Debates, sudores y condolencias

¿Qué compromiso pueden decir en el debate que sea creíble, de cara a la crisis desfondada de inseguridad, violencia y violaciones graves a los Derechos Humanos? ¿Qué pueden decir que no repita la montaña de promesas incumplidas?

Viene el primer debate por la Presidencia de la República. La experiencia enseña que los debates producen más espectáculo y menos ideas; impactan mucho más por lo primero que por lo segundo. La política, entendida por Edelman justo como un espectáculo, encuentra en los debates presidenciales una oportunidad de oro para el montaje con el más amplio auditorio. La evidencia enseña que la gran mayoría recuerda antes la vestimenta de quienes debaten que cualquiera de sus ideas. Más de medio siglo después sigue más fresco en la memoria el sudor de Richard Nixon que cualquiera de las palabras en aquel famoso debate contra John F. Kennedy en 1960.

Pero el asunto va más allá cuando es difícil encontrar en México a alguien que afirme confiar algo o mucho en las y los políticos y es casi imposible hallar credibilidad hacia propuesta alguna para resolver la inseguridad y la violencia. Vaya combinación: espectáculo y descrédito de los personajes y de sus propuestas.

Es cierto, el comportamiento de una persona ante un evento de tal presión puede arrojar información valiosa sobre ella, pero incluso el mejor desenvolvimiento ciertamente no alcanza para gobernar; faltan las ideas para configurar la promesa y luego el ejercicio de gobierno. Dice la teoría de las políticas públicas, por cierto, que su implementación suele ser la fase del incumplimiento de la promesa. Vaya que lo sabemos en México. Al menos durante el último cuarto de siglo cada presidente ha prometido la profesionalización de la policía. Promesa en campaña y mentira en gobierno.

¿Qué compromiso pueden decir en el debate que sea creíble, de cara a la crisis desfondada de inseguridad, violencia y violaciones graves a los Derechos Humanos? ¿Qué pueden decir que no repita la montaña de promesas incumplidas? ¿Más reformas? ¿Más recursos? ¿Más programas? ¿Más coordinación? ¿Mando único? ¿Mando mixto? Si hay decencia, cualquiera de estas promesas por sí misma debería sonrojar a la y a los candidatos. ¿Qué hacer entonces?

Lo primero y más importante no es en mi concepto la promesa de lo que se hará, sino el vínculo personal con el saldo de devastación humana de la crisis. En otros términos, mi preferencia en el debate en torno a este tema no está colocado, primero, en qué tanto quienes aspiran a la presidencia son competentes para construir una interpretación racional de lo que se debe hacer para salir de esta crisis humanitaria, sino en averiguar si hay una vinculación emotiva entre ella y ellos y el saldo trágico.

La experiencia me ha enseñado dos muy diferentes aproximaciones a las víctimas de la violencia. Hay personas que conectan y otras que no conectan con el sufrimiento de aquellas y aquellos con quienes no se tienen vínculos afectivos directos. Esto tiene muchas interpretaciones, pero lo que a mí me interesa es saber si el proyecto de quienes quieren gobernarnos pasa por una u otra aproximación. Me interesa al menos poder atisbar si la reproducción incontenible de las víctimas merece un significado profundo para la candidata y los candidatos. Quiero saber si ella y ellos mismos hacen parte de la normalización de la tragedia o si por el contrario son capaces de encabezar la indignación y la transformación, justamente porque no la toleran.

Y desde la capacidad de compartir el dolor, es decir desde la condolencia, acaso puede ser creíble la condena a la reproducción del daño humano y la consecuente agenda de promesas de gobierno para reducir la inseguridad, la violencia y las violaciones graves a los Derechos Humanos. Promesas tales como reconstruir el Sistema Nacional de Seguridad Pública; relanzar el Programa Nacional de Prevención del Delito; profesionalizar a la policía y por esa vía reconciliarla con la sociedad a la que debe servir; transitar desde el paradigma prohibicionista de las drogas hacia otro de corte regulatorio; promover la creación de una Fiscalía General auténticamente autónoma, profesional y eficaz; promover la consolidación de la reforma penal e imponer el control sobre el sistema penitenciario por parte del Estado.

¿Qué será? Un show con varios actores y una actriz que lucharon por el mejor impacto de imagen o se disputaron el mayor desfiguro, o una reivindicación de la política desde su sentido humano más profundo en un país donde las atrocidades fracturan a personas, familias y comunidades todos los días. Ya veremos.

 

@ErnestoLPV

Close
Comentarios