Más violencia y más esperanza que nunca

Es tiempo de las verdades por difíciles que sean, y es necesario reconocer que nadie tiene la solución probada para remontar la violencia. Así haya cientos o miles de propuestas en la mesa, la solución sostenida está por construirse.

Nadie previó esta combinación: la violencia homicida a tope y la esperanza de salir de la pesadilla también en proporciones inusitadas. La responsabilidad de los tomadores de decisiones que asumirán el poder, en particular en el gobierno federal, apenas se puede imaginar en su dimensión histórica. La oferta fue pacificar el país, nada menos. Ya se verá de qué tamaño es el éxito o el fracaso. Celebración o frustración del tamaño de la promesa y del tamaño del país, lo que se verá.

Se acabó la campaña. Es tiempo de las verdades por difíciles que sean. Y por paradójico que parezca, es necesario reconocer, primero, que nadie tiene la solución probada para remontar la violencia. Habrá quien tiene el poder para decidir qué se hará pero eso no quiere decir que conoce la vía correcta. Y desde luego existen experiencias por todo el país que pueden ayudar a construir la seguridad y la paz, pero ninguna de ellas, sea de donde sea, tiene detrás una historia de éxito sostenido. Así haya cientos o miles de propuestas en la mesa, algunas más y otras menos fundamentadas, la solución sostenida está por construirse.

Esto implica algo que parece obvio pero en realidad resulta de la mayor relevancia, precisamente ahora que existe la esperanza renovada; me refiero al hecho de que no hay persona o grupo que represente por sí solo una idea suficiente para el éxito. Nadie trae en el portafolio la medicina salvadora, si se me permite la expresión.

Nadie, comenzando por Andrés Manuel López Obrador, quien así reconoció expresamente la complejidad incomparable para enfrentar la violencia: “Miren, está tan descompuesto el país que éste es el tema más doloroso y más complejo porque lo dejaron crecer. Fue muy irresponsable lo que hicieron, entonces si me dicen cómo reactivar la economía, cómo crear empleos, estoy relativamente tranquilo con eso. Cómo acabar con la corrupción, no le veo problema, se va a acabar, sé cómo hacerlo. Cómo mejorar la educación, hay un buen plan para eso, lo vamos a lograr, y así otras cosas; pero este tema de inseguridad y violencia es muy complejo…”. En el mismo evento el entonces candidato anticipó la convocatoria, en caso de ganar, para elaborar “de manera conjunta” un “plan de acción” (Diálogo por la paz y la justicia. La agenda fundamental. Museo Memoria y Tolerancia, 8 de mayo de 2018).

¿Comparten los miembros del equipo de transición involucrados en la agenda de seguridad y paz este sentido de complejidad? No me refiero a un decorado discursivo, sino a asumir expresamente la responsabilidad de reconocer los límites impuestos por un fenómeno que ha rebasado todos los parámetros de interpretación y abordaje por igual desde gobierno y desde los gobernados. Dicho en sentido inverso, lo peor que pueden hacer los tomadores de decisiones sería asumir que desde su experiencia o desde la experiencia de las personas o grupos de su confianza la solución a la violencia está clara.

Reitero, no importa cuán paradójico parezca, el mejor punto de partida hacia la construcción de una política pública a la altura de la crisis de violencia es reconocer la incertidumbre, precisamente porque con ella se pondrá en duda absolutamente todos los supuestos que han estado detrás de las políticas públicas disfuncionales de cara a la tragedia humanitaria en la que está sumida el país.

Una comprensión superficial de lo que anoto llevaría a pensar en la parálisis, es decir, en la imposibilidad de tomar decisiones. Todo lo contrario, me refiero a la necesidad de construir decisiones filtradas por criterios de racionalidad, en lugar de reproducir lo que llamo decisiones ciegas, es decir, las que se validan en sí mismas desde la urgencia, sean cuales sean los resultados. Es precisamente el discurso de la urgencia el que ha envenenado la construcción de una política de Estado y justamente ahora, cuando por igual la violencia y las expectativas de solución llegan a niveles inéditos, las condiciones son óptimas para prolongar esa lógica de urgencia tan popular como destructiva.

Si se lleva a sus últimas consecuencias esto que llamo filtro de racionalidad, el próximo gobierno federal debería construir un mecanismo de aprendizaje de los errores y aciertos pasados que encauce el flujo de propuestas, vengan de donde vengan, incluyendo las formuladas desde sus propias filas. Un mecanismo digamos que a la vez prevenga la no repetición de los errores y estimule la exploración de alternativas fundadas en marcos teóricos y metodológicos y en evidencia sólidos.

Si López Obrador reconoció la complejidad para enfrentar la violencia, ahora toca a su equipo de transición y a su gobierno traducir eso en un ancla de control sobre la calidad de las decisiones. Ese gesto de humildad del entonces candidato debe convertirse en un principio de humildad para la construcción de una política pública que en efecto convoque a la construcción colectiva de la medicina que sí funcione, tal como se prometió. Construcción que, por cierto, llevará mucho más tiempo que un periodo de transición donde apenas, si acaso, será posible poner la mesa para un verdadero aprendizaje.

 

@ErnestoLPV

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