real de las elecciones: se compite y se gana o se pierde sin necesidad de saber mayor cosa sobre los problemas públicos y cómo solucionarlos.

He observado con atención y por décadas los procesos electorales. Hace muchos años fui contratado en varias ocasiones y por diversos partidos políticos para redactar su plataforma en materia de seguridad pública, justicia penal y derechos humanos. También me han invitado a sentar en varias mesas de transición donde he opinado sobre las prioridades que a mi juicio debe asumir el gobierno entrante (esto último solo en el ámbito federal). Mi conclusión es que la seriedad de los problemas jamás se corresponde con la seriedad de las ofertas en los procesos electorales. Parece que la seriedad electoral es imposible.

Con mis alumnos y alumnas hemos hecho el ejercicio de estudiar las plataformas y compararlas al paso del tiempo; fuera de cualquier duda, aplicando un estándar bastante simple de metodología de políticas públicas, hemos encontrado que la evolución de los problemas asociados a la seguridad y la violencia y la acumulación de evidencia empírica en torno a los mismos, en el mejor de los casos afecta marginalmente el diseño de las ofertas de campaña.

“En las campañas se vale todo”. Me encuentro esta frase o alguna parecida en cada campaña, desde luego no en público. Me costó trabajo y tiempo entenderlo. La influencia de las materias cursadas en ciencia política y derecho constitucional y de la continua lectura sobre la teoría de la democracia me empujaba reiteradamente a colocar en las elecciones atributos más bien basados en el deseo que en la realidad. Es cierto que construí una tenaz resistencia a dimensionar la reiterada comprobación de la distancia entre la narrativa que celebra las elecciones como un proceso racional y fundamental en la democracia, y la evidencia que las coloca en una lógica más bien de espectáculo que va de lo terrible hasta lo caricaturesco.

Tal vez por fin aprendí que, en efecto, “en las campañas se vale todo”. Ahí está el secreto a voces del financiamiento informal interminable al que las y los contendientes recurren casi sin recato, por ejemplo. Pero mi punto en esta reflexión es preguntarme si la contracara de “se vale todo” es algo así como “nada importa”. Es decir, me pregunto si tiene sentido conservar la expectativa sobre las elecciones como aduanas democráticas filtradas por la racionalidad colectiva, donde se distingue el mal gobierno del buen gobierno, la mala oferta de la buena oferta. Todo viene indicando que tal expectativa de racionalidad es, justamente, irracional.

En un debate relacionado con la más reciente contienda por la gubernatura en el Estado de México, lancé está hipótesis: las candidaturas transitaron sin mayor conocimiento en torno a la violencia en la entidad, sin deseo de acceder al mismo pero, más aún, y esto es lo importante, sin necesidad de hacerlo. Así parece funcionar la dinámica real de las elecciones: se compite y se gana o se pierde sin necesidad de saber mayor cosa sobre los problemas públicos y cómo solucionarlos.

Fortalece esta hipótesis la prueba diaria de que la construcción de auditorios favorables masivos, que son los que deciden las elecciones, no pasa tanto por comunicar contenidos sino más bien por crear imágenes. Las elecciones son desde esta perspectiva intrínsecamente irreflexivas; es decir, los incentivos para competir y ganar no están alineados con la densidad de los diagnósticos y de las propuestas de solución; no al menos, reitero, a cielo abierto, que es donde se consigue el voto masivo.

Si en efecto son las imágenes y nos los contenidos el recurso más útil para atraer el mayor número posible de votos, en consecuencia podemos estar seguros de la imposible seriedad electoral. Y si las elecciones no son las aduanas que distinguen los buenos y los malos gobiernos, ni las buenas y las malas propuestas, pero sí son las que discriminan las mejores capacidades de impacto a través de las imágenes, entonces sin duda va siendo hora de desmontar el gran imaginario del aparente súper momento de las democracias.

Viéndolo bien, en particular desde la perspectiva de la seguridad y la violencia, el asunto es aún peor. Esas imágenes de las que hablo, como bien lo saben los profesionales del mercadeo político, mueven más cuando mejor conectan, no con las mentes, sino con las fibras emotivas hegemónicas. Y en estas fibras en el caso de México anida un impulso profundamente autoritario que generalmente asocia la seguridad a la mano dura. No es razón, es emoción; por eso lo de menos es la evidencia que desnuda la mano dura como un motor de inseguridad y violencia (los riesgos de la mano dura son todos los imaginables, por cierto, si bien no son materia de esta reflexión).

Sea cual sea la seriedad de nuestros problemas de inseguridad y violencia, el voto no se construye apelando a la misma. No al menos con contenidos, sí en cambio con imágenes cuyo límite es la creatividad de los asesores expertos en conectar con los impulsos colectivos más básicos. Si todo esto es cierto, estamos ante la imposible seriedad electoral.

@ErnestoLPV

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